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Buscando otros quijotes

Si fuera demasiado pedir la realización de un filme sobre el rencuentro de Fidel y Raúl en Cinco Palmas, deberíamos, con todos los adelantos que existen hoy, incentivar la elaboración de productos multimediales, con mapas y gráficos, en el que se dibuje la extensa caminata de cien kilómetros que realizaron los ocho hombres, atravesando montes, desde el accidentado desembarco del 2 de diciembre hasta la llegada a la finca de Mongo Pérez

Autor:

Osviel Castro Medel

A medida que ha ido pasando el tiempo he reafirmado la idea de que algunos episodios de nuestro pasado merecen tratarse con menos frialdad y «más corazón» para que no terminen padeciendo la nociva monotonía.

La quema de Bayamo (12 de enero de 1869), el famoso rescate de Julio Sanguily (8 de octubre de 1871) o la batalla de Las Guásimas (15 al 19 de marzo de 1874) son algunos de esos sucesos que, contados sin sazón, probablemente no han cautivado lo suficiente a nuevos o viejos.

Tal vez pueda decirse lo mismo de acontecimientos más cercanos en el almanaque, como la Batalla de Guisa (20-30 de noviembre de 1958) o el rencuentro de Fidel y Raúl en Cinco Palmas, concretado el 18 de diciembre de 1958.

Este último suele mencionarse en libros y textos con la sombra de la repetición mecánica: «Esa noche dos hermanos de sangre e ideales se abrazaron», o «se juntaron siete fusiles y ocho hombres».

En realidad, lo que vivieron aquellos ocho expedicionarios ameritaría un filme con todas las de la ley, en el que se reflejen la angustia, el drama, la duda y el peligro. ¿No sintieron el miedo de ser asesinados, como les ocurrió a 18 de sus compañeros después de la dispersión de Alegría de Pío, el 5 de diciembre de 1956? ¿En qué estarían pensando al verse cercados, perseguidos, cansados y sedientos durante 13 largos días? ¿Habrán recordado a sus familiares o sus juegos infantiles en esos momentos en que se creía cercano el final?

En esa película no debería faltar la escena en la que Fidel y sus dos acompañantes, Universo Sánchez y Faustino Pérez, se enterraron debajo de la paja de caña, mientras los aviones los sobrevolaban. Y tendría que reflejar el agotamiento extremo del líder, quien llegó a dormirse ¡tres horas!, tapado por aquellos desechos, a pesar de la persecución implacable.

Recuerdo que en 1996, después de 40 años del rencuentro, Raúl nos dijo a varios periodistas, en el propio paraje de Cinco Palmas, que después del revés tremendo de Alegría de Pío se encontraron la Muralla China, «pero no los equis metros que tiene de altura sino desde una punta hasta la otra».

Su grupo, en el que también estaban Ciro Redondo, René Rodríguez, Efigenio Ameijeiras y Armando Rodríguez, caminó casi en paralelo al de Fidel, siempre hacia el este, pero sin saber que el jefe estaba vivo. De seguro el pecho se les hizo volcán cuando les dijeron que su jefe estaba en pie, sin un rasguño, junto a dos hombres.

Si fuera demasiado pedir la realización de un filme, deberíamos, con todos los adelantos que existen hoy, incentivar la elaboración de productos multimediales, con mapas y gráficos, en el que se dibuje la extensa caminata de cien kilómetros que realizaron los ocho hombres, atravesando montes, desde el accidentado desembarco del 2 de diciembre hasta la llegada a la finca de Mongo Pérez, la que, por cierto, tenía un nombre hermoso: El Salvador.

Claro que lo más sorprendente de esa novela real estuvo en el momento posterior al efusivo saludo, como contó Raúl: «Me dio un abrazo y lo primero que hizo fue preguntarme cuántos fusiles tenía, de ahí la famosa frase: “Cinco, más dos que tengo yo, siete. ¡Ahora sí ganamos la guerra!” (...). Pensamos que se había vuelto loco, entre ellos lo pensé yo, pero como buen Sancho Panza: detrás de mi Quijote, al igual que hoy, hasta la muerte».

Dos años y 14 días después, esa profecía se cumpliría, para asombrar al mundo, como una señal de que aparentes imposibles pueden convertirse en realidad; para llevarnos a entender que necesitamos seguir buscando y encontrando otros quijotes verdaderos.

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