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Una canción y una tortuga encabezan el huracán merengue

En el Santiago Bernabéu, el fútbol se vistió de Beatles y de paciencia felina. La canción de los aficionados y la tortuga estratégica de Mourinho guiaron a un Real Madrid arrollador, que sentenció al Málaga en media hora con la autoridad de quien ya no pide permiso, sino que impone su ley

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Hubo una tarde, en el ocaso de un agosto que ya olía a fútbol de verdad, en la que el Santiago Bernabéu se convirtió en una sala de conciertos. No sonaba rock, ni pop, ni siquiera el himno del centenario. Sonaba una canción de los Beatles, la misma que décadas atrás había hecho bailar a una generación entera. «Hey Jude» coreaban los 80 000 espectadores, como si el estadio fuera un enorme coro de voces blancas. Y en el centro del escenario, como el solista que todos esperaban, Jude Bellingham bailaba al ritmo de su propio gol.

El Málaga, un viejo conocido que regresaba a la élite después de ocho años de ausencia, llegó al Bernabéu con la ilusión de quien no tiene nada que perder. Y durante los primeros diecinueve minutos, el recién ascendido plantó cara como un boxeador que se niega a ser noqueado en el primer asalto. Pero el fútbol, caprichoso y despiadado, tenía otros planes. Y el plan se llamaba Jude Bellingham.

A los 19 minutos, el inglés recogió el balón en el campo contrario e inició una jugada personal que parecía sacada de un manual de fútbol total. Se deshizo de Recio y Einar como un torero que esquiva al toro, y con un disparo desde un ángulo incómodo, batió a Alfonso Herrero. El Bernabéu, que ya rugía, se convirtió en una orquesta. Y la canción, «Hey Jude», se elevó hacia el cielo de Madrid como un himno de gloria. «Siempre es muy especial. Es un honor jugar en este club, en este estadio y con esta afición. La ovación ha sido muy bonita», declaró el mediopunta inglés al final del partido.

Pero Bellingham no había terminado. Siete minutos después, el inglés volvió a aparecer. Un disparo de Mbappé, una estirada de Herrero, un rechace que el inglés cabeceó y el desesperado intento de despeje de Carlos Puga que golpeó la espalda del portero y terminó entrando en la portería. Era el 2-0. Era el autogol que olía a obra de arte involuntaria. Y era, sobre todo, la confirmación de que la tortuga de Mourinho, esa que el portugués había liberado de las cadenas defensivas, ya estaba devorando a su presa.

Porque José Mourinho, el técnico que regresó al Real Madrid trece años después, había pactado con Bellingham un cambio de rol. «No le quería ver más defender casi como un segundo lateral izquierdo y hemos organizado el equipo de otro modo donde él sabe perfectamente lo que tiene que hacer y se siente muy cómodo». Y Bellingham, liberado como una tortuga que deja atrás su caparazón, se desplegó más cerca del arco con la libertad de quien sabe que su momento ha llegado. «Estoy un poco más libre, con libertad para moverme más alto o bajo, si lo necesitamos. Estoy disfrutando mucho y por eso estoy jugando bien».

El huracán, sin embargo, no se detuvo. Antes de que se cumpliera la primera media hora de juego, Trent Alexander-Arnold, que fue titular por primera vez como lateral derecho tras ver cómo Denzel Dumfries ocupaba su puesto en los dos primeros partidos, puso un centro medido desde la banda derecha. Y Kylian Mbappé, con la precisión de un francotirador, definió de volea para firmar el 3-0. El partido, que había comenzado como un duelo, se había convertido en un monólogo.

La segunda mitad fue un ejercicio de administración. Mourinho, que rotó para mantener la frescura del cambio —cinco variaciones tras no repetir once en sus dos primeros partidos—, dio pista a Alexander-Arnold, Antonio Rüdiger, Eduardo Camavinga, Brahim Díaz y Marc Cucurella. El equipo no acusó la ausencia de Bernardo Silva y Arda Güler en el arranque. Y cuando Bellingham estrelló un balón en el poste en el minuto 55, el Bernabéu suspiró. Pero el gol, ese amante esquivo, se negaba a llegar.

Hasta que, en el tiempo de descuento, Vinícius Júnior, generoso como un príncipe, le regaló el balón a Arda Güler. El joven turco, que había ingresado a los 87 minutos en sustitución de Bellingham, solo tuvo que empujar el balón a la red. Era el 4-0. Era la sentencia. Era la tercera victoria consecutiva de un Real Madrid que, con nueve puntos de nueve posibles, se instalaba como líder en solitario de La Liga.

El pitido final fue una celebración. Mourinho, que había advertido que llegarían «el periodo negativo y una fase menos buena», disfrutó del momento con la mesura de quien sabe que el camino es largo. «Vuestras críticas van a llegar, la reacción negativa de la afición va a llegar y en ese momento tenemos que ser muy equilibrados y no dejar que un momento negativo tenga un impacto en toda la temporada». Pero esta tarde, en el Bernabéu, solo importaba el presente. Y el presente era un huracán de fútbol, una canción de los Beatles y una tortuga que, por fin, había encontrado su ritmo.

La temporada apenas comienza. Pero en Madrid, el viento del cambio ya sopla con la fuerza de un vendaval. Y el huracán merengue, liderado por una canción y una tortuga, promete no detenerse.

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