Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Cuando el amor se merece el mañana

Un papá camagüeyano asume su nueva realidad desde la certeza de que en el futuro hay sueños que cumplir

Autor:

Yahily Hernández Porto

CAMAGÜEY.— Me susurra uno de los niños, el más pequeño, mientras sus dos hermanitos me contemplan desde una inocencia infinita: «Periodista, ¿usted pondrá allí que mi mamá…?». No termina la frase, al tiempo que baja la mirada.  

Me conmueven sus palabras. Finalmente, nuestras miradas se cruzan. Respiro hondo para contemplarlo con el corazón estrujado y le respondo sacando fuerzas de donde aún no sé: «Tú mamá no se ha ido, porque ella está en tu alma, en tu mente, en tus días. «¿Tú sueñas con ella?», le murmuro, desde un duelo que se expande por la muy humilde morada. «Claro», responde, mientras el silencio se adueña del ambiente.

Así comenzó el diálogo de JR con una familia agramontina que no solo sabe lo que es el dolor y los sueños inconclusos, sino también en la que sus tres pequeños, Ramón David, Robert Alain y Manuel (de 14, 12 y ocho años respectivamente), y Walfredo Gelabert Escalante, de 61 años y padre de la tropa, sorprenden por tantos sentimientos encontrados.

Amor, cariño, abrazos, mimos, sonrisas, llantos, besos, diálogos inesperados se apoderan de la cotidianidad de este hombre, a quien sus amigos, compañeros y vecinos prefieren llamarlo «el Pequeño», tal vez por su corta estatura, no así por su determinación para asumir un rol muy complejo, justo cuando menos lo imaginaba.

«Soy además de padre, la madre, el hermano, el tío, el abuelo, el amigo de mis “príncipes”, porque mi familia, como la de su mamá, es muy pequeña. Por eso solo le pido a la vida mucha salud y fuerza para estar a su lado, guiarlos y darles mucho amor, que es lo que más necesitan mis niños», asegura. 

«Tengo seis hijos —relata—. Dos están fuera del país. Luego, una hembra que crié desde bebé y Ramón, Robert y Manuel, que llegaron cuando el amor me volvió a “cazar”», dice mientras se dibuja una sonrisa en su rostro, buscando la complicidad de sus retoños.

La relación de pareja entre el Pequeño y la madre de sus infantes duró casi una década. Luego se divorciaron, pero la relación con su ex esposa y sus hijos se mantuvo intacta.

«Mis chamas son sagrados y están por encima hasta de mi propia vida. Por eso cuando nos divorciamos nunca tuve problemas porque Ramón y Robert decidieran vivir conmigo y Manuel con su mamá», dijo este camagüeyano, quien labora como técnico de mantenimiento del Laboratorio Provincial Mártires de Pino Tres, del Centro Provincial de Higiene, Epidemiología y Microbiología, en esta ciudad.

Todo marchaba bien, hasta que el destino les jugó una muy lamentable pasada: «El 26 de diciembre del pasado año recibí la noticia de su partida, y desde ese instante he tenido que llenarme de valor para criar a mis hijos alejados de la tristeza», dice mientras prepara una merienda a su querida «pandilla». Rin-tin-tín y la brigada canina; así se nombran en forma de jarana, sobre todo cuando secundan la algarabía que ocasiona su mascota, el perro Rin-tin-tín, en su precaria casa, ubicada en la ciudadela de calle San Ramón.

—Duro golpe de la vida. ¿Cómo superaron esta lamentable noticia?

—Me estremeció, pero no tuve ni tiempo para pensar. Aún no me repongo del golpe. Mis niños son especiales y darles la noticia fue difícil, pero con la ayuda de mis compañeros de trabajo, la solidaridad de muchos y la profesionalidad de sicólogos, seguimos superándolo; siempre desde el respeto, el amor y la unidad familiar.

«Hay que hablar mucho con los muchachos, pero también escucharlos y aconsejarlos permanentemente. Esa es la forma que me ha permitido llegar hasta lo más hondo de sus sentimientos. Aunque su crianza no deja de ser una escuela».

—¿Un desafió también?

—Sí, no lo dudes y al que no se le puede tener miedo. Incluso de vez en cuando un buen regaño y un castigo son la medicina exacta. Ni la fuerza ni la imposición son los caminos para lograr disciplina. No hay mayor belleza que el amor, ni mayor disciplina que la que nace del respeto.

—¿A qué has renunciado?

—Yo vivía desde hacía más de dos años con Ramón David y Robert Alain y eso me preparó para asumir esta experiencia. Además, lo mismo soy plomero, electricista, albañil… que cocino, lavo, plancho y limpio. Desde hace mucho sé hacer de todo en casa y eso me ha permitido sostener este «tren de pelea». Pero sí, he renunciado a dormir una mañana, a acostarme temprano, a fiestas, a compartir alegrías con las amistades los fines de semana y hasta a tener novia.

«Y es que el tiempo no me alcanza, porque también salgo a hacer trabajitos extra para llegar a fin de mes… Lo que más me importa es la educación de los niños, su bienestar, y todo eso me quita el sueño. He renunciado a dormir tranquilo, pues siempre queda algo por hacer».

—¿Un día en casa…?  

—Hay cosas que son sagradas y eso se lo he hecho saber a los tres. La escuela, las tareas y el respeto a los maestros y mayores son inviolables. No hay arreglo con eso. Luego es importante comer en familia y limpios. O sea, son horarios que hay que cumplir, y el tiempo para jugar y salir también se respeta, pero hay que ganárselo.

«Poco a poco los he ido enseñando a lavar, limpiar, y el mayor sabe cocinar. Los tres me ayudan en casa. Aunque falta mucho por andar, tratamos de que la vida sea más llevadera. Todos aprendemos a querernos más, a respetarnos más. Aprendo de ellos incluso a andar con el móvil, porque tengo que saber; ese mundo es convulso y hay que conocerlo».

—¿Cómo vislumbras el futuro?

—Mejor que el presente. Los niños ya sueñan y eso es más que suficiente para mí, porque vivir una experiencia como la nuestra a tan corta edad no es nada fácil y puede incluso oscurecer el futuro. Que los niños estudien, por encima de todo, es mi objetivo. Mi futuro es el de ellos. Y créeme que cada uno ya sueña con su futuro.

—¿Cuáles son esos sueños?

—Ramón, por ejemplo, ama la cocina y ha ganado premios en concursos culinarios. Él quiere ser un cocinero famoso. A Robert le gusta el deporte: practica esgrima y sueña con ser un campeón. Manuel, el más pequeño y al que más le ha impactado todo lo sucedido, desea ser militar, un Camilito. Yo estaré allí para apoyarlos, porque los sueños de mis niños son los míos.

—¿Tu familia ha recibido ayuda?

—Sí, ahora estoy esperando la revisión de mi caso y una chequera. Como puedes ver no tengo riqueza material, pero al mismo tiempo, si no fuera por la ayuda de tanta gente… Por eso mi agradecimiento es para todos los que se han preocupado.

—¿Qué esperas del nuevo Código de las Familias?

—Hay que vivir una experiencia como esta para darse cuenta de que la sociedad es machista. Hay quien me dice: «¿Cómo te las arreglas con las labores de la casa?», y yo le contesto: «Con mis dos manos». Otros dicen que por ser hombre no cuento en lo de las viviendas para madres con tres hijos, aunque tenga también tres hijos y vivamos en una casa muy pequeña, en peligro de derrumbe y con un baño para cuatro familias de esta cuartería…

«El nuevo código defiende y reafirma la equidad entre el hombre y la mujer, y también contempla y protege a familias como la mía. Cuba lo necesita y la vida lo está demostrando».

 

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