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Cuando todo cuidado es poco

En el hospital siquiátrico de Matanzas el nasobuco se anuda con paciencia y dinamismo

Autor:

Hugo García

GUANÁBANA. Matanzas.— «Por favor, súbete el nasobuco», le pide cortésmente a un paciente la licenciada en Enfermería Lázara Elena Rodríguez Boitel, jefa de la sala de hospitalización. «Espérate, no ves que no sé ponérmelo», contesta un poco agriado el enfermo, buscando infructuosamente las tiras por detrás de la nuca. Ella comprende el exabrupto y enseguida le ata con delicadeza la pieza. «¡Está muy apretado!», vuelve a protestar, y ella ajusta el nudo pacientemente.

A pocos metros escucho: «Me estoy fumando un cigarrito», y es otro paciente que intenta eludir la reprimenda de la seño para seguir mordisqueando un humeante tabaco Reloba.

Así comienza nuestra visita al hospital siquiátrico docente Antonio Guiteras Holmes, donde se encuentran 90 hospitalizados, 44 de ellos residentes de larga estadía. Protegerlos de la epidemia es difícil porque algunos comprenden, pero otros no, por su propia patología, y el personal tiene que ingeniárselas para cumplir los protocolos epidemiológicos.

Entre los que cooperan está Lázaro Díaz Brindis, quien se lava las manos voluntariamente con agua clorada antes de las meriendas y comidas, mientras las seños ayudan a quienes hacen más resistencia.

Este hospital ostenta la categoría de Colectivo Moral, con resultados positivos en la labor asistencial de sus más de 300 trabajadores, entre ellos 13 especialistas, varios residentes y 50 enfermeras, a los que se suma el personal de lavandería, peluquería, barbería, rehabilitación, atención al paciente, el área de Medicina natural y tradicional, los servicios estomatológicos y de laboratorio y Podología.

Medidas a la medida

Al llegar a esta instalación, ubicada en las afueras de la ciudad de Matanzas, es apreciable el esfuerzo para evitar un desagradable contacto con el nuevo coronavirus. Además de la ya habitual desinfección de manos y preguntas de rutina sobre nuestro estado de salud, nos mantienen bajo discreta vigilancia todo el recorrido, como suelen hacer con las escasas visitas que admiten por estos días.

El doctor Ángel Guillot Moreno, director del hospital, subraya que el objetivo es preservar la integridad de los pacientes, vulnerables por su edad o condición de salud.

El especialista de Primer Grado en Siquiatría apunta: «Todos tienen sus características; algunos hacen resistencia cuando se les reclama que no pueden estar cerca de otros ni quitarse el nasobuco, pero muchos son reincidentes en nuestro centro y sabemos cómo tratarlos.

«Tuvimos dos casos de fiebre que nos hicieron sospechar y los remitimos de inmediato al centro de aislamiento del hospital Mario Muñoz. El PCR dio negativo, pero igual estuvieron otros 14 días en una salita preparada con ese fin, lejos del resto, porque nada de lo que hagamos para evitar el contagio es excesivo».

El personal de salud usa batas y sobrebatas, guantes y máscaras cuando interactúa con los pacientes, a quienes se les exige ropa limpia, distancia y nasobuco. Esta última ha sido la medida más difícil de cumplir, pero se logra a partir de la educación personalizada y charlas colectivas.

«Hay que seguir explicándoles la importancia de su uso o pedir que se lo suban, como es natural, pero la mayoría es consciente de la enfermedad y tienen suficiente conocimiento sobre el virus para entender que la exigencia es por su salud», considera el directivo.

Los nasobucos —muchos elaborados en la misma instalación— se cambian cuatro veces al día, y el grupo confinado en las salas lo hace cada tres horas. Es mucha más tela para desinfectar diariamente, pero es necesario.

La jefa de brigada en el área de lavandería, Beatriz García, comenta que a cada paciente se le confecciona ropa personalizada, con sus iniciales o nombres bordados en los pijamas, abrigos, pantalones y hasta en la ropa interior: «Es lo ideal para mantener la higiene», advierte.

Paralelamente se extrema la desinfección de los vehículos que entran a los predios del centro, se limita el acceso de trabajadores a quienes les toca laborar cada día y se toma la temperatura con frecuencia a todo el mundo.

«Hoy no hacemos nuevos ingresos a pacientes en descompensación aguda ni se atiende a personas con conducta deambulante, para quienes existen otras alternativas. Para garantizar la atención de urgencias siquiátricas en la provincia se creó un cuerpo de guardia en el hospital provincial Comandante Faustino Pérez.

«También suspendimos las actividades de terapia ocupacional de los internos porque interactuaban mucho entre ellos, y actualizamos las políticas de desinfección hospitalaria teniendo en cuenta los protocolos y las exigencias del momento», asevera el doctor Guillot.

En condiciones normales algunas familias traían alimentos y ropa para sus allegados, pero como el virus tiene un largo período de supervivencia en varias superficies se determinó que no entrara nada hasta nuevo aviso.

También se reordenó el personal para cubrir los puestos de quienes se acogieron a la ley de seguridad social por ser vulnerables o tener complicaciones en casa (alrededor de 30 trabajadores, 12 mayores de 60 años de edad). Gracias a eso no se ha visto afectada la calidad de la atención ni se ha cerrado ningún servicio básico, explica el directivo, y asegura que no se ha dejado de pasar visita en las salas ni se detiene la rehabilitación.

Para su consejo de dirección han sido días complejos y tensos desde el punto de vista organizativo, de no dormir o seguir trabajando en casa para documentar las indicaciones y hacer un trabajo dinámico, porque la rutina puede cambiar, cuenta el especialista.

«Un día amanecimos con la noticia de que cinco trabajadores nuestros, residentes en la comunidad de Triunvirato, no podrían venir porque su zona entraba en cuarentena. Al trabajar en equipo pensamos cada problema con la posible solución, pero hay que ser operativos, porque las medidas de hoy no son las de mañana», acentúa.

Días difíciles, recompensa grande

El doctor Blas Vega Rodríguez, especialista de Primer Grado en Siquiatría, significó que hay pacientes con alteraciones menos profundas que colaboran más, y que otros necesitan más protección porque en su condición mental rompen con la realidad y pierden percepción de riesgo, enfatiza.

La licenciada en Tecnología de la salud, Yoselín González, jefa del laboratorio clínico, y Elizabeth Zamora, jefa del departamento de Trabajo social, coinciden en que se han extremado las medidas higiénicas.

«En el laboratorio siempre nos cuidamos, pero desde que comenzó la COVID-19 hemos redoblado nuestro protocolo de bioseguridad, toda vez que realizamos extracciones de sangre y otros análisis a los enfermos», precisa Yoselín.

La doctora Yamilka Rodríguez Pérez, especialista en Medicina General Integral (MGI) y residente de segundo año en Siquiatría, dice que el trabajo es difícil por la naturaleza de sus patologías, pero en el hospital están compensados y asisten a las charlas de salud.

En la sala C de mujeres hay 25 pacientes a quienes diariamente se les realiza una pesquisa con profundidad, además de los chequeos de rutina. Allí la estudiante de sexto año de Medicina, Angélica Cardellá Viltres, interna en Siquiatría, cuenta que su incursión en este hospital ha sido una experiencia única, tanto humana como profesional.

«Todo cuidado es poco», sintetiza la joven, y apunta que para su generación de médicos en ciernes estos son días difíciles, pero tendrán una recompensa enorme.

Es difícil convencerles de usar bien el nasobuco, pero al menos comprenden que se está cuidando su salud. Fotos: Hugo García

 

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