Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Che

Corre el año inicial de la Revolución y el Che Guevara adquiere para su uso personal un auto de uso, marca Studebaker, que era un desastre; se descomponía hoy y mañana también. Un día en que el entonces comandante Raúl Castro viene de Matanzas, se encuentra al Che con su Studebaker roto a la orilla de la Vía Blanca. «Tienes que comprarle un auto al Che», dijo Raúl al comandante Escalona, que lo acompañaba. «Mira a ver qué le compras…». Escalona hizo lo que le ordenaron y no tardó en recibir una llamada del argentino.

—Oye, ¿quién te crees que eres para regalarme un automóvil? Ven y recógelo pues yo no me monto en eso.

Era un Oldsmobile de 1960 ya que los automóviles «del año» empezaban a venderse en los meses finales del año precedente. Escalona no quiso «comprarse» aquella bronca y dejó que el Che se entendiera con Raúl, que al fin y al cabo era su jefe.

Ni modo. No aceptaba aquel vehículo, pero Raúl lo convenció de que necesitaba un auto, y el Che terminó aceptando un Chevrolet Impala, también de 1960, pero ya caminado, que fue el que usó hasta el final de sus días en Cuba.

Son numerosas las anécdotas que ilustran la sencillez y modestia del Guerrillero Heroico, a quien el pueblo llama Che sin saber que en guaraní quiere decir «mi»: mi Guevara.

En 1986, en Nuevitas, un dirigente local contó al escribidor la ocasión en que le tocó asistir a una reunión convocada por Guevara. «Ofreció una merienda: una taza de chocolate y dos galletas de sal. Comentó que le hubiera gustado ofrecer algo mejor, pero que había pagado aquello de su bolsillo y él tenía una familia que mantener».

Su economía personal era precaria. En los primeros tiempos de la Revolución, un comandante del Ejército Rebelde devengaba 124 pesos mensuales, haberes que con el tiempo se incrementaron a 440. De ese dinero, el Che entregaba cien para la manutención de la niña de su primer matrimonio, destinaba 50 para el alquiler de la vivienda, otros 50 para liquidar los plazos del automóvil y el resto los reservaba para gastos domésticos. Cuando se fue de Cuba, legó tres uniformes colgados en un armario, un automóvil de uso, una buena biblioteca y un montón de papeles.

Mi querida viejecita

En los días iniciales de 1959 fue designado jefe de la fortaleza de La Cabaña, la segunda instalación militar de La Habana, y el 7 de octubre del mismo año se le encomienda, sin que por eso abandone sus funciones en las Fuerzas Armadas, la dirección del Departamento de Industrialización del Instituto Nacional de la Reforma Agraria. Pocas semanas después, el 26 de noviembre, se le confía la presidencia del Banco Nacional de Cuba manteniendo sus responsabilidades en el Ejército y el sector industrial. El 23 de febrero de 1961, al crearse el Ministerio de Industrias, se le designa titular del ramo.

Al penetrar en el despacho que ocuparía como ministro, dijo a su secretario: «Vamos a pasar cinco años aquí y luego nos vamos. Con cinco años más de edad, todavía podemos hacer una guerrilla». Añadió que había hecho un pacto con Fidel: colaboraría con la Revolución Cubana, pero, pasado un tiempo, quedaría libre para seguir la Revolución en otra parte.

Casi todos los dirigentes del Ministerio de Industrias fueron antes obreros. Todos sus funcionarios debían pasar cada año un mes en cargos de menor responsabilidad. Estableció un sistema de reuniones que le permitía mantenerse permanentemente al tanto de lo que sucedía en su esfera. Cada mes se reunía con los directores de las empresas, y una vez a la semana, en otra reunión, analizaba el quehacer del organismo en su conjunto.

Solo en el primer semestre de 1964 acumuló 240 horas de trabajo directamente vinculado con la producción. En su consejo de dirección cabían todas las tendencias: militantes del Movimiento 26 de Julio y del Directorio Revolucionario, antiguos combatientes clandestinos ajenos a los comunistas de partido y también militantes del viejo Partido Socialista Popular (comunista) y chilenos cercanos al Partido Comunista de su país, trotskistas…

Siendo ministro, recibe esta carta: «Che: Me alegro que al recibo de estas líneas se encuentre bien. Gracias a Dios. Soy una mujer vieja que he trabajado reparando los sacos de yute rotos, de azúcar prieta, arroz y de papas de tierra roja, desde 1951, en mi máquina de coser eléctrica de zapatería (…) Ahora han abierto una fábrica en Santa Clara y fui a buscar trabajo y me dijeron que las máquinas de ahora no son iguales a la que yo tenía, que todo era distinto. Vi a unas muchachitas jovencitas que yo creo que no saben nada de máquinas ni de sacos, porque las estaban enseñando. (…) Como me dijeron que usted es el máximo responsable de todas esas fábricas que hay por ahí le escribo estas líneas. Ayúdeme a conseguir una plaza y yo no lo haré quedar mal. Un beso…».

Repuesta del ministro: «Mi querida Viejecita, me alegra muchísimo que me haya escrito y le doy las gracias por sus deseos. Vaya a la fábrica con esta carta y usted verá como sí le darán esa plaza que usted tanto desea. Estoy seguro de que a usted no hay máquina que se le resista».

El trato con presilla

El 25 de julio de 1964 inauguraba, en las afueras de la ciudad de Santa Clara, la mayor y más importante obra industrial construida por la Revolución hasta ese momento, la Industria Nacional de Utensilios Domésticos (INPUD). En su primer año produjo 5 000 refrigeradores, 5 000 cocinas de gas, 30 000 ollas de presión… En un comienzo el Che, entonces en el INRA, no tuvo fe en el proyecto, pero siendo ya ministro apoyó sin reservas su realización, y en su apertura no ocultó el gozo de que se hubiera demostrado «mi ignorancia, permitiéndome inaugurar una fábrica sin abrir el fantasma de la autocrítica».

Por esa época hacía ya más de tres años que el ingeniero Demetrio Presilla había puesto a funcionar la planta niquelífera Freeport Sulphur Co. en Moa, renombrada Pedro Sotto Alba. Sus propietarios concluyeron su emplazamiento en 1959, hicieron una producción de prueba en 1960 y la cerraron. Al marcharse arrastraron consigo a todos los técnicos e ingenieros cubanos que trabajaron en el proyecto, convencidos de que nadie podía ponerla a funcionar. Era de una tecnología complejísima y única en su tipo en el mundo.

El Che recibió a Presilla una madrugada, a las dos.

—Yo me comprometo, comandante, a poner en marcha esa fábrica— afirmó, pero no ocultó sus dudas acerca del destino de sus producciones: el mercado estaba abarrotado y el níquel tenía entonces poca demanda.

En el rostro del Che se dibujó una sonrisa no exenta de picardía.

—Ingeniero, vamos a hacer un trato: usted se ocupa de poner a funcionar la planta; de la venta del níquel me encargo yo.

Así fue.

«El Che viajó al exterior y regresó con contratos de compra y acuerdos que garantizaban la logística. A partir de su regreso a Cuba, Guevara visitó la planta por lo menos una vez al mes y en él encontré siempre apoyo frente a las incomprensiones y malas intenciones de muchos. No era nada sectario; tenía confianza ilimitada en el ser humano y un don extraordinario para calar a la gente. Y era un hombre honrado», dijo Presilla al escribidor en 1987 en su casa de Nicaro.

En aquellos días, algunos no comprendían que un hombre profundamente cristiano como Presilla, educado en EE. UU. y que toda su vida había trabajado con norteamericanos, decidiera echar su suerte al lado de su pueblo. El Che sí lo comprendió. En junio de 1961, apenas seis meses después de que Presilla pusiera manos a la obra, la planta comenzaba a producir.

Con Neruda

A lo largo de su vida pública pronunció más de 170 discursos, 24 de ellos en el exterior. Cuando la vida se lo exigió, emprendió estudios rigurosos de matemáticas superiores, economía y organización y costos de flujos de producción. Se empeñó en dominar la teoría de los conjuntos, los análisis funcionales, el cálculo diferencial y el cálculo integral. Cuando salía del país, así fuera a cumplir delicadas misiones diplomáticas, llevaba en su cartera arduos problemas de matemáticas y costos que siempre traía resueltos.

Era un lector empedernido, y eran los westerns sus películas preferidas. Apenas dormía seis horas diarias y a veces mucho menos, por eso se quedaba dormido en cuanto se sentaba en un automóvil, y podía dormir incluso en el piso. Ya con el pie en el estribo, hizo que le copiaran un poema, Farewell, de Neruda.

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