Lecturas
El temido bandido Victoriano Machín, con total impunidad, en 1890, sembraba el terror y la muerte en los campos de Pinar del Río y zonas del oeste de La Habana, donde se le atribuían más de 30 asesinatos, hasta que un honesto ciudadano de Guanajay condujo a las autoridades hasta el escondite del delincuente y las dejó sin alternativa. Lo juzgaron en el Castillo de la Fuerza y lo condenaron a muerte. Igual pena mereció su hermano, capturado en su compañía. Sin embargo, cuatro días antes de que se ejecutara la sentencia, cuando iba a llevarse a cabo el conteo de presos, los custodios advirtieron que el calabozo 16 y medio, del Castillo del Príncipe, donde se hallaban internados los Machín, estaba vacío. Habían limado los barrotes de la pequeña claraboya que se alzaba a cinco metros del suelo para escurrirse hacia los fosos por una cuerda de algodón encerada de menos de un dedo de diámetro. Fue tal el escándalo que provocó el suceso que se dispuso de inmediato la detención del jefe del penal. Ahí no paró la cosa. Apenas un mes después, Victoriano se personaba en Guanajay y a la luz pública ultimaba a su delator a machetazos. Si la fuga costó el puesto al alcalde, ese último incidente motivó la destitución del Capitán General.
La crónica cubana refiere otras fugas como esas, más o menos de anjá. Reclusos que lograron evadirse de instalaciones como el Príncipe y el Presidio Modelo. La mayoría de los prófugos fueron recapturados y devueltos a sus penitenciarías. Algunos retornaron a ellas por voluntad propia, mientras que otros, como Policarpo Soler, lograron poner tierra, o agua, por medio, y otros más se perdieron para siempre, como ocurrió con Jesús Rivero Prendes (Chino Prendes) uno de los autores, en enero de 1949, del robo de una sucursal habanera del Royal Bank of Canada, la mayor sustracción de dinero en efectivo ocurrida en la Isla antes del triunfo de la Revolución. Vivo o muerto, nunca se supo de su suerte.
Un cubano al que apodaban «Cotorrita» tenía en la década de 1940 el récord de fugas en todo el continente americano. Cárcel en la que lo encerraban, cárcel de la que se evadía, al igual que otro cubano, «El hombre mosca», que agobió tanto a las autoridades con sus escapadas que un día lo «suicidaron» en el Príncipe.
Carlos Duque de Estrada, en junio de 1933, fue devuelto a la cárcel luego de una fuga sensacional. Por su oposición a la tiranía de Machado, cumplía sanción en el llamado Presidio Modelo de Isla de Pinos. Una tarde, con ánimo de evadirse, se ocultó en el campo de béisbol de la penitenciaría y, ya de madrugada, deslizándose por los terrenos aledaños a las galeras, logró alcanzar la carretera que conduce a Nueva Gerona. Una vez allí tuvo la suerte de colarse en un barco que salía rumbo al Surgidero de Batabanó pero, detectado, fue conducido otra vez al reclusorio. Pese al fracaso final, Duque de Estrada demostró lo inadmisible: era posible evadirse del Presidio Modelo.
Tiempo después lo imitaría Rutilio Ramos, que cumplía prisión en la isla por el asesinato de Pedro Acosta, alcalde de Marianao. Pero a Rutilio no hubo que devolverlo a la cárcel; volvió solito al no poder soportar, ya en La Habana, las angustias de la persecución policial.
En dos ocasiones se fugó el terrible Policarpo Soler. Una vez de la cárcel de Matanzas, y otra, del Castillo del Príncipe.
En la cárcel matancera lo alojaron en la jefatura y el propio jefe del penal velaba su sueño. Más que un recluso con muchas causas pendientes parecía un político influyente, impecable, satisfecho, jovial, sin una mancha en su blanco atuendo y ninguna vacilación en su postura.
Un día acudieron al penal varios hombres que se identificaron como trabajadores de la fábrica de jarcias, pidieron permiso para entrevistarse con el «amigo Policarpo» y prorrumpieron en un vocerío estentóreo cuando se les negó el acceso. A fin de aplacar el escándalo se autorizó a pasar al que iba al frente del grupo y en ese mismo momento se permitió la entrada de una mujer que pidió saludar a Policarpo. Avanza este, conducido por un oficial, hacia la reja exterior, que permanece abierta, y la mujer le entrega una pistola calibre 45. Ya armado, empuja al oficial y sale del reclusorio. En la calle, los supuestos trabajadores lo protegen con sus ametralladoras. Sucede entonces lo increíble, una escena grotesca. Florencio Sáinz, jefe de aquella cárcel, se abraza al fugitivo y le dice:
―Policarpo, por tu madre, no te vayas. Mira que me perjudicas.
Policarpo, por supuesto, se mantiene en sus 13, sordo a las súplicas. Responde al fin:
—Chico, no soy yo quien se quiere ir; son mis amigos los que me llevan.
Eso ocurrió en junio de 1951. Cinco meses después se evadiría del Castillo del Príncipe, junto con otros cinco reclusos, con la ayuda que Orlando León Lemus, El Colorado, le prestó desde el exterior. Bajó el grupo por una escala atada a una ventana los cien pies que separaban la azotea del fondo del foso, lo atravesaron y subieron el muro exterior por la escala de cuerdas que les tendió el grupo de El Colorado. Ganaron los fugitivos una garita de vigilancia, donde los de fuera ya habían neutralizado al custodio, corrieron por los patios de las casas vecinas y salieron a las inmediaciones de la 9na. Estación de Policía, donde abordaron los vehículos que los esperaban. Todo sin disparar un tiro y sin que nadie los persiguiera.
Luego de la fuga, Policarpo que, como un Houdini tropical, tenía el don de aparecer y desaparecer a su antojo, se esfuma. Depuesto el presidente Prío, reaparece en España. El golpe de Estado de 10 de marzo no pareció afectar la buena estrella de Policarpo Soler. Un amplio círculo de amistades le facilitó su salida del país a mediados de 1952. Viajeros llegados de Madrid comentaban que el pistolero se paseaba como un turista por la Puerta del Sol. En el artículo titulado Frente a todos (Bohemia, 8 de enero, 1956) diría Fidel Castro: «El régimen de Batista embarcó a Policarpo Soler para España repleto de dinero».
De España pasa a Venezuela y de allí a Santo Domingo. Pasan los años. En 1959 hace una trastada a Rafael Leónidas Trujillo, el sátrapa dominicano, y el Generalísimo se la cobra. Son contradictorias las versiones acerca de su muerte.
En el Presidio Modelo, Chino Prendes y Enrique Dobarganes, alias Guarina, dos de los protagonistas del robo del Royal Bank, coinciden con Remigio García, el llamado Rey de las fugas de dicho penal, de donde había intentado evadirse cuatro veces y otras dos del tren en que lo conducían detenido. Analizaron los tres reclusos las variantes posibles para evadir el encierro, incluido el soborno, que descartaron por la cantidad de personas a las que habría que «aceitar». Pero la fuga tal vez no sería del todo imposible, y Remigio conocía bien, por haberlas estudiado, las fallas del sistema carcelario.
En la mañana del 12 de enero de 1949 los tres reclusos se apoderaron sin esfuerzo del automóvil del médico del penal. Vestidos con el uniforme del Presidio, y desarmados, pasaron sin contratiempo cinco de las postas del cordón militar y llegaron a la Requisa 1 o puerta principal que traspusieron sin dificultad pues, como en un caso de rutina, las puertas exteriores se abrieron para el vehículo que rodó veloz hacia Nueva Gerona, la capital de la isla.
Horas después 200 soldados y 40 agentes del Buró de Investigaciones de la Policía Nacional se desplegaban en abanico por todos los ámbitos del territorio en busca de los prófugos, que ya estaban armados, lo que indica que contaron con cómplices.
Una de las patrullas se topó con Guarina y le dio el alto. Guarina disparo y emprendió la fuga. Un soldado lo persiguió e hirió dos veces. Prendes cruzó un arroyo. Guarina lo siguió y Remigio se internó en un campo de yuca mientras hacía fuego con una escopeta calibre 16.
Al final de la refriega, Remigio y Guarina, con medio cuerpo todavía en el agua, eran cadáveres. El Chino Prendes nunca apareció. Las autoridades lo dieron por muerto, pero no presentaron su cadáver.