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Del desencaje a la vida

Querer «encajar» en el entorno que les rodea motiva a no pocos adolescentes y jóvenes a probar lo que, de un minuto a otro, se convierte en su perdición. No es imposible superarla, pero sí difícil

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Encajar. Y no se trata de meter algo o ajustarlo a alguna cosa, o quizá sí, metafóricamente hablando. Cuando Jorge y Lázaro quisieron «encajar», se referían a eso: a estar dentro del grupo, a acercarse al esquema de éxito que legitiman como tal, a ser parte de aquellos, a estar… Sin embargo, consiguieron lo contrario.

Si «encajar» querían estos muchachos, pues entonces se decidieron a probar eso. Sí, eso, de lo que no hablan a viva voz, pero que otros como ellos entienden bien de qué se trata. Y si antes, salir con sus amigos bastaba para sentirse bien, ya no les era suficiente. Ni bailar, conversar, reír o tomarse una cerveza. Si no había droga en el ambiente, ¿para qué ir?, se preguntaban.

«La droga me arrebató todos mis sueños», aseguró Jorge, y le creemos. Al hablar, es honesto. Cuenta que estuvo en hospitales, cárceles y «en ese túnel del que se habla en las películas, que conduce a la muerte». Los expertos avalaron un brote psicótico que lo llevó a ingresar en el Hospital Psiquiátrico de La Habana. No podía vivir sin la maldita sustancia.

Lázaro, más tímido que seguro, obviamente quería ser incluido en los grupos de sus colegas, de sus compañeros de aula, de los más populares. Le dieron a probar… y probó. Ya después, fue un hábito durante una década.

«Pude terminar la escuela a duras penas. Mi vida consistía en buscar dinero para consumir», y quizá, hablar con sus padres sea muy duro; pero ellos ahora saben por qué desaparecían objetos de la casa, porque el dinero que le daban nunca le alcanzaba, por qué vendía su ropa…

Lo mejor fue que pidió ayuda cuando se percató de que estaba al límite, y ese es el primer gran paso. Después, es tener plena conciencia del daño que se hace a sí mismo y, sobre todo, a los demás que le quieren. «Mi mamá llegó a la casa y me encontró drogado. Fue ella quien me llevó al Hospital Psiquiátrico de La Habana».

La certidumbre de levantarse

Ninguna rehabilitación es fácil, y menos cuando se trata de «desprender» una adicción del cuerpo y la mente. Ambos, Lázaro y Jorge —quienes contaron sus historias recientemente en el espacio radio televisivo Mesa Redonda—, fueron recibidos por otros como ellos que, en esa institución hospitalaria, se enfrentan cada día a ellos mismos.

«Cuando entré, me amarraron a una cama y me medicaron. Pasé diez días de abstinencia. Tenía muchas secuelas», cuenta Jorge, y en sus ojos se distingue la vergüenza de quien reconoce que estuvo a punto de perder lo más preciado. Cuando ya estuvo en el servicio de adicciones, mantuvo su decisión de no consumir más.

Se inspiró en otros jóvenes que estaban junto a él, ingresados, y que estaban progresivamente dándole sentido a su vida. Puso de su parte y entonces su recuperación fue más rápida, e incluso contribuyó a la de los demás.

Lázaro, como Jorge, vivió una experiencia similar. Acompañó a los otros, sintió la fuerza de un abrazo, tendió su mano, y comprendieron que juntos pueden marcar la diferencia.

Nuestra prioridad

Si un país le otorga esfuerzos e importancia a la rehabilitación de adolescentes y jóvenes como Lázaro y Jorge, que cruzaron la frontera de la droga, y a la erradicación definitiva del flagelo en nuestra sociedad, ese es Cuba.

De ahí que uno de los propósitos en los últimos años ha sido la ampliación los programas de deshabituación, especialmente para la población infanto-juvenil y adolescentes, destinando recursos y esfuerzos a estas iniciativas, como parte de las prioridades del plan de acciones del Ministerio de Salud Pública en la prevención y tratamiento de adicciones.

Cuba cuenta ya con una red integral de servicios para la atención de adicciones sin la cual no sería posible mostrar resultados tangibles en materia de recuperación. Esa red incluye 175 departamentos de Salud Mental, 17 hospitales siquiátricos, y servicios de siquiatría en hospitales pediátricos y clínico-quirúrgicos; además de dos centros de deshabituación para adolescentes en La Habana y Santiago de Cuba.

La promoción y educación para la salud, de igual forma, son prioridades, con la producción de materiales audiovisuales y gráficos, así como actividades de prevención en diversas comunidades.

Lo cierto es que el país busca fortalecer el enfoque preventivo y asegurar que cada municipio cuente con un Departamento de Salud Mental con diversas modalidades de atención, que se inserte en el Plan que a nivel nacional desarrollamos. Solo así, cada vez serán más los jóvenes que, como Lázaro y Jorge, salgan de este «juego» peligroso para la vida

Volver a la sociedad, de la que se enajenaron completamente, tampoco ha sido sencillo. Algunos les acuñan el estigma, pero, afortunadamente, la mayoría les ayuda a salir adelante.

Jorge comenzó a estudiar gastronomía internacional en el proyecto La Moneda Cubana, manteniendo el vínculo con el hospital, y Lázaro también se incorporó. No se mantienen distantes. Están presentes para quienes los necesiten. Ya no quieren ser más parte del problema, sino de la solución.

Lo mejor que pudo pasarles en la vida es haber tenido la fuerza de voluntad que se requiere para reconocer que están equivocados y solicitar ayuda. La adicción es una enfermedad que no desaparece del todo, pero depende de cada cual dejar que te domine o vivir a plenitud.

Lo que les motivó a «encajar», hoy les permitió «desencajar», y en todo caso, aferrarse a la vida.

¿Cuántos como Lázaro y Jorge no pueden estar, ahora mismo, caminando por nuestros barrios, entrando a nuestras casas o sentados en nuestra mesa familiar? ¿Acaso alguien puede asegurar que en su hogar jamás sucedería algo similar? A veces, de las mejores crianzas y de los más seguros entornos, surge el dolor, porque se conjugan varios factores y el sentirse infalible ante una «probadita» es la puerta hacia un oscuro sendero.

Encontremos a los que, como ellos, necesitan de nuestra ayuda. Ciertamente, deben permitirlo, pero estemos ahí, para ofrecerles confianza, apoyo, atención... Mostrémosles que su vulnerabilidad puede transformarse en resiliencia, que su debilidad en un momento dado puede ser ahora la fórmula para no caer…

Démosles la seguridad, la paz, la aceptación que necesitan para retomar sus estudios, sus trabajos, sus relaciones humanas, su vida. No juzguemos. Y si es posible, contemos sus historias para que otros no crean que multiplicamos sermones.

Lázaro y Jorge son capaces de hacerlo, aunque sus ojos no dejan de ocultar lágrimas. Su verdadera valentía está en saberse vulnerables, pero no darse por vencidos. De eso se trata.

 

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