Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Destinos cómplices

Lo esencial es construir juntos, formar parte  de consensos sociales en los que cada quien sepa cuál es su compromiso, aporte y beneficio en la suerte colectiva. Fue esa la verdad más trascendente encontrada por JR en su búsqueda de cómo se conectan los sueños personales de los jóvenes con la agenda del país

Autores:

Mayte María Jiménez
Alina Perera Robbio
Ana María Domínguez Cruz

—Les quiero agradecer… —rompe el silencio la cienfueguera Daylén Rodríguez Alemañy, de 21 años de edad y estudiante de cuarto año de Psicología en la Universidad de La Habana.

Entendemos, con este comienzo del diálogo, que le alegra hacer sentir su voz, tener la posibilidad de compartir las preocupaciones, aspiraciones y propósitos de su vida en la hora actual de Cuba.

Hemos salido a buscar algunas claves, entre jóvenes cubanos, de sus sueños y modos de alcanzarlos en la Isla. Es un propósito difícil este de querer escudriñar en los desvelos e incertidumbres de quienes ya dejaron atrás las quimeras de la infancia y se enfrentan a oportunidades y obstáculos reales que gravitan sobre sus destinos. ¿Dónde las ilusiones personales se conectan, o no, con la sociedad que queremos y podemos construir?

La interrogante nos sumergió en múltiples estampas de vida, entre estas la de Daylén, quien a las puertas de su futuro profesional se debate entre certezas y dilemas:

«Quiero graduarme; hacer mi tesis y disfrutarla. Es el período que cierra mi etapa estudiantil y quiero que sea maravilloso. Soy de Cienfuegos, pero quiero quedarme a trabajar en La Habana, donde podría cumplir todas mis aspiraciones profesionales. Tendría que estar alquilada. Pero por qué tiempo…

«También deseo formar una familia y tener hijos. Y eso me entra en conflicto con lo profesional, porque con todo esto de hacer una carrera cuando eres joven, tienes que postergar tu momento de ser madre. ¿Cómo ordeno mis proyectos para que tengan una relación armónica? Me caso, sí, tengo hijos: ¿Cuántos? Antes quería tres, pero ahora veo que si tengo otras aspiraciones no puedo, porque no los voy a educar ni a querer bien, no les daré toda la atención, y voy a estar desgastándome.

«Tengo a mis padres. Mi papá tiene casi 60 años, es profesor de Física, del nivel superior. Ha sido una persona consagrada e integrada a la sociedad, como mi mamá.  Y me digo: “No quiero estar con la zozobra de qué sucederá mañana, de vivir al día con el dinero”. La ansiedad viene por ahí: por pensar que el proyecto que uno se está trazando tendrá obstáculos, y que planificarse es difícil…

«Mis padres, a pesar de todas las limitaciones, han encontrado cierto placer en lo que hacen. Yo también lo he sentido así. Es un sueño, una esperanza; es sentir que puedo trabajar, ser útil a la sociedad, saber que pueden contar conmigo.

«Esto me pertenece, aunque creo necesita cambios. Aquí tengo algo para hacer, para formar parte. Aquí nací y he crecido. Quiero graduarme y tener herramientas para trabajar en la sociedad, para ser reconocida como tal: nada mejor que eso».

Sueños bajo la lupa

Toda criatura que llega al mundo tiene una hoja de vida lista para ser llenada con decisiones y episodios, y aunque muchos creen que todo está escrito, lo cierto es que, como apuntan los especialistas consultados, una historia personal suele tejerse conscientemente y paso a paso. Es lo que llamamos proyecto de vida, el cual no puede desligarse ni de su dueño ni del escenario en que se hace.

Según estudiosos abordados por este diario, un proyecto de vida es el conjunto de posibilidades que ofrecen la pauta para abrir caminos, alternativas y situaciones cuyo horizonte definitivo es la autorrealización personal. Dicho de otro modo, se trata de dibujar y encauzar los sueños. Es algo que implica amor, pasión y entrega tenaz en aras de las metas trazadas.

Todos necesitamos tener la certeza de hacia dónde y cómo queremos llegar. En ello nunca faltarán preguntas como estas: «¿Qué seré? ¿A qué quiero dedicarme profesionalmente? ¿Deseo tener pareja; cómo quiero que sea? ¿Cuáles son las obligaciones y responsabilidades que adquiero si tomo esta o aquella decisión? ¿Cómo alcanzar lo anhelado?».

Algunos creen que ya la suerte viene predeterminada por su entorno familiar, su lugar de origen, o su nivel socioeconómico. No pocos apuestan por vivir el aquí y el ahora, mientras otros se atreven a planificar con la voluntad de influir hasta donde sea posible en su futuro de individuo y ser social.

Quizá la definición más profunda, la que nos emparenta a todos, sea que un proyecto de vida es lo que da sentido —un porqué y un para qué— a nuestras existencias.

En un acercamiento más fundamentado al tema, consultamos investigaciones del Centro de Estudios sobre la Juventud (CEJ) realizadas entre los años 2000 y 2005, lo cual develó, entre otras ideas generales, que los jóvenes cubanos aprecian sus aspiraciones como alcanzables, aunque las mismas están matizadas e incluso entorpecidas por procesos simultáneos que ocurren en la sociedad.

Tomando como referencia el estudio alusivo a las aspiraciones de adolescentes y jóvenes cubanos en el umbral del siglo XXI, puede decirse que en el ámbito de la conciencia van mezcladas la incertidumbre y la desilusión, junto con el optimismo, la esperanza y el deseo de salir adelante.

Los anhelos más recurrentes encontrados en las investigaciones tenían que ver con la solvencia económica, con la concepción de una familia unida, con la tenencia de casa y medio de transporte propios. También se hablaba de contar con una sola moneda, y de tener salarios con los cuales satisfacer necesidades básicas (entre las que la recreación no es vista como un lujo).

Mejorar las relaciones personales también figuraba entre los objetivos más mencionados, a la par de desear la prosperidad en lo individual y lo colectivo, suerte que para muchos tiene su fuente en la consagración.

Como elementos que evaporaban la armonía entre lo pretendido personalmente y el escenario social, los jóvenes señalaron la desmotivación ante el trabajo cuando no era fuente segura de bienestar; el tráfico de influencias entre «socios»; el soborno, el desvío de recursos y el burocratismo.

Entre algunos, como sombras de desencanto y puntos de ruptura con estrategias trazadas a nivel social, afloraron expresiones como que «es difícil asimilar las diferencias que se producen con el acceso a la divisa»; o «no funcionan bien los mecanismos creados para canalizar las quejas en las diferentes instancias del país».

Y buscando entre grupos más específicos, encontramos que cubanos de la capital, con edades entre los 20 y 24 años de edad, tenían entre sus anhelos principales la independencia familiar; conocer el archipiélago —viajar a través de él y por el mundo—, y tener a la mano más opciones recreativas.

Los de la provincia de Sancti Spíritus, por ejemplo, hablaron de ser buenos profesionales y de alcanzar una ubicación laboral satisfactoria, así como de formar una familia en un hogar propio. No faltó entre ellos la preocupación por el futuro de la sociedad a la cual pertenecen.

Los camagüeyanos, además de compartir los mismos desvelos del grupo anterior, hicieron énfasis en el afán por mejorar las condiciones de trabajo —algo que indudablemente confluye en uno de los propósitos prioritarios del país—; y no obviaron el recurrente tema de un salario con el cual satisfacer demandas inmediatas e incluso trazadas a largo plazo.

Aprender a concebir la existencia

Cualquier análisis que intente abordar la subjetividad de una persona, debe atender los espacios generales en que esta desarrolla su existencia, y también las dinámicas de grupos como la familia, los amigos, los colegas, así como lo que sucede en el ámbito de una relación de pareja.

Delineando ese concepto, la doctora Laura Domínguez, profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, expresó a nuestras páginas que «todo lo que está en la mente de un joven —sus necesidades, motivaciones, proyectos y valores— proviene del medio en el cual ha desenvuelto su vida. Pero no se trata de un reflejo mecánico, sino de una construcción individual, la cual patentiza que cada joven es un ser único».

Durante la etapa de la juventud, entre los 20 y los 30 años —destacó la especialista—, uno de los epicentros psicológicos tiene que ver con el lugar que se ocupará en la sociedad y por tanto con la profesión o el oficio a través de los cuales tendrá lugar ese vínculo.

La profesora expresó que una condición que influye en la formación de valores en la juventud, o en su capacidad de elaborar proyectos de vida, es la situación mundial, y por supuesto del país, que no está ajeno a ese panorama.

«Todos sabemos —advirtió— que cada vez prolifera más la filosofía posmoderna que convoca a las personas a vivir el presente y a no pensar tanto en el futuro». El riesgo que eso entraña, dijo, es que algunos se acojan a la falsa percepción de que pocas cosas importan si al fin y al cabo uno no sabe cuándo va a morir.

Mirando Isla adentro, Laura Domínguez sumó otros desafíos a la hora de concebir proyectos de vida: los últimos 20 años, tan difíciles, lastimaron el universo moral, y entre las secuelas ha estado la tendencia al individualismo, incluso al conformismo, muchas veces asumido para «no ser señalados», lo cual suele ocultar la ausencia de un compromiso real con el escenario social.

«Uno de los problemas detectados —afirmó la profesora— es la dificultad de los jóvenes para trazar estrategias con las cuales conseguir sus proyectos: muchas veces no saben cómo lograr sus objetivos, o se contradicen en la consecución de los mismos.

«La escuela nos instruye. Allí nos enseñan a sumar, a escribir, pero pocas veces aprendemos a conocernos a nosotros mismos, a elaborar nuestros proyectos en el tiempo, ese camino que es unidireccional, que no vuelve».

Según Laura Domínguez, un elemento adverso está marcando el aprendizaje de los jóvenes desde los ámbitos de la familia y la escuela: el paternalismo, por cuenta del cual, entre otros muchos males, las personas creen merecerlo todo, al tiempo de no tener capacidad suficiente con la cual caminar hacia las metas, pues  las potencialidades creativas les fueron cohibidas.

El camino más arduo

«Lucha», palabra tan consustancial al destino de una parte de los aquí nacidos, estuvo en el espíritu de casi todos los entrevistados por nuestro diario durante este sondeo entre decenas de jóvenes de la capital con edades comprendidas entre los 17 y 34 años.

La indagación acerca de sus proyectos de vida y modos para irlos alcanzando develó que, en sentido general, quienes hablaron se sienten parte clave y activa en la solución de sus problemas; aprecian que el camino para lograr sus aspiraciones es esforzándose, luchando, estudiando, trabajando…

A modo de tendencias y en cuanto a aspiraciones, puede decirse que, en lo alusivo a los estudios, los jóvenes vistos por Juventud Rebelde dijeron querer culminarlos con éxito, y más adelante ser buenos profesionales.

En lo referente a la familia, las principales metas tuvieron que ver con formar una a la cual proporcionarle un bienestar básico. E inevitablemente también se habló de tener casa propia; de viajar y conocer otros países y culturas; de tener espacios de diversión asequibles al bolsillo; y de ser cada día mejores seres humanos.

«Quisiera escribir narrativa, tener familia y a largo plazo hacerme más sabio y tolerante; lograr un trabajo de editor de una revista. La solidez económica es otra de mis aspiraciones para poder fundar una familia», comentó Luis Jañez Jañez, de 25 años y vecino del municipio capitalino de Playa.

La familia es el ancla más poderosa de Marlenis García Arce, de 26 años y dependienta en Plaza de la Revolución: «Aspiro a mantenerme junto a mi esposo, y a continuar criando a mi hijo de la mejor manera posible; también quisiera independizarme y tener casa.

«Eso es lo más difícil de lograr, pues las condiciones del país no lo permiten, al menos por ahora. Si las microbrigadas existieran como hace años, esa sería nuestra oportunidad».

A la altura de sus 34 años Enediel Ochoa Rodríguez, trabajador por cuenta propia que trabaja como artesano en La Habana Vieja, siente que quiere alcanzar un título universitario: «Soy tornero —se presentó—, pero ahora vendo objetos de arte en la feria de la Rampa. Debo preparar un futuro para mi familia, un futuro tranquilo con ellos, trabajando».

Tiempo al tiempo está dando María del Carmen Pérez Herrera, obrera de 22 años de edad, vecina del municipio de Arroyo Naranjo: «Quisiera estudiar, pues trabajo en una cocina. Para mí es muy difícil; tengo un hijo de tres años. Por el momento estoy esperando a que crezca un poco más».

Martha González, de 26 años de edad y peluquera, adora lo que estudió: «Me encanta la Bioquímica y hubiera sido maravilloso trabajar en ella si de ese modo pudiera satisfacer mis necesidades y las de mi abuela, con quien vivo. Eso no significa que desprecie el oficio que ahora ejerzo. Por lo demás, no creo que por ahora deba pensar en tener hijos».

Una agenda que abrace a todos

El nexo entre los proyectos personales y las principales líneas de un país es inequívoca señal de cómo está funcionando la sociedad. De ahí que ese indicador sea tan importante y merezca ser atendido, según trascendió del diálogo con Mayra Espina Prieto, socióloga del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS) de la Academia de Ciencias de Cuba.

Sus reflexiones partieron del impacto de la crisis que dejó al país sin mucha capacidad de maniobra y que formalmente comenzó a llamarse período especial. Para ella esa situación, que se remonta a inicios de los años 90 del siglo XX, tenía su preanuncio: «Repasando —afirmó— la producción de las ciencias sociales de la época de los años 80, se constata un escenario de precrisis que estalla con la caída del campo socialista, y con el recrudecimiento del bloqueo».

Y una vez ubicada sobre el difícil terreno de los últimos años, expresó Mayra Espina: «Creo que un ingrediente de la crisis es precisamente eso: las vías individuales que se desgajan y empiezan a correr por su cuenta, que pierden las integraciones habituales, o que permanecen pero de manera formal».

A partir de ahí, explicó la especialista, se dan tendencias ambivalentes «que por un lado tienen componentes positivos, solucionan problemas, son áreas como de innovación social; o contradictorias, con relación a la cultura o la moral», pero por otra parte dan señales de «desconexión o de conexión alternativa» para con la agenda del país.

«Hay zonas como de alternatividad —advirtió— que si no se logran conectar con el proyecto social en su conjunto, de alguna manera debilitan mucho los consensos políticos, sociales y de todo tipo. Hay ejemplos en que algunas zonas se han podido conectar mejor. Lo concerniente a las reivindicaciones raciales, al tema de la homosexualidad y otras elecciones, encuentran avenidas que conducen a cierta cobija institucional».

—¿Qué hacer para que esa amalgama de identidades no sea algo negativo, sino una fortaleza?

—No le adjudico negatividad a priori. Son procesos de expresión de diversidad y que sociológicamente son fenómenos normales y de hecho tienen una alta positividad. ¿Dónde está lo negativo? En que no siempre encuentran una manera de situarse en ese proyecto común. Y es vital definir colectivamente hacia dónde vamos, en un proceso participativo: construir juntos.

«Hace falta convocatoria para construir juntos; llegar a plataformas que sabemos no podrían incluir absolutamente todo, pero que forman parte de consensos sociales donde uno podría entonces colocarse desde su diversidad, y saber cuál es su compromiso y cómo aporta a esa plataforma y en qué medida se beneficia.

«Se trata también de una sociedad que pueda reconocer sus conflictos. Ellos tienen solución, y hay manera de armonizar y de llegar a pactos sociales, a consensos».

—La frase martiana «Con todos y para el bien de todos» es el gran desafío…

—Desde luego. Pero tienes que ponerle ingredientes. Con todos y para el bien de todos, se sabe que no es la sociedad angelical, ni la sociedad de la gran riqueza para que todos tengan todo. Es una sociedad que tiene que proponerse metas racionales, responsables, y tiene que estar consciente de que incluye nuestras diferencias y conflictos, y la práctica de analizarlos con criterios éticos, con responsabilidad social.

En pos de la inspiración

Al sumar su mirada en torno al vínculo entre lo personal y lo colectivo, el filósofo cubano Armando Chaguaceda Noriega alertó sobre la desconexión de jóvenes a quienes es preciso seducir no con consignas sino con razones para la defensa de una sociedad justa, alternativa al modelo neoliberal. Y señaló otros peligros como el triunfalismo, la tendencia a pasar por  alto cierto análisis de las debilidades propias; o las ojerizas y medidas de funcionarios y administrativos contra muchachos «conflictivos» que cuestionan —aún dentro del lugar, la forma y momento correctos— cosas que deben transformarse.

«Hoy es preferible —dijo el pensador— dialogar con ciudadanos “cuestionadores”, pero dotados de un sentido político y comprometidos con “cambiar todo lo que deba ser cambiado”, a hacerlo con masas apáticas, con las cuales la gesta de 1959 nunca hubiera sido posible.

«Creo que en los cambios estructurales anunciados en 2007 y debatidos en foros y publicaciones, calles y hogares, habrá que armonizar en políticas concretas esta relación entre lo individual, lo colectivo y lo nacional. Y habrá que recuperar el papel del trabajo honrado y su calidad en la satisfacción de necesidades personales y familiares, así como propiciar modos de vida frugales y respetuosos del medioambiente, pero no deprimidos.

«Habrá que abrir y defender un mayor espacio al debate y la crítica públicos, más allá de convocatorias esporádicas y gremiales. Y —quizá lo más importante— habrá que volver atractiva para muchos jóvenes la idea misma de socialismo, algo que pasa por una cultura y educación incluyentes, por la diversidad, por la mística y la esperanza de una convivencia no capitalista en solidaridad, dignidad y libertad».

Hacer desde adentro

El día que conversamos con Jorge Enrique Torralbas Oslé en la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, él cumplía 22 años. Habló sobre darle sentido a la existencia y sobre las ideas de sus contemporáneos:

«Proyecto de vida tiene un indicador que es la visualización de los obstáculos. Y suele suceder que entre nosotros esos obstáculos se visualizan fuera, sean o no reales. Nos vamos llenando de miedos y prejuicios y pensamos que el otro dirá “No”. Es algo que tiene mucho que ver con el paternalismo al cual nos hemos acostumbrado.

«Los obstáculos siempre estarán. Para mí estos nacen principalmente de la incertidumbre que vivimos ahora como sociedad, inmersos en un mundo tan incierto. La incertidumbre nace de no poder planificar siempre nuestros proyectos de vida, y eso es algo que toca a todas las generaciones.

«Pero la motivación fundamental es hacer algo; es estar y construir. Creo que esa es la conexión con una sociedad mejor. Y pienso, honestamente, que el socialismo como camino es válido, y solo puede hacerse desde adentro».

Agradecemos la colaboración de Nelly Osorio, Sara Cotarelo y Elayna Espina, del Equipo de Investigaciones de JR.

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