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Palabras de Miguel Barnet

Autor:

Juventud Rebelde

De izquierda a derecha Miguel Barnet, Katiuska Blanco, Eusebio Leal y Niurka Duménigo, directora de la Editora Abril. Foto: Marcelino Vázquez/AIN Palabras de Miguel Barnet en la presentación del libro Ángel, la raíz gallega de Fidel, de Katiuska Blanco, en la última jornada capitalina de la Feria Internacional del Libro Cuba-2008, el 24 de febrero de 2008, “Año 50 de la Revolución”.

(Versiones Taquigráficas - Consejo de Estado)

Muy buenas tardes, compañeras y compañeros:

Para mí es un grandísimo honor y un privilegio, poder presentar esta obra de Katiuska Blanco.

Parecía que la novela testimonio iba languideciendo en el panorama de la cultura cubana y yo me ponía un poco triste, porque de alguna manera contribuí a su nacimiento y su desarrollo.

Cuando me leí Todo el tiempo de los cedros me di cuenta, por sobre todas la cosas, de que estaba ante una escritora, ante una novelista con una estética muy propia, una estética de una delicada intención poética, una poética de una gran sensibilidad, capaz de captar los detalles que pueda captar en la vida, en el mundo, en las texturas, una mujer sensible; y una poética, a la vez, que tenía una dramaturgia que realmente mostraba una gran eficacia. Eso por encima de otros valores. Luego, en el libro hablaba de ese niño tremendo, ese niño díscolo y a la vez profundo, que fue el niño de Birán, Fidel Castro.

Creo que ese libro y este de Ángel, su padre, la raíz gallega, son dos muestras de lo más granado, de lo mejor elaborado dentro de la novela testimonio en nuestro momento, en nuestra circunstancia.

Creo que esa voluntad de Katiuska de captar las texturas y las sutilezas ha convertido este libro que estamos presentando hoy, Ángel, la raíz gallega de Fidel, en una obra que siempre vamos a recordar, porque nos está presentando la vida, vicisitudes, aventuras y desventuras de un gallego, y, como ustedes saben, más o menos yo estoy bastante familiarizado con la vida y las desventuras de los gallegos, y realmente encontré muchas analogías, muchos puntos en común entre la vida de aquel Manuel Ruiz que yo creé, a partir de un grupo de personajes y entrevistas que hice, que es el método que he empleado, con esta vida de Ángel.

Ángel, un hombre sencillo, un hombre muy apegado a sus valores, a sus costumbres, a la tierra, evidentemente un hombre de aquel mundo de las aldeas gallegas, aferrado también a la pequeña parcela de tierra, es un hombre que, a pesar de eso, no estuvo exento del espíritu de la aventura, y creo que nunca imaginó, cuando salió —quizás no por su voluntad— de su aldea gallega para integrarse al ejército de Galicia, que iba a llegar a Cuba, un destino que no esperaba.

Cuando llegó a las costas de la isla de Cuba, una de las primeras cosas que vio —y eso lo refleja muy bien Katiuska— fue la Sierra Maestra. Jamás pensó Ángel, cuando vio esa Sierra Maestra, que hijos suyos, de esa sangre, de esa estirpe heroica, iban, desde esas montañas de la Sierra, a decidir la libertad definitiva de Cuba frente a aquella situación oprobiosa de pseudorrepública que vivíamos.

Voy a leer apenas una página que me conmovió mucho de este libro y ustedes van a percatarse de la belleza literaria, del discurso narrativo, de la riqueza en imágenes y en metáfora que aporta Katiuska a la vida de este gran hombre que fue Ángel Castro.

Dice: “La tierra olía a musgo, a lluvia de invierno. Sobre los brezos enmarañados, las florcillas de jara y las hojas muertas al pie de los robles, pinos y castaños, el niño rodó de nalgas hasta el río. En el declive del terreno siempre era sombra. El bosque denso permanecía en solitario al atardecer. Se incorporó y quitó la camisa, el pantalón de lana y los amplios calzones de lienzo blanco. Luego lanzó cerca las alpargatas de cintas y entró en las aguas. Con unas pocas brazadas alcanzó la otra ribera, pues el Neira se estrechaba en aquel recodo al despeñarse por una hondonada repentina. Dejaba al silencio y al torrente caer sobre su cuerpo; aliviaban su cansancio. Perdía la noción del tiempo mientras miraba a lo alto, entre las ramas de árbol por donde la claridad se filtraba a hurtadillas y las nubes se trenzaban unas con otras, pasaban, volaban, se desvanecían.

“Anhelaba esa paz fresquecita, muda y serena. ¡Ah! Si su madre doña Antonia le viera en este momento pondría el grito en el cielo:

“-¿Cómo te bañas en la corriente, cuando apenas se despide el invierno?, ¿no te das cuenta, Angelito, que puedes pescar un resfriado o una tuberculosis, hijo mío?”

He ahí la belleza de esa prosa maravillosa, evocadora de Katiuska.

También ese espíritu, que yo digo que es un espíritu de un gran refinamiento, propio de las escritoras, mujeres; esa curiosidad en los detalles y particularmente en cosas mínimas que aparecen, que son triviales y que representan y le dan densidad al cuerpo narrativo.

Algunas costumbres que destacan en este libro me recuerdan muchos de los testimonios que yo recogí de gallegos que eran trabajadores, que construyeron la Carretera Central, el Capitolio, que fueron vendedores de flores, baratilleros, buhoneros en La Habana, en toda la isla, y son costumbres que ella también captó con mucha gracia, como aquella de pasar la ropa por la ceniza para blanquearla, o quedarse pegado a la locomotora, para aspirar el vapor en duros inviernos y descongestionarse los bronquios.

Todas esas historias están contadas con una gran riqueza en este libro, así como la vida de Antonia, la madre de Ángel, la abuela de Fidel y de Raúl, una vida tremenda de labriega, una mujer que sirvió de ama de cría o de nodriza, y que luego se retrata elegantemente enhiesta, con el gran talante de la época, en un estudio fotográfico. El capítulo de la propia muerte de Ángela, extraordinaria también, muy revelador. Y luego, la llegada a Madrid de Ángel, a conquistar ese mundo y salir de la aldea, donde todo era un encierro, donde todo era opresivo.

Lo reclutan en 1894 como quinto en Láncara, la aldea donde nació, y es en la Casa Consistorial de Carracedo, donde lo destacan como soldado en Galicia. Pero viene a Cuba autorizado por Manuel, su padre, y con la esperanza de casarse con la novia, que ya tenía en la aldea de Láncara o de A Poboa, y así es que llega, en el vapor Santiago, desde La Coruña.

Es increíble cuando llega a la isla la impresión que recibe Ángel de ver la tierra cubana y cómo, aunque viene como soldado, inmediatamente uno se percata, por la prosa de Katiuska y por las cosas que se infieren de ella, que Ángel se enamora inmediatamente de esta tierra, y así regresa a Cuba, y llega el 4 de diciembre de 1899 por segunda vez.

Ese es el Día de Santa Bárbara, por cierto, el 4 de diciembre, y es el día también en que Ángel nació. Dice Katiuska que Ángel era devoto de Santa Bárbara; no lo dudo, era un hombre fuerte, un hombre de coraje, un hombre que tenía esa compostura que demostró siempre hasta el final de su vida, aun cuando atravesó por las peores vicisitudes aquí durante la época en que vino cuando la Guerra de Independencia: enfermedades de todo tipo, dermatitis, enfermedades en los huesos, en los pulmones. Como tantos y tantos gallegos que vinieron, humildes, de su aldea, sufrió muchísimo con el contraste de la vida cubana, del clima cubano y también de la lengua.

No hay que olvidar que estos hombres y estas mujeres que llegaban de Galicia, venían hablando su lengua gallega y cuando están en Cuba tienen que, inmediatamente, identificarse con el español que se habla aquí y eso también constituye, por supuesto, un esfuerzo mayor.

Luego, lo otro ya lo sabemos: su primer matrimonio con María Luisa Argota y luego su gran amor, el gran amor de su vida, con Lina. Lina —como describe Katiuska—, con su esbeltez, sus ojos achinados y su olor a cedro; y Ángel, también descrito espléndidamente por Katiuska como un hombre de autoridad, conservador; pero de una gran nobleza y humanismo.

Y Lina, me gustan estos adjetivos que emplea Katiuska para definir a Lina, esa mujer estoica también, que apoyó siempre a sus hijos; en los momentos más tremendos. Antes del asalto al Moncada ya apoyaba incondicionalmente a sus hijos. Y ella la describe como una mujer vendaval y como un genio.

El 13 de agosto nace Fidel, Fidel Alejandro, bendecido por Lina y también por los haitianos, y con los pulmones llenos de ese aire libertario que salvó a Cuba del oprobio, de la esclavitud económica; ese hombre único que es Fidel, que ha creado un diseño moderno, un diseño contemporáneo, noble y justo de la nación cubana.

Quiere decir que Ángel, ese gallego sencillo, labriego, que llegó a Cuba a trabajar, que tuvo logros, porque pudo llegar a tener 65 caballerías, fue siempre un hombre generoso, un hombre bueno con sus empleados, un hombre comprensivo con sus hijos, un hombre que nunca dio la espalda a ninguno de ellos. Creo que este libro lo que hace es, precisamente, levantar un monumento a la figura de un hombre como Ángel, que también es fundador de la nación cubana.

Katiuska nos introduce en un mundo fascinante, donde el esfuerzo, el trabajo y las vicisitudes se crecen cuando los hombres poseen ese espíritu de nobleza.

Así que gracias a la sangre gallega de Ángel y al hecho de que haya venido a Cuba y haya dejado aquí su prole ejemplar, tenemos hoy esta Cuba que estamos disfrutando y que es libre para siempre. (Aplausos)

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