La base popular del levantamiento fue incuestionable. Autor: Jorge García Publicado: 04/09/2026 | 12:47 pm
Cienfuegos amaneció una vez con el pulso cambiado. No era una ciudad cualquiera la que se desperezaba aquel 5 de septiembre de 1957, sino una plaza que se disponía a desafiar a la dictadura con la obstinación limpia de los pueblos justos.
La gesta cienfueguera no surgió de la improvisación. Fidel Castro explicó años después que sus antecedentes venían de 1956, cuando un grupo de marinos, soldados y cabos de la Base Naval de Cienfuegos ya había entrado en contacto con el Movimiento 26 de Julio.
También relató que existía, desde entonces, la intención de producir un alzamiento que tomara las armas de Cayo Loco y avanzara luego hacia el Escambray para organizar un segundo frente guerrillero. Ese plan no pudo concretarse en la fecha prevista, pero el 5 de septiembre de 1957 encontró su cauce histórico en una ciudad que se decidió por la rebeldía.
A la cabeza de la acción estuvo Julio Camacho Aguilera, en representación del M-26-7, y por la Marina de Guerra fue designado el alférez de fragata Dionisio San Román. Aquel no fue solo el acto de unos pocos. La provincia de Cienfuegos se sumó entera, con la naturalidad con que un pueblo se reconoce en peligro y decide luchar.
Jóvenes, obreros, vecinos, civiles armados a la carrera y hombres de mar se fueron incorporando a una jornada que, por unas horas, pareció abrirle un resquicio a la libertad.
Lo que comenzó con algo menos de 70 combatientes del M-26-7 fue creciendo con la incorporación de más cienfuegueros al levantamiento. Esa adhesión espontánea convirtió la jornada en una experiencia de auténtica movilización ciudadana, donde la causa patriótica trascendió la estructura orgánica del movimiento insurreccional.
Cayo Loco cayó primero en manos de los sublevados. Y con él, el corazón militar de la ciudad. Después vendrían otros puntos decisivos: la Policía Marítima, la Estación de la Policía Nacional, la subplanta eléctrica, el Ayuntamiento. La ciudad fue ocupando sus propios espacios con una mezcla de coraje y asombro, como si de pronto el mapa cotidiano dejara de pertenecerle al miedo.
Durante casi 24 horas, quedó en manos de quienes habían decidido no esperar más. La respuesta de la dictadura llegó con el ruido metálico de la aviación y la brutalidad de los bombardeos.

El pueblo cienfueguero armado, en las inmediaciones del Parque Martí. Foto: Jorge García
Cerca de las diez de la mañana comenzaron los primeros vuelos de los aviones batistianos, preludio de bombardeos que, aunque en algunos casos fueron arrojados al mar por pilotos que no se atrevieron a atacar directamente a la ciudad, igualmente provocaron muertos, heridos y mutilados entre la población civil.
El cielo, que tantas veces en las provincias cubanas anuncia la mañana con mansedumbre, sobre Cienfuegos se volvió amenaza. Hubo muertos, heridos, dolor. Entre las víctimas quedó el nombre de Olimpia Medina, una niña cuyo destino se convirtió en símbolo del precio pagado por aquella rebeldía.
Pero ni la metralla ni el fuego borraron el gesto de quienes resistieron. Mientras avanzaba el día, la ciudad seguía disputándose a la tiranía con una tenacidad que parecía surgir del propio corazón de sus calles. A mediodía comenzaron a llegar refuerzos desde Santa Clara, pero fueron rechazados.
El Colegio San Lorenzo, el teatro Tomás Terry, la droguería Cosmopolita, el Ayuntamiento: cada sitio guardó su episodio de combate, su ráfaga, su resistencia, su instante de gloria y de peligro.
En la tarde, los aviones volvieron. Y la ciudad, ya herida, volvió a defenderse. Sostuvo el pulso hasta la madrugada del día 6, cuando la superioridad de las fuerzas enemigas terminó por inclinar la balanza. Entonces quedaron los escombros, los nombres de los caídos, las calles marcadas por la violencia y la certeza de que algo irreparable había ocurrido.
Cienfuegos había demostrado que la tiranía también podía ser desafiada en una ciudad de provincia, en una bahía, en una plaza cualquiera convertida de pronto en símbolo nacional.
Fidel lo dijo después: «Nunca se había visto tanto derroche de coraje y decoro en una ciudad que fue libre durante 24 horas». No era una victoria completa, pero sí un gesto completo de valor.
Esta urbe se alzó con la dignidad en carne viva. Lo hizo en nombre de la Revolución que crecía en la Sierra Maestra y de la Cuba que se resistía a seguir postrada.
Años después vendrían los homenajes, las peregrinaciones, las tarjas, los actos cada aniversario, los estudiantes llevando flores, los combatientes regresando a los lugares donde todo comenzó.
Vendría también el periódico 5 de Septiembre, nacido para acompañar esa memoria, y la costumbre de la ciudad de volver una y otra vez a sus sitios sagrados: Cayo Loco, el Parque Martí, el Colegio San Lorenzo, el cementerio Tomás Acea, Los Pinitos, la ruta de los caídos.
Pero ninguna conmemoración sustituye aquel instante original. Ninguna ceremonia puede igualar la verdad de aquella mañana en que Cienfuegos decidió ser libre, aunque fuera por un día.
En esa libertad breve, intensa, ardiente, quedó sembrada para siempre la certeza de que hay ciudades que, además de habitar la historia, la provocan, la empujan y la merecen.
