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Mundial 2026: El Merinazo 2.0

Como en aquel verano de 2010 en Sudáfrica, como en la ultima Eurocopa, un gol en el descuento de un navarro enfundado en la camiseta roja partió el alma de un país vecino

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Durante 90 minutos, el AT&T Stadium de Dallas fue testigo de un duelo de miradas, un combate de ajedrez entre dos equipos que se conocen como la palma de su mano. Un partido entre dos buenos equipos, de esos que parecen jugarse con el freno de mano echado, donde la emoción solo residía en lo que estaba en juego: nada más y nada menos que el pase a cuartos de un Mundial. Portugal y España, los dos gigantes ibéricos, se enredaron en una maraña de precauciones, miedos y respeto. Era un duelo de paisanos: Roberto Martínez, el técnico luso nacido en Balaguer, y Luis de la Fuente, el seleccionador que ha devuelto la fe a una generación. Y durante todo el tiempo reglamentario, la balanza no se inclinó hacia ningún lado.

El primer tiempo fue un espejismo de ocasiones. España, con su posesión estéril, tuvo la más clara en las botas de Mikel Oyarzabal. El delantero de la Real Sociedad se plantó solo ante Diogo Costa, remató demasiado cruzado y el balón se fue lamiendo el poste. Portugal respondió con un cañonazo de Nuno Mendes que se desvió en la testa de Pedro Porro y se estrelló en el larguero, haciendo temblar el marco como una campana de iglesia. También hubo tiempo para una acción que quedará grabada en la retina de los aficionados portugueses: Unai Simón, el portero vasco que aún no había encajado un gol en el torneo, salió en falso a un centro de Pedro Neto. Joao Félix cabeceó al segundo palo para Cristiano Ronaldo, y el astro de 41 años, en una chilena acrobática mientras caía al suelo, vio cómo el guardameta español se recuperaba a tiempo para desviar su remate. Era el último baile del rey. Y el balón, como si supiera que la historia se escribía en otro idioma, se negó a entrar.

La segunda parte fue un ejercicio de paciencia. Portugal, que había dominado los primeros compases, se replegó como un erizo, entregó el balón a España y esperó su oportunidad al contraataque. España, con el 48% de posesión frente al 39% luso, generó casi el triple de valor esperado de gol. Pero el invitado espacial no llegaba.

Lamine Yamal, el adolescente que ya es el faro de la generación, lo intentó una y otra vez. Dani Olmo, Pedri, Fabián... todos chocaban contra el muro portugués. Roberto Martínez, en un alarde de fe o de terquedad, mantuvo a Cristiano Ronaldo sobre el césped mientras retiraba a otros jugadores. El portugués buscaba su momento, el gol que lo inmortalizaría. Pero el fútbol, caprichoso, había escrito otro guion.

Y entonces, cuando el reloj marcaba el minuto 85, Luis de la Fuente movió su pieza clave. Mikel Merino, el pamplonés del Arsenal, saltó al campo en sustitución de Dani Olmo. Seis minutos después, cuando el partido agonizaba y los fantasmas de la prórroga asomaban la cabeza, ocurrió el milagro. Rodri robó un balón y se lo pasó a Ferran Torres. El delantero del Barcelona, con la visión de un elegido, filtró un pase angelical al espacio. Y allí, como un fantasma en la noche, apareció Merino. El centrocampista, que había nacido en Pamplona, que había hecho la mili en Alemania y se había consagrado en Inglaterra, se plantó solo ante Diogo Costa. Con la sangre fría de un asesino a sueldo, disparó raso y cruzado al palo izquierdo. Era el 1-0. Era el gol que valía estar entre los 8 mejores del Mundial.

El Dallas Stadium, con sus 70.649 almas comprimidas en las gradas, explotó en un rugido que debió oírse hasta la meseta. Portugal, herido y desorientado, intentó la épica del último suspiro. Bernardo Silva cabeceó por encima del larguero en el séptimo minuto de descuento. Pero el gol no llegó. El pitido final fue un funeral para unos y una liberación para otros. Cristiano Ronaldo, el hombre que había dominado el fútbol durante dos décadas, se desplomó sobre el césped. Sus lágrimas, visibles en las pantallas gigantes, fueron la imagen de una era que se apaga. "Fue mi último Mundial", confesó después, con la voz rota por la emoción. Lamine Yamal, el relevo generacional, se acercó a abrazarlo. El gesto, capturado por todas las cámaras, fue el símbolo de un relevo que ya es inevitable.

España, en cambio, celebró como si hubiera ganado el título. Con este triunfo, Luis de la Fuente igualó a Aimé Jacquet y Louis van Gaal como los únicos técnicos capaces de mantenerse invictos en sus primeros 12 partidos en grandes torneos. La Roja, que no concede un gol en mundiales desde el invierno de 2022, espera ahora a Bélgica.

Pero este lunes, en Dallas, solo importaba un nombre: Mikel Merino. El pamplonés que se vistió de David Villa, que repitió la historia de aquel gol en Sudáfrica que dio a España el avance a cuartos también contra Portugal, se había convertido en el héroe de una nueva generación.

El Merinazo 2.0 ya tiene su lugar en la historia. Y en el AT&T Stadium, el fútbol, ese artefacto narrativo que a veces se complace en la épica, dictó su veredicto: el pasado tiene fecha de caducidad, y el futuro, a veces, tiene nombre de navarro.

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