Un fin de semana más el Tottenham fue superado por sus rivales en la Premier League, hundiéndose cada vez más en el descenso. Autor: Diario As Publicado: 20/09/2026 | 10:41 am
El Támesis, testigo silencioso que ha visto desfilar imperios, leyendas y glorias, fluyó este fin de semana con un caudal distinto, más espeso, más amargo. Porque el fútbol de Londres, una religión que cada sábado se celebra en siete estadios y millones de corazones, vivió una de sus jornadas más oscuras. Su big3 particular, Chelsea, Tottenham y Arsenal, cayeron derrotados en apenas 24 horas, y el eco de sus lamentos se confundió con el chapoteo melancólico de la lluvia sobre los adoquines del Strand. No fue una simple derrota; fue un funeral colectivo.
La primera lágrima cayó al oeste de la ciudad, en el GTECH Community Stadium, donde un Brentford hambriento despedazó al Chelsea de Xabi Alonso por 3-0. El cuadro blue, que había comenzado la temporada con dos victorias que olían a esperanza, se marchó al descanso con la ilusión intacta, pero regresó al césped convertido en un espectro. Jaidon Anthony abrió la herida en el 61, e Igor Thiago y Fabio Carvalho, en los estertores, clavaron las dagas definitivas. El Chelsea, un gigante construido a base de millones, se tambaleó como un barco sin lastre. Alonso, con el rostro macilento de quien ve hundirse su proyecto, lo resumió sin anestesia: «Esto no es suficiente para competir por la Premier League. Todo fue decepcionante hoy». Las ausencias de Moisés Caicedo y Joao Pedro fueron el pretexto perfecto para un equipo que encajó su duodécimo gol en apenas cinco jornadas. En el amanecer del viernes, Stamford Bridge aún dormía el sueño de los justos, ajeno a que su equipo acababa de convertirse en el primer grande de Londres en caer.
Al día siguiente, la procesión continuó hacia el norte, al Tottenham Hotspur Stadium, ese coliseo de cristal que se ha convertido en un mausoleo de frustraciones. Los spurs recibieron al Aston Villa con la esperanza de romper una sequía goleadora que ya era una maldición bíblica. Pero el equipo de Ange Postecoglou, que sigue sin conocer la victoria en la Premier, se desangró ante su gente. Johan Manzambi, en el descuento de la primera parte, aprovechó un error defensivo mientras Micky van de Ven se retorcía de dolor fuera del campo. Nicolas Jackson y Emiliano Buendía ampliaron la sentencia, y aunque Conor Gallagher y Van Hecke maquillaron el marcador en el ocaso, el 2-3 fue un espejismo. Un gol anulado por VAR a Mohammed Kudus fue la puntilla a la ilusión. El Tottenham, aquel que un día soñó con la gloria europea, se hundió en el puesto 18, firmando su peor arranque liguero desde la temporada 2008-2009. En las gradas, el silencio fue más elocuente que cualquier abucheo.
Pero si hubo una estampa que resumió la tragedia londinense, fue la del vigente campeón, el Arsenal, desmoronándose en el Amex Stadium ante un Brighton que lo devoró sin piedad. Los gunners llegaban con una racha de siete victorias consecutivas, invictos, con una defensa considerada la mejor de Europa. Y cayeron, estrepitosamente, por 3-0. Pascal Gross, Charalampos Kostoulas y Chema Andrés firmaron el entierro de un equipo que parecía invencible. La defensa, antes un muro de granito, se convirtió en un colador: los defensores retrocedían, concedían espacio y veían pasar los disparos como fantasmas. Mikel Arteta, con la mirada perdida, habló de lecciones y de «no hacer bien lo básico». Pero había algo más profundo, algo que ni las estadísticas ni las tácticas podían explicar: la sensación de que el aura del campeón se había desvanecido en la brisa marina del sur de Inglaterra.
Cuando el sol se puso el sábado, Londres no era la misma. El Chelsea, hundido en la novena posición con siete puntos; el Tottenham, en el puesto 18, en zona de descenso; el Arsenal, apeado del liderato y con el City respirando en su nuca. Tres derrotas, nueve goles encajados entre los tres, y una sensación de fragilidad que no se veía en la capital desde tiempos inmemoriales. El Támesis, que ha visto pasar la peste, los bombardeos y las crisis financieras, también ha visto pasar el fútbol. Pero nunca, quizá, había recogido tantas lágrimas en un solo fin de semana. El lunes, los aficionados volverán al trabajo con el estómago encogido, y los entrenadores, con el hacha sobre sus cabezas. Porque en Londres, cuando los gigantes caen, el eco de sus caídas retumba en cada pub, en cada oficina, en cada conversación de ascensor. Y esta vez, el eco sonó a funeral.
