El doctor Manuel Sánchez Silveira, colocando el acta oficial de la expedición en la urna que existía en el Pico Turquino. Aparecen también en la foto Jilma Madera, Aníbal T. Díaz y Celia Sánchez. Autor: Tomada de Cubadebate Publicado: 22/09/2026 | 09:01 am
MEDIA LUNA, Granma.— Si ahora mismo preguntáramos por Manuel Sánchez Silveira, muchos responderían: «Fue el padre de Celia». Otros, acaso, recordarían que estuvo entre quienes subieron el busto de José Martí al Pico Turquino, en mayo de 1953. Ambas cosas son ciertas, pero también, insuficientes.
Porque este manzanillero, nacido el 22 de septiembre de 1886, hijo del asturiano Juan Sánchez del Barro y de la manzanillera Modesta Silveira Román, fue mucho más que un padre ilustre.
Deberíamos decir, por ejemplo, que él señalizó el lugar exacto donde cayó Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, o que ayudó a colocar el busto de José Martí en el Pico Turquino, o que hizo como pocos en su tiempo para rescatar la historia nacional.
Su vida es una de esas historias que no deberían extraviársenos en el ruido de la cotidianidad.
El médico de los caminos y el intelectual inmenso
«En el patio de su casa siempre tenía listos el caballo y la montura para cabalgar hacia alguna remota colonia, en las estribaciones de la Sierra Maestra, donde se le aguardaba como única esperanza. Y allá se iba bajo el sol calcinante o en la noche lóbrega. Lo mismo sacaba una limalla de un ojo, que enyesaba un brazo fracturado, amputaba una pierna, atendía a una parturienta, extraía una pieza de la boca, rescataba el grano de maíz que se había introducido un niño en la nariz o el oído, o simplemente recetaba un jarabe».
Así describió el reconocido historiador Pedro Álvarez Tabío (1941-2009) a Manuel Sánchez, quien a principios del siglo XX matriculó en la Universidad de La Habana la carrera de Medicina y Cirugía Dental. Primero se hizo doctor en Cirugía Dental, y el 23 de septiembre de 1911, un día después de su cumpleaños 25, se diplomó en Medicina.
«Los ingresos del doctor como médico, partero y dentista particular no deben haber sido muy considerables, pues era notorio que una buena parte de sus pacientes recibía su atención gratuita (…). Era, en primer lugar, un benefactor, lo cual se hacía evidente día tras día, tanto en el ejercicio de su carrera como en el desenvolvimiento de su vida privada (…). Nunca buscó glorias ni recompensas materiales en el ejercicio de la Medicina», agregó Álvarez Tabío.
Por eso en Media Luna, donde residió hasta 1940, lo recuerdan con inmenso cariño. Evocan especialmente que aquel hombre caritativo muchas veces no cobraba su consulta y que socorrió en su finca Los Arroyones a numerosos campesinos desalojados. También lo rememoran con afecto en Pilón, donde se convirtió en referente a partir de 1940 para los humildes durante más de 15 años.
Pero Manuel logró ser más que un profesional de la salud. Incursionó en la espeleología, la historia, la geografía y la arqueología. Gustaba escribir sobre su especialidad y sobre temas que no le eran afines. Acarició la idea de publicar un libro, Jalones de nuestra historia, que nunca vio la imprenta. Y realizó notorios hallazgos arqueológicos en la zona donde estuvo el asentamiento aborigen de Macaca.
Como si fuera poco, se carteaba con figuras prominentes de la cultura y la política de Cuba: Fernando Ortiz, Carlos Manuel de Céspedes (hijo), Antonio Núñez Jiménez, Waldo Medina y Eduardo Chibás. A este último lo hospedó en su casa de Pilón cuando, en mayo de 1948, realizaba una gira por el Oriente del país. También recibió en su morada pilonense, en agosto de 1944, al renombrado pintor Carlos Enríquez.
Leyendo a Martí
La vida le dio un golpe terrible el 19 de diciembre de 1926. Ese día murió, víctima del paludismo, su esposa Acacia Manduley Alsina, con quien se había casado el 12 de abril de 1913. Con ella había tenido nueve hijos en la casa de Media Luna; uno de ellos falleció a los 14 meses.
Ante la pérdida, Manuel no se derrumbó. Se dedicó por entero al cuidado y la enseñanza de sus seis hembras y dos varones, junto a su suegra Irene y su cuñada Gloria. Nunca más volvió a casarse.
A menudo reunía a sus hijos en torno a él para leerles obras vinculadas con los próceres independentistas, especialmente a José Martí. Gustaba retratarse con ellos, llevarlos a sus aventuras arqueológicas y complacerlos en caprichos singulares, como hacerles un circo en el patio de la casa. En la personalidad de Celia, por quien sentía predilección, influyeron mucho el patriotismo, el desinterés, el amor a la naturaleza, la ternura y la cubanía de su progenitor.
Armando Hart lo resumió con una frase contundente: «Él le enseñó a amar la historia y la Patria. ¡Qué relación más linda entre Celia y su padre!».
Martiano y cespediano hasta el final
La devoción de Manuel Sánchez Silveira por José Martí y por Carlos Manuel de Céspedes no era retórica de tribuna. Era acción.
Aunque un libro editado en 1971 sostiene que él localizó el sitio exacto donde cayó el Padre de la Patria en febrero de 1927, el investigador Álvarez Tabío apunta que la tarja que recuerda el infausto acontecimiento en San Lorenzo fue colocada el 24 de noviembre de 1925. De cualquier modo, lo cierto es que el doctor cruzó inaccesibles montañas para llegar hasta el apartado lugar, y que en esa travesía demostró sus conocimientos de la geografía nacional.
Devoto de Céspedes, escribió sobre el alzamiento de La Demajagua y sobre otro levantamiento poco divulgado, el de Pedro de Céspedes, ocurrido el 9 de octubre de 1868.
Por su iniciativa, además, se colocaron bustos de Martí y del Héroe de San Lorenzo en Media Luna, y se fraguaron dos placas en recordación al Titán de Bronce. Esa labor patriótica también se extendió a Pilón, poblado al que llegó como médico del antiguo ingenio Cape Cruz.
Otra de sus acciones memorables fue el ascenso del busto de Martí al Pico Turquino, el 21 de mayo de 1953. La pieza de bronce, de 163 libras, obra de la escultora Jilma Madera, se colocó por idea de la maestra pinareña Emérita Segredo Carreño, una iniciativa que resultó bien acogida por la Asociación de Antiguos Alumnos del Seminario Martiano de la Universidad de La Habana.
Llevar la efigie hasta ese sitio (ruta Habana-Santiago-Ocujal del Turquino-Pico Turquino) costó innumerables sacrificios y mucho machete, pues no existían los caminos que conocemos hoy. A Manuel le faltaban cuatro meses para cumplir los 67 años y aun así fue el guía de la expedición. Aquellos alumnos, unos 50 según se ha escrito, se asombraron con la forma física del veterano médico. «Sánchez Silveira era apasionado de las lomas y de las exploraciones en las cuevas —contó Jilma Madera—, actividades que, me dijo, disfrutaba más que la Medicina».
Por esa afiliación martiana, años antes había decidido romper con el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), del que fue uno de los fundadores en Oriente, y hacer filas con la Ortodoxia, porque en Chibás vio la ética, la prédica y el civismo martianos que no conoció en decenas de políticos anteriores. En junio de 1950 escribió a un amigo: «Martí después de su muerte sigue siendo el constructor —el consejero—, el guía del porvenir y presente de los ciudadanos de América (…) Martí es un asceta de la Gloria (…) Martí fue estoico y un visionario».
Por eso apoyó cuanto pudo a Celia al conocer que su hija se había enrolado en una lucha cuya chispa motora había sido el ejemplo y el legado de José Martí.
El adiós
Manuel Sánchez Silveira falleció en el hospital capitalino Calixto García el 24 de junio de 1958, de una neoplasia pulmonar. Tenía 71 años.
La enciclopedia digital cubana EcuRed describe que hasta su cama de enfermo llegaron «desde el campesino humilde de paso por La Habana, hasta el importante médico, el científico famoso o el nombrado escritor. Todos los que le conocieron lo admiraron y lo apreciaron».
No pudo ver el Primero de Enero. Pero su imagen imborrable no dejó de acompañar a su adorada Celia y a todos los que lo amaron en la esperanza, la lucha y la virtud.
Fuentes: Cuaderno de Historia de la Salud Pública, Doctor Manuel Sánchez Silveira, médico rural, de Nidia Sarabia; Celia, ensayo para una biografía, de Pedro Álvarez Tabío; Periódico Juventud Rebelde, enero de 2000 y 2005, mayo de 2006 y septiembre de 2011; Revista Somos Jóvenes, noviembre de 2007; Enciclopedia digital cubana EcuRed.
