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De lujo

La imagen del personal de aislamiento forrado de pies a cabeza es escena común en los medios de prensa y una cree que ya no puede impresionarte, pero la primera vez que vi a Yeyris, mi nuerita, enfundada en el traje azul, el corazón se me apretó

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

 Para que una beca universitaria funcione como centro de aislamiento en medio de una epidemia, se necesita un número infinito de condiciones y recursos, porque no solo de voluntad se construye un equipo.

Por fuera parece la misma edificación de siempre, con personas que comen, generan basura (material y mental), duermen y depositan su esperanza en una evaluación final imparcial… lo que no impide elevar plegarias o buscar dianas humanas para descargar la culpa si las cosas no salen como las deseaban.

Por dentro se percibe mejor su complejo engranaje logístico y epidemiológico. Si el más mínimo detalle pierde sincronía, todo el esfuerzo va a pique. Y hablo de vidas, de rostros uniéndose a nombres en mi recuerdo, pero también de gastos millonarios.

El primer día, cuando una funcionaria de Salud Pública trajo la ropa de trabajo de la tripulación, casi suplica a quienes cargaban las bolsas que las trataran con extremo cuidado porque había costado varios cientos de miles de pesos.

Ante nuestras caras de incredulidad detalló: «Cada sobrebata cuestan 650 pesos, y traje 84». Tomé entonces una en mis manos como si se tratara de un vestido de novia, para ver qué tenían de especial tales atuendos. Una semana después ya las declaro fieles amigas, porque me aíslan de posibles virus cuando salgo a zona roja, y del frío y el viento el resto de las horas que paso en mi puesto de vigía, en la esquina de la terraza.

La imagen del personal de aislamiento forrado de pies a cabeza es escena común en los medios de prensa y una cree que ya no puede impresionarte, pero la primera vez que vi a Yeyris, mi nuerita, enfundada en el traje azul, el corazón se me apretó.

Cuando las dos lo usamos a la vez, para la gente fuera de la tripulación es imposible distinguir quién es quién, y eso pasa también con Amián y Olguita, o con Fabian y el doctor Daniel. Germán, que mide 1,88 metros, es inconfundible cualquiera sea su atuendo.

Lo que aún no me explico es por qué estos ropajes se anudan detrás: los cubrebotas, la sobrebata, el gorro, los dos nasobucos reglamentarios… Parecemos Magdalenas con tantas cintas y lazos. El piyama es el único de cierre frontal con botones. Su inconveniente es que son de talla única y no precisamente de la mía o mi doble.

No obstante, lo más difícil para mí sigue siendo dominar los guantes, imprescindibles para limpiar las mesas colocadas como barrera física y sicológica frente a cada puerta, pasar el alimento de la bandeja a las mesas, recoger desechos de las mesas hacia el saco de basura y llenar los pomos de agua fría y depositarlos en las mesas… Entre mis guantes y las dichosas mesas hay mucho aún que dialogar para ser funcionales.

Al salir hacia zona roja, tus manos es lo último que proteges, pero al volver es lo último que destapas. Con guantes de goma o látex húmedos de hipoclorito debes zafar los ocho nudos del ropaje siguiendo un estricto orden de movimientos que alejan de tu cuerpo cualquier posible vestigio del virus.

Mi maestra de ceremonias fue la seño Anay, y cuando la epidemióloga Katia me vio hacer el giro de la sobrebata para enroscarla en sí misma antes de tirarla al cesto, sus elogios pusieron un brillo de alegría en la campechana morena, porque no la hice quedar mal. Ya la tengo convencida para que también me enseñe a vestir camas de modo que me queden bien lisitas.

Cada mañana, Edwin y Orelvis llevan la ropa de cama y trabajo a una lavandería certificada por Salud Pública. Foto: Mileyda Menéndez Dávila

El relevo de toallas se sumó hace dos días al conteo diario de textiles que salen cada amanecer hacia la lavandería, bien sellados y fumigados, y regresan olorosos en la tarde, proceso que suma al menos tres personas y dos gastos más: Edwin, el chofer del taxi, Orelvis, el mensajero que responde por el rigor del proceso, y Yanisleydis, la cuentapropista de Vento, en el municipio de Boyeros, a quien Salud Pública contrató el servicio tras certificar su calidad y bioseguridad.

El eslabón más frágil en esta cadena de lujo son las sábanas. Multipliquen por dos las cifras de personas hospitalizadas y aisladas en centros como el nuestro a lo largo del país, y sabrán cuántas amanecieron a disposición de los pacientes ese día, sin costo alguno para ellos. Todos los balcones de esta Habana no alcanzarían para exhibir al sol tanta blancura.

A cinco días de faena, cubiertas ya las 40 capacidades del Instec, hoy se hicieron los primeros PCR y puede que empiecen a salir pacientes. Tengo que apurarme con las clases de Anay porque las sábanas las aporta Turismo y están acostumbradas a lucir bien para sus nuevos huéspedes.

Reto del día: ¿Cuántas horas lleva secar la ropa de descanso de la tripulación si tienes 15 metros de soga, mucho viento y solo 10 palitos?

Echa un vistazo a las demás publicaciones de esta interesnate serie: 

Día Cero

¡Agua!

Modelaje

La pared

Tripulación

Aniversario

 

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