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Salvar a Frank

Por eso los versos del poeta Waldo Leyva definen a Santiago de Cuba como ningún otro, porque sencillamente no hay una calle de esa ciudad por donde no haya pasado un héroe. Porque allí siguen Frank, Pujol y sus compañeros de aquel valiente comando

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Daily Sánchez Lemus

La ciudad de Santiago estaba revuelta. Se comentaba en todas las esquinas pero no todos se atrevían a hacerlo en voz alta y mucho menos llegar al lugar. El callejón del Muro tenía esa tarde una marca de sangre para siempre... Acababan de asesinar a Frank País y muy cerca a su compañero de lucha Raúl Pujol. A Frank, al muchacho maestro, jefe de Acción del Movimiento 26 de Julio, el del Alzamiento del 30 de Noviembre de 1956, la confianza de Fidel, el del primer refuerzo de guerrilleros, una montaña de la Sierra en plena ciudad, como dijera Haydée Santamaría.

Ambos, Frank y Pujol, habían salido de casa de Pujol tratando de evadir el cerco de registros que ese día había tendido la tiranía sobre aquel barrio. Cuidar la vida de Frank era la misión de aquel compañero que supo morir junto a él. Pero ni el azar, que tantas veces se combina con la inteligencia para estos momentos complicados de una guerra, pudo hacer nada hacer ante la delación de un miserable, y no se pudo salvar a Frank.

Raúl Pujol. Foto: Archivo de JR

«Pomponio» era el seudónimo que Taras Domitro —combatiente y hermano de América, la novia con la que Frank estaba a punto de casarse— le había puesto al joven Luis Clergé Fabra, acaso por no tener nada que ver físicamente con aquel personaje popular. Clergé, alto, espigado, se destacaba por ser un joven decidido, observador, inteligente y capaz de asumir la tarea que fuese. Estaba formándose en la escuela de Frank, en esa escuela de revolucionarios que para salir a acometer una acción, tenían ante todo que tener plena conciencia de la necesidad de hacerlo y no perder nunca la sensibilidad de un revolucionario verdadero. Esa era una de las diferencias entre aquellos muchachos del Movimiento 26 de Julio y los asesinos de Batista.

Clergé llamó por teléfono a Vilma rápidamente. Estaba preocupado por las noticias que corrían en la ciudad. Él, que tenía la responsabilidad de guardar armas allí en la ciudad, le había dado días antes una ametralladora a Frank que este le había solicitado. Lo notaba apesadumbrado desde la caída en combate de su hermano menor Josué, y no quería pensar que justo un mes después, doña Rosario recibiría otro golpe.

Conmovida pero con la ecuanimidad que le caracteriza, Vilma le dice a Clergé: «Miren a ver qué pueden hacer». Eso fue todo. Él no necesitaba más. Ella era la lugarteniente de Frank y todos conocían de su inteligencia y valentía.

Se apropió de un auto sin permiso ni cocimiento de su dueña. Él estaba enfermo de una crisis hipertensiva que le había puesto las uñas color violeta. Buscó a Fino, chófer de combate, a Osvaldo Carbonel y Constantino Romanidy, armados él con la otra sub ametralladora Thompson de las dos que había en Santiago entonces, una pistola de ráfagas Star con cargadores de 30 cartuchos y una escopeta cal. 16 de repetición y cañón recortado y una pistola P38 para el chófer.

Así llegaron al callejón contiguo al del Muro. Cuando se bajó, solo, para explorar la situación, llegaba el carro de los bomberos para limpiar la sangre que habían dejado en la acera como testimonio del crimen y monumento a la gloria de la Patria que con sus vidas forjaban.

El primer carro que pasó a pocos metros de donde estaban listos para lo que fuera, fue el de Salas Cañizares, detras venía el de Randich, el traidor que había identificado a Frank. Paradojicamente, Frank había hecho una colecta entre los alumnos para ayudar a Randich a no abandonar los estudios debido a su precaria situación económica. Randich se sentía protegido por los asesinos, infalible.

De repente, para él aquella protección se borró como por arte de magia: cuando su carro iba pasando, su mirada se cruzó con las de Pomponio y sus compañeros de comando. Se miraron fijamente y los revolucionarios ya estaban dispuestos a iniciar combate, pero el cobarde bajó la vista. No habló. No dijo quiénes eran aquellos otros porque sabía que allí mismo abrirían fuego contra él, aunque sí estaba seguro de que aquel encuentro había sido su sentencia de muerte por la traición. Y así fue. El Movimiento se encargaría, más adelante, de ejecutarla.

Pomponio y sus compañeros hubieran querido pelear allí, salvar a Frank, pero de alguna manera lo hicieron pues aquel cruce de miradas sentenció para la historia al verdadero traidor y demostró el valor de los jóvenes «del 26». Para Pomponio, más difícil que haberse enfrentado a tiros con la policía, fue encontrar a doña Rosario y decirle que sí, que era cierto, y verla con aquel dolor y aquella entereza de madre.

Por eso los versos del poeta Waldo Leyva definen a Santiago de Cuba como ningún otro, porque sencillamente no hay una calle de esa ciudad por donde no haya pasado un héroe. Porque allí siguen Frank, Pujol y sus compañeros de aquel valiente comando.

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