Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

La luz inapagable de un hombre universal

Al cabo de 56 años de su muerte, su huella permanece indeleble, y su espíritu es guía para quienes desean construir un mejor porvenir

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Supe de aquel negocio hace tiempo. Buscaban contra viento y marea toda moneda cubana de tres pesos y los billetes rojos de igual valor. Se los llevaban envueltos, cual paquetes de alta valía, y no los regalaban. Al principio los vendían así, pero luego los incrustaban en resinas y los expendían como llaveros. Tanta gente quería llevarse al Che con ellos.

Lo que explica el éxito de ese negocio es, justamente, el respeto y la veneración a un ser inigualable. Aquellos lucraban con eso y le sacaban considerables ganancias. Los otros iban felices por la vida, llevando consigo la imagen de alguien a quien idolatran y los inspira. Compraban también pulóveres, postales, jarras, agendas y todo objeto o artículo que tuviera la imagen venerada, la famosa foto de Korda, la mirada profunda del héroe.

 ¿Por qué tantas personas quieren eso? ¿Por qué necesitan tenerlo de esa forma? Al cabo de 56 años de su muerte, su huella permanece indeleble, y su espíritu es guía para quienes desean construir un mejor porvenir.

No desanda caminos agrestes por todo un continente conociendo a gente humilde alguien que no tiene un corazón ancho y unos ideales de equidad impostergables. No se piensa un Hombre Nuevo quien no tiene interés en un mundo —y no solo un país— mejor. No estudia modelos económicos certeros ni lucha cual guerrero infatigable alguien a quien no le interesa predicar con el ejemplo. No decide sembrar un sistema más justo en diferentes latitudes un hombre al que no le interese la humanidad.

Decidir ser médico era ya, tal vez, la primera señal de que su esencia era servir a los demás, velar por su bienestar, cuidar su integridad. Sin embargo, no fue conformista y decidió hacer más. Pocos hablan y ejecutan a la misma velocidad, y fue el Che uno de ellos.

San Ernesto le nombraron en Bolivia, país que lamenta su asesinato vil, y en el Congo también tuvieron muestras irrefutables de su tenacidad por fomentar el antimperialismo y construir una sociedad para el bien de todos.

No era hombre solo de pensamiento, repito. Tomaba las armas y combatía, y lideraba el actuar desinteresado, el que anhelaba instaurar. La ética para él era impensable si se le asociaba a premios materiales, a incentivos de lujo. La solidaridad, el internacionalismo, el bien común eran sus preceptos, y así lo demostró infinitas veces.

Nació un ser de luz un día como hoy hace 95 años. Lo que explica que se haya convertido en leyenda, en mito, en figura histórica respetable, en ícono político y cultural, es precisamente su obra. Y cuando la obra y el ejemplo de un ser humano lo trascienden, algunos creen que matarlo es la mejor manera de desaparecerlo. Ilusos. Lo hicieron más grande, más fuerte, más admirable, más querido.

Se juntan las manos cada día por él, se apela a su entereza y actitudes nobles, se le recuerda en cada gesto por hacer crecer una nación justa en medio de un mundo tan desigual y solo eso es posible cuando se ha dado todo, hasta la vida, por un ideal.

Aún hoy no se ha extinguido la luz de un hombre universal. Querer apagarla es cosa de tontos, locos o ciegos. No se puede apagar el sol.

 

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