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Orgía de sangre joven

El asalto al cuartel Domingo Goicuría el 29 de abril de 1956 si bien no tuvo éxito, fue una expresión de la intransigencia de la juventud, una muestra más de la brutalidad de la tiranía, y una prueba irrefutable de que la lucha armada era el único camino para lograr la independencia de Cuba

Autor:

Patricia Cáceres

El patinazo de una de las gomas del camión turbó la tranquilidad de la noche cerca de la posta número seis del cuartel Domingo Goicuría, de Matanzas, el 29 de abril de 1956. El vehículo dio un giro brusco hacia la izquierda y chocó contra un obstáculo. Con el impacto, una ametralladora calibre 30, que llevaban oculta bajo una lona y sacos de arena, quedó a la vista de todos.

El custodio de la posta observó la inusual maniobra, y divisó sin dificultad a uno de los asaltantes que se ocultaban en el interior del camión bajo la lona. Sin pensarlo dos veces, hizo un disparo al aire para alertar a la tropa de la importante fortaleza.

Segundos después otro carro similar, marcado con el número 34, se introdujo a toda velocidad en el patio del campamento militar con el propósito de sorprender al cuerpo de guardia que, puesto sobre aviso por el disparo de la posta, lo recibió a «tiro limpio». Fallaba así el arma principal de los asaltantes: la sorpresa.

ABC de un asalto

El asalto al cuartel Domingo Goicuría no fue un hecho improvisado o al azar. Lo organizó y dirigió el cubano Reynold García, un joven matancero que se oponía intensamente al régimen de Fulgencio Batista desde el mismo momento en que este se apoderó de la jefatura del país, el 10 de marzo de 1952, e instauró una férrea dictadura.

Preparar el ataque no fue sencillo. Los jóvenes asaltantes debieron afrontar serias dificultades para conseguir el armamento. En ese empeño fueron de gran ayuda campesinos y elementos simpatizantes de la causa, que entregaron al grupo rebelde algunas armas viejas que mantenían ocultas, aunque la mayoría resultaron inservibles.

Meses después, y luego de grandes esfuerzos, finalmente conformaron un pequeño arsenal, que fue insuficiente para todos los hombres que querían participar en la arriesgada operación. Se reunieron 29 armas y buen número de granadas. Cada combatiente llevó, por lo menos, un fusil, una ametralladora o una granada.

El cuartel general de la acción armada se estableció en la finca Tres Ceibas. A unos tres kilómetros del lugar se encontraba una mina de pirita llamada Margot, otro de los objetivos dentro del plan.

En la madrugada del 28 al 29 de abril, el grupo de asaltantes ocupó la mina y reunió abundante dinamita y camiones. Luego ocultaron el armamento en los vehículos con sacos de arena, a modo de parapetos. Los jóvenes conocían de antemano que los carros se abastecían de combustible en el cuartel Goicuría, por lo que su tránsito resultaría normal a la vista de la tropa batistiana.

Esa misma noche se ultimaron los detalles finales del ataque. Revisaron y distribuyeron las armas, enseñaron a los que no sabían manejarlas y asignaron a los combatientes en los camiones ocupados. Reynold García habló con los asaltantes. Les explicó la naturaleza y el significado de la acción y los riesgos. Nadie retrocedió. Cincuenta y seis hombres irían al combate. Casi al mediodía del 29 comenzó la marcha desde Margot hacia el cuartel.

Todo iba según lo planeado. Pero al llegar al cuartel, el imprevisto patinazo, el choque contra el obstáculo, la alarma general, el intenso tiroteo… terminó en un baño de sangre que dejó sin vida a 15 jóvenes, incluyendo al líder Reynold García.

Culminaba así una de las más contundentes acciones realizadas por los revolucionarios contra el régimen batistiano, mientras Fidel preparaba las condiciones para regresar a liberar a la Patria.

Si bien no tuvo el éxito esperado, fue una expresión de la intransigencia de la juventud, una muestra más de la brutalidad de la tiranía, y una prueba irrefutable de que la lucha armada era el único camino para lograr la independencia de Cuba.

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