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La Revolución Energética llegó al hogar de Desiderio

Durante nueve años las Brigadas Universitarias de Trabajo Social (BUTS) han palpado a fondo la sensibilidad humana. He aquí la historia de un grupo de estudiantes villaclareños, participantes en la Revolución Energética

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

EL PERICO, Encrucijada, Villa Clara.— Aquella tarde Desiderio y su mujer casi se infartan. «Oye, no era pa’ menos, compay. Cuando yo vi ese camión lleno de gente y oí aquella bulla cada vez más cerca, me turbé de tal manera que no pude arar más.

«Enseguida solté los bueyes, me encasqueté el sombrero y vine corriendo pa’ la casa», cuenta ahora este guajiro de campo adentro, mientras se acomoda a prima noche en su taburete, se lleva un tabaco a la boca y sonríe con noble picardía bajo la nueva bombilla del portal.

Agradable era la temperatura aquel día de diciembre en que más de una veintena de estudiantes universitarios de diversas especialidades hicimos confianza a bordo de una vieja camioneta cargada de cajas y bombillos.

A unos 200 metros del terraplén estaba la vivienda de Desiderio, un inmenso cuartel de tabla y guano asediado en sus laterales por dos toros con cara de fajadores y una manada de gallinas y guineos, difíciles de distinguir cuando se anuncia la noche.

Al vernos cerca del portón, el grueso campesino de casi dos metros de alto se precipitó con paso largo por el trillo.

«¿Caballeros, qué habrá pasado? ¿Un carro lleno de muchachos por aquí a esta hora? Esto está raro», se dijo para sus adentros aquel hombre que, sin pensarlo dos veces, se amarró un machete afilado en la cintura, «no vaya a ser que estos graciosos, perdidos por ahí, vengan a provocarme».

Pero de momento fue imposible contener entre nosotros el carcajeo. Aquel señor caminaba tan apurado que parecía darse en las nalgas con los pies y hasta encajarse la cabeza entre las piernas. A medida que se acercaba, más alto se escuchaban nuestras carcajadas ¡Qué persona aquella para correr feo!

Callado y serio, se mantuvo por unos segundos del otro lado de la talanquera, hasta que, por fin, en medio de su furia, atinó a decirnos algo:

—A ver, ¿quiénes son ustedes, qué andan haciendo por ahí a esta hora? Fíjense bien, no se equivoquen. Conmigo no juega nadie, así que no me «culebreen» y «pártanme de frente».

Cuando escuchamos esa frase, tan propia del gracejo campesino, otra vez volvimos a desternillarnos de risa ante la cara de aquel hombre que de seguro hubiera querido que la tierra se abriera y lo tragara.

Pero Juan, el entonces estudiante de Medicina, decidió sacarlo rápido del sobresalto. «Mira que un guajiro en aprietos es algo peligroso», nos alertó en voz baja antes de tirarse del camión para explicarle:

—Amigo, no pasa nada. Todo anda bien. Solo venimos a cambiarle los bombillos amarillos por luces ahorradoras. No hay por qué preocuparse, somos miembros de las Brigadas Universitarias de Trabajo Social, que han sido protagonistas de diversas misiones en estos años.

Poco a poco a Desiderio le vino el alma al cuerpo, aunque de repente le surgió otra preocupación:

—¿Y cuánto cuesta eso, muy caro?, inquirió al poner los ojos sobre la parte trasera del camión.

—Ah, eso tiene un precio, pero más barato que el que usted se imagina, repuso Diurmys, la joven periodista.

De pronto sobrevinieron otras risotadas y nuevamente se hizo la algarabía mientras nos encaminamos hacia aquel intrincado domicilio, donde solo una lámpara incandescente intentaba ganarle espacio a la oscuridad en pleno anochecer.

Con el cartón de una de las cajas me tocó desenroscar el viejo bulbo. Sobre una mesa pusimos los nuevos dispositivos. La  niña de la casa, de solo siete años, los miró sorprendida y luego dijo: «Papá, al fin llegó la luz blanca, ahora sí podré hacer las tareas a cualquier hora y con más claridad».

Aquellas palabras hicieron que Alain, el estudiante de Matemática, se erizara de pies a cabeza. Osmari, la futura ingeniera en Automática, salió de la casa con los ojos aguados. Mientras Mailay, la psicóloga, prefirió alentar a la chiquilla en su alegría, al tiempo que yo registraba los datos necesarios, no precisamente para contar alguna vez la historia de aquel susto que para bien le hicimos pasar a Desiderio.

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