Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Fobias

En el deporte los miedos pueden ser armas peligrosas si no se saben controlar a la hora justa 

Autor:

EDUARDO GRENIER

Es muy sencillo ser un fracasado deportista. Lo dice uno que en el arte de pegarle mal a una pelota o correr más lento que los demás, incluso otrora líder en ponches recibidos de torneos de bajo nivel, tiene casi un doctorado. Y sin embargo, solía y suele todavía, aunque ahora de «Pascuas a San Juan», seguir enfrascado en su testarudo afán de volver cada tarde a los piquetes de barrio, a disfrutar aunque el talento apenas le baste para eso.

Otros, en cambio, tenían la habilidad genética para rozar la perfección. Pero en el deporte, como en la vida, rara vez puedes tenerlo todo y semejante verdad me hace recordar, por ejemplo, a aquellos grandes atletas que a la hora de demostrar su valía en escenarios importantes o como dicen en mi barrio, a la «hora de los mameyes», sufrían un espanto tan grande que parecían mediocres.

Una vez en cierto partido de fútbol efectuado en mi pueblo, donde las tardes convertían el asfalto en césped imaginario y a un pedazo de calle en estadio de primerísimo nivel, con sus gritos, sus protestas y sus goles, a uno de dichos talentosos presumidos le costó un buen tiempo cacarear otra vez sus innatas cualidades.

Alardoso de su técnica refinada, jactándose del disparo lejano que terminó en la portería o la finta que dejó en el suelo a Fulanito y el caño a Menganito, de tantas y tantas «obras maestras» signadas y aplaudidas por sí mismo, quedó tieso y blanco como un jarro de leche cuando el balón impactó de cuajo contra su rostro.

Fue un pelotazo seco, durísimo, como si le hubiera pegado Cristiano Ronaldo, bazuca en lugar de pierna, tiro libre a 35 metros de distancia en lugar de rechace en una liga de poca monta en un barrio de provincia.

Había sido otro de nuestros «socios» vespertinos, quien en sus jugarretas infantiles le dio a la pelota sin querer, para casi desgajar el rostro de Rubén —pongámosle Rubén a este amigo incógnito para no herir sensibilidades—, para casi desgajar su pudor, dejándole mareado y con el ego a la altura del subsuelo.

Rubén casi cae cuando el cuero sucísimo de tanto rodar por la calle le besó la nariz, las mejillas, todo, cuando más henchido estaba de orgullo propio, cuando más entonadas eran las frases de ensalzamiento personal, cuando la burla hacia los demás rozaba su punto de ebullición.

Fue, más que un pelotazo, un bofetón sin manos que derivó en carcajadas y otras mofas, peores aun, de todos sus amigos. Y desde entonces el grandísimo futbolista de barrio que Rubén solía ser en las tardes perdió el aura y deambulaba sobre el asfalto con el codo a la altura de la mirada, protegiendo su piel y su ego, con esa fobia perenne que le lanzó con divertida crueldad al bando de los temerosos.

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