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Generales españoles

Mi amigo, y agudo lector, el doctor Ismael Pérez Gutiérrez me ha hecho llegar la versión mecanuscrita de la larga y prolija investigación que acometió sobre los generales españoles en Cuba durante la Guerra de Independencia (1895-98). Sucede que el buen doctor no es periodista, aunque sea esa una profesión que le toca muy de cerca, ni historiador y mucho menos especialista en temas militares, sino profesor de la Facultad de Medicina del Hospital 10 de Octubre, pero su especialidad no pone límites a su cultura y mucho menos a su curiosidad. Fue así que en 1998, en ocasión del centenario del fin de la guerra, comenzó a preguntarse sobre quiénes fueron los hombres que dirigieron y efectuaron en el terreno militar la defensa del poder español en Cuba y con qué fuerzas contaron realmente. Se trataba de un capítulo inédito en nuestra historiografía y también en la española. Mientras que allá no se hablaba del asunto porque nunca resulta agradable aludir a la derrota, en Cuba los episodios de Elpidio Valdés, un personaje de ficción concebido para niños, pero que caló hondo en la conciencia colectiva, simplificaban al máximo la imagen de los militares enemigos, encarnados en el general Resoplez, incapaz, insuficiente e histérico. Por una razón u otra, dice Pérez Gutiérrez, los historiadores cubanos no abordaban con certeza ni justicia a aquellos generales que fueron la flor y nata de las fuerzas armadas españolas y a los que nuestros mambises mal armados y harapientos derrotaron en toda la línea.

Una primera búsqueda permitió al investigador identificar a unos 80 de esos altos oficiales. Algunos —Emilio Calleja, Martínez Campos, Valeriano Weyler, Blanco Erenas, Jiménez Castellanos...— eran ciertamente muy conocidos en virtud de haber ocupado la Capitanía General o por sus encuentros combativos con los insurrectos. Pero a la mayoría de ellos tuvo que pescarlos casi en las páginas de una bibliografía espesa y relegada en la que no pasaban de ser a veces una simple mención. La cifra definitiva es sin embargo de 92 generales. Lo comprobó Pérez Gutiérrez cuando, durante una larga temporada de trabajo en la esfera de la salud en España, dedicó su escaso tiempo libre y el poco dinero a incursionar en archivos militares de ese país, sobre todo en el de Segovia. Consultó y obtuvo fotocopias autentificadas de los expedientes de 84 de esos generales y seis más les fueron remitidas tras su regreso a Cuba. De los dos expedientes que le faltan, uno, el del general Enrique Bargés Pombo, no le resultó imprescindible para dar fin a su trabajo: encontró los elementos necesarios en otras fuentes. El expediente de Salvador Díaz Ordóñez Escandón no pudo localizarse. Al parecer, se perdió para siempre. Fue un oficial que hizo la guerra con los grados de coronel y ascendió al generalato solo tras la derrota española y cuando estaba ya a punto de reembarcar para la metrópoli.

Varias conclusiones saca Pérez Gutiérrez de la ardua lectura de esa documentación. Todos esos generales fueron hombres experimentados en la teoría y en la práctica de la guerra, conocedores incluso del país en que operaron. El valor y el honor primaron en la mayoría de ellos, que lucharon en defensa de sus intereses patrios. Eso, apunta, engrandece todavía más a nuestros mambises, capaces de derrotar a los principales estrategas y tácticos españoles de su época. Victoria que enaltece a los cubanos y no niega méritos al enemigo.

¡Viva cuba libre!

Mucho se ha hablado, sin llegar a concretarse las cifras, del número de soldados de que disponía España en la Isla al desencadenarse la Guerra de Independencia. Dice el investigador que esa tropa la conformaban 20 693 hombres en las fuerzas regulares y 69 785 en las de voluntarios, para un total de más de 90 mil efectivos. Ese llamado Ejército de Cuba estaba al mando del teniente general Emilio Calleja, gobernador de la colonia, y contaba con dos generales de división, José Arderius y José Lachambre, además de otros dos generales de brigada. En todos los mencionados era vasta su experiencia «cubana». Calleja combatió en la Guerra Grande, en la que obtuvo el grado de general, y en la Chiquita, y había sido con anterioridad gobernador de la Isla; llevaba 50 años de servicio activo en el ejército. También en la Guerra Grande participaron Lachambre y el segundo cabo Arderius, nacido en La Habana y concuño de Martínez Campos. Si el general de brigada Luis Prats, jefe militar de Matanzas, pudo sofocar en los primeros momentos la insurrección dentro de su territorio, no pudo Lachambre hacer lo mismo como jefe de la plaza oriental, pese a que desde el primer momento se incorporó a la persecución de la expedición que trajo a Maceo por Duaba.

Pronto los reportes satisfactorios sobre el curso de la contienda que remitía Calleja a España fueron sustituidos por mensajes alarmantes. En consecuencia, el capitán general Martínez Campos asumió el mando de la Isla y se reforzó el Ejército de Cuba. En nueve expediciones y en un envío desde Puerto Rico llegaron 117 795 hombres, con los que la fuerza española se elevó a más de 200 mil efectivos y se quintuplicó el número de oficiales. Todo ese gran ejército no pudo detener el impulso de la Invasión. Con una tropa que no llegaba a los 5 000 combatientes, el contingente invasor, el 15 de diciembre de 1895, destroza en Mal Tiempo, cerca de Cienfuegos, a los adversarios que se le interponen y entra en Matanzas, pasa a La Habana, amenaza a la misma capital y sigue su avance victorioso hacia el confín más occidental. A Martínez Campos, el gran vencedor de la Guerra Grande, no le queda más remedio que reconocer que Cuba se ha perdido para la metrópoli y que España no tiene otro camino que el de arrasar el país. Pero él no es capaz de hacerlo y así lo asegura. Correspondería tan triste empresa a su sustituto, el teniente general Valeriano Weyler. La situación era caótica. Maceo operaba en Pinar del Río, y Máximo Gómez, con crecidas fuerzas, se hallaba en La Habana. Estaban cortadas las líneas telegráficas y sufría interrupciones el cable del sur entre la capital y Batabanó. Los soldados debían transportarse por mar... «Todo acusaba un estado de gravedad tal —diría Weyler—, que hacía difícil el mando que iba a ejercer».

Weyler

Afirma el doctor Pérez Gutiérrez que Weyler podrá ser acusado de cruel, sanguinario, tozudo, aprovechado, ególatra y falsificador de la verdad, pero hay que admitir que tuvo la habilidad de reorganizar las fuerzas a su mando, activarlas y ponerlas a la ofensiva. Logró detener el avance mambí y llevó la situación militar a un nivel de estancamiento. Disponía de 249 441 hombres con 26 generales, el más numeroso ejército que tuvo España en América hasta ese momento, pero aun así el Ejército Libertador se hacía sentir, en unas más que en otras, en todas las provincias y proseguía la guerra.

Es bajo el mando de Weyler que ocurre la muerte de Maceo y, en La Habana, la de Adolfo del Castillo. Artilló el puerto habanero y zonas portuarias del interior y previó que España tendría que enfrentarse a EE.UU. Se dice en su expediente que inició el estudio de las defensas submarinas que deberían instalarse en caso de conflicto con ese país. Dio por dominada la insurrección en las provincias occidentales, eso decía, y cuando pensaba batir a los mambises en Oriente se vio obligado a solicitar el relevo. Su expediente no lo atribuye al fracaso en el campo militar, que es lo cierto, sino a una cuestión política. Cánovas del Castillo, aquel presidente del gobierno español que se empeñó en dedicar hasta el último hombre y la última peseta a la guerra de Cuba, resultó muerto en un atentado y su sucesor, Sagasta, era partidario de otra conducta hacia la colonia. El capitán general Blanco Erenas ocuparía el puesto de Weyler. Ya había estado en Cuba. Logró sofocar la Guerra Chiquita. Tenía fama de liberal, pero llegaba ahora a intentar lo imposible.

La autonomía enarbolada por Blanco como política de apaciguamiento, no convenció a nadie. Ni al elemento español más recalcitrante ni a los separatistas. Fracasó aun entre los propios autonomistas criollos. Curiosamente ese pretendido apaciguamiento no se vio acompañado de la disminución de las tropas bajo su mando. Aumentaron. Blanco dispuso de 1 502 hombres más que Weyler en lo que respecta a fuerzas en campaña. El ejército regular a sus órdenes descendió en número, pero aumentaron los voluntarios, lo que hizo que en ese momento España tuviera en Cuba una fuerza superior a los 278 mil hombres, la más alta de todos los años de la guerra.

Blanco tuvo a 33 generales entre sus colaboradores más cercanos. Casi ninguno de los generales de Weyler se quedó en Cuba a la sustitución de este. Alegaron motivos de salud para regresar a España. En verdad eran seguidores sumisos de su jefe y enemigos de la política que Blanco quería propiciar. Es bajo Blanco que sobreviene la entrada de EE.UU. en la contienda. El 26 de noviembre de 1898 el gobierno interino de la Isla quedaba en manos del teniente general Jiménez Castellanos, derrotado por Máximo Gómez en la batalla de Saratoga. Él sería el encargado de traspasar la soberanía española en Cuba al general Brooke, interventor militar norteamericano, a las 12 meridiano del 1ro. de enero de 1899. Enseguida, a bordo del vapor Rabat, partió hacia Matanzas y el 12 pasó a Cienfuegos. Saldría de Cuba en el vapor Cataluña con destino a la península el 6 de febrero. Fue el último general español que abandonó la Isla y llevaba con él lo que quedaba de su ejército. 

Resumen

De esos 92 oficiales españoles de alta graduación que operaron en Cuba, tres tuvieron el grado de capitán general. Dos de ellos —Martínez Campos y Blanco— lo ostentaban antes de venir y Weyler lo alcanzó después. Muchos de ellos arribaron como coroneles y tenientes coroneles y uno incluso como comandante y ascendieron por su participación en la contienda. La mayor parte de ellos pertenecía a la infantería. Siete nacieron en Cuba y por lo menos uno hizo la carrera militar en la Escuela de Cadetes de La Habana. Andrés González Muñoz, santiaguero, enfrentó en varias ocasiones a su coterráneo Antonio Maceo. Tras la Paz del Zanjón y el pronunciamiento de Maceo en Baraguá, el coronel González Muñoz se reunió con el Titán. En compañía de un ayudante y el práctico que le sirve de guía, lo visita en su campamento de Palmarito, a 20 leguas de Mayarí. Maceo lo recibió y conferenciaron, pero no logró convencer al jefe mambí de que depusiera las armas. Ya como general de brigada participó en la Guerra Chiquita, y era general de división al iniciarse la de Independencia. Sería segundo cabo en la capitanía general de Puerto Rico.

La mayoría de esos oficiales requirieron de más de 30 años de servicio para acceder al generalato. Pero Pando Sánchez lo logró solo en 13 y Emiliano Loño demoró 47. De esos generales, el que arribó más joven a Cuba (con 40 años) fue Federico Escario, ascendido a general de brigada cuando, a fines de la guerra, logró penetrar con refuerzos en la sitiada ciudad de Santiago de Cuba. Pero Ramón Echagüe llegó a la Isla ya como general y tenía solo 42. El más viejo en el momento de su arribo fue el general de división Carlos Denis (68). De esos generales, 12 murieron en Cuba, y de ellos diez fallecieron por enfermedad y dos en combate, aunque nueve resultaron heridos en acciones de guerra.

Estos y otros muchos datos están en la prolija investigación del doctor Ismael Pérez Gutiérrez, que se complementa con la ficha y el retrato de cada uno de los generales españoles. Esperamos que pronto el buen doctor ponga su libro a la consideración de nuestras editoriales.

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