Mauricio Cruz Siles (izquierda) alcanzó la medalla de plata y Andy Ernesto Sánchez Pérez, también de Villa Clara, la de bronce. Autor: Tomada del perfil de Facebook de Frank Hernández Publicado: 31/08/2026 | 07:56 pm
SANTA CLARA, Villa Clara. — Mauricio Cruz Siles es uno de los jóvenes talentos más prometedores en el área de la Informática, no solo en esta provincia central, sino en toda Cuba.
Al terminar el octavo grado en la escuela secundaria Capitán Roberto Rodríguez, de Santa Clara, intervino en tres competiciones de gran relevancia. Obtuvo la medalla de plata en la 4ta. Olimpiada Internacional de Matemáticas e Informática Al-Khwarizmi, en Taskent, Uzbekistán; ganó el bronce en la Olimpiada Iberoamericana de Informática 2026 —celebrada en formato en línea y con nuestro país como organizador—, y participó en la 38va. Olimpiada Internacional de Informática, efectuada también en Taskent este pasado mes de agosto, según refirió el profesor y entrenador Francisco Hernández González en su perfil de Facebook (Frank Hernández).
Cuenta Mauricio que su curiosidad por la informática se despertó entre cuarto o quinto grado, cuando le mostraron unos juegos educativos y de lógica. El interés fue aumentando y su padre lo llevó a conocer al profesor Frank, del Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (IPVCE) Ernesto Guevara, quien lo introdujo en acertijos y problemas más complejos para adentrarlo en «lo que es la programación de verdad». «También me gusta hacer proyectos de robótica, lo cual me impulsa a seguir programando», refirió.
Comenzó asistiendo un par de días a la semana al centro provincial de entrenamiento para estudiantes de alto rendimiento docente. Sin embargo, a medida que aumentaron la preparación y el rigor de las competencias, su asistencia se volvió constante y hoy ya forma parte de la matrícula oficial del aula de noveno grado del centro.
«La primera competencia que hicimos este año fue la KhIMIO, para menores de 16 años, que es de mi categoría. Luego participamos en la Iberoamericana, para preuniversitario, donde sube un poco el nivel, y por último en la IOI, que es la más complicada. En todos los casos me preparé resolviendo olimpiadas antiguas de ese mismo estilo.
«Me siento bien al interactuar en estos espacios con muchachos de mi círculo, que tienen mis mismos intereses. Además del intercambio intelectual, es una experiencia social y cultural que me parece muy positiva», comentó.
Al comenzar su último año de secundaria básica, Mauricio aspira a seguir concursando desde el centro de entrenamiento del IPVCE villaclareño y a orientar su futuro universitario en la misma dirección: «Aunque mis padres son ingenieros en telecomunicaciones, yo siempre he querido estudiar Cibernética y, como segunda opción, Automática».
Para Irina Siles, la madre de Mauro —como prefiere llamarlo con cariño—, acompañarlo en la preparación desde el hogar implica un ejercicio diario de amor incondicional y admiración profunda. Junto a su esposo, una hija de 17 años y una amplia red de apoyo tejida en torno al conocimiento, lo ve crecer y convertirse en un gigante frente al monitor: a veces con el corazón en un hilo, pero siempre con fe absoluta en su capacidad.
«En casa nos hemos transformado en sus cómplices de batalla: hemos aprendido a pensar como concursantes para anticipar y facilitar cada una de sus necesidades, desde el ventilador recargable y la lámpara con batería cuando las horas de estudio se extienden hasta la madrugada, hasta el alimento energético que necesita para mantenerse enfocado. Alguien me decía el otro día: “Pásame una foto”, y yo le envié la de una competencia que hizo en una noche de apagón, a la luz de una lámpara, porque así hemos estado estudiando», reseñó.
Desafío y gratificación, en igual medida, aprecia Irina al ver al adolescente reservado, con audífonos y en su propio mundo, enfrentarse a problemas complejos que exigen respuestas no solo creativas, sino certeras. «A veces nos preguntamos si la carga es demasiada, pero ver su dedicación, el brillo de sus ojos cuando “raspa” esos puntos difíciles tras horas de trabajo, la llamada emocionada de un entrenador y ser testigos de cómo se forma un ser humano resiliente nos desarma y nos llena de una ternura infinita.
«Aunque yo me deshaga en cariño, también le exijo. Si algo sale mal, además de decirle: “Tranquilo, habrá nuevas oportunidades”, hay un reclamo de: ¿Por qué no hiciste lo que te dijeron?», agregó.
Igual de hermoso le resulta que, a pesar de la presión de los meses de entrenamiento concentrados en apenas unas horas de examen, Mauricio no ve a sus compañeros como rivales, sino que ha construido amistades con quienes comparte dudas, experiencias y formas de trabajar.
«Verlo crecer entre algoritmos, retos internacionales y metas cumplidas, compitiendo muchas veces en rangos de edad superiores al suyo, es el mayor regalo que la vida me ha dado. Me siento la madre más orgullosa y feliz por acompañarlo en esta aventura», aseveró.
