El vapor La Coubre era un barco de origen francés que fue objeto de un acto terrorista en el puerto de La Habana el 4 de marzo de 1960. Autor: Archivo de JR Publicado: 04/03/2026 | 10:08 am
El 4 de marzo de 1960, cuando el polvo y el humo comenzaban a disiparse sobre el puerto de La Habana, quedaba claro para la naciente Revolución que el camino escogido no sería fácil y que el poderoso vecino del norte no escatimaría recursos ni métodos para intentar doblegar la voluntad de un pueblo que había decidido tomar las riendas de su propio destino.
Lo que parecía una jornada portuaria habitual se transformaría, en instantes, en uno de los más cruentos episodios sufridos por la nación. El vapor de bandera francesa había arribado a la rada habanera desde el puerto belga de Amberes. Un cargamento de cien toneladas de granadas y municiones, adquirido legítimamente por el Gobierno revolucionario, era necesario para fortalecer la capacidad defensiva del país. Las amenazas provenientes de Estados Unidos eran ya una constante y Cuba necesitaba pertrecharse.
Una primera explosión irrumpió la rutina de la descarga. Pero lo peor estaba por llegar. Minutos después, cuando trabajadores y equipos de rescate se afanaban en ayudar a las víctimas, una segunda y mucho más poderosa detonación multiplicó la tragedia de forma atroz.

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Desde las primeras horas, se sostuvo una tesis que pronto se confirmaría: la explosión no había sido un accidente. Era un acto terrorista, minuciosamente planeado, con la firma de la CIA. La segunda explosión, la más mortífera, fue detonada en el momento preciso para causar el máximo número de víctimas entre quienes acudían a salvar vidas y que, muy probablemente, buscaba también descabezar a la Revolución asesinando a sus principales líderes. Una estrategia de terror que pretendía quebrar el espíritu de un pueblo que osaba desafiar la hegemonía estadounidense en su propio patio trasero.
Este hecho terrorista, que continúa impune 66 años después, no fue un episodio aislado en la historia de las agresiones contra Cuba. Fue, más bien, un pistoletazo de salida de una política sistemática de hostigamiento que incluiría después la invasión de Playa Girón, los complots para asesinar a Fidel, las campañas de terrorismo biológico, la voladura de un avión civil en pleno vuelo y un rosario interminable de sabotajes, infiltraciones y acciones encubiertas que se extiende hasta nuestros días.
Más de un centenar de personas perdieron la vida —entre ellas seis marineros franceses y ocho trabajadores portuarios españoles— y más de 400 resultaron heridas. La impunidad de la que ha gozado este crimen durante más de seis décadas es, para Cuba, la prueba más fehaciente de una doble moral internacional por parte de su enemigo histórico.
Los mismos que se erigen hoy en jueces y acusadores, los que dictan una espuria lista de países patrocinadores del terrorismo, han sido incapaces de asumir su responsabilidad y ofrecer disculpas a los familiares de las víctimas.
Pero si el propósito del sabotaje era sembrar el miedo y doblegar la voluntad de un pueblo, el resultado fue exactamente el opuesto. Al día siguiente de la tragedia, el 5 de marzo de 1960, una multitud se congregó en las calles de La Habana para rendir homenaje a los caídos y desafiar al agresor. En ese escenario de dolor y furia contenida, Fidel por primera vez lanzó una consigna que se volvería eterna, palabras que sellaron el espíritu de una etapa y marcaron un punto de no retorno.

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«Sabremos resistir cualquier agresión, sabremos vencer cualquier agresión, y que nuevamente no tendríamos otra disyuntiva que aquella con que iniciamos la lucha revolucionaria: la de la libertad o la muerte. Solo que ahora libertad quiere decir algo más todavía: libertad quiere decir Patria. Y la disyuntiva nuestra sería ¡Patria o Muerte!».
El atentado marcó la férrea determinación de un pueblo que, frente a la adversidad, encontró su grito de guerra. Fue La Coubre la ratificación de que ni el sabotaje más artero podría doblegar la voluntad de un pueblo y una Revolución que aquella tarde se levantó de los escombros y reafirmó su determinación de vencer o morir.
