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El Mella que siempre germina

Hay ejemplos imperecederos que nos acompañan, hombres que marcan una época de lucha y acción. Así lo demostró a lo largo de su vida el eterno líder estudiantil

Autor:

Raciel Guanche Ledesma

Pocos hombres han marcado con tanta prontitud y perennidad histórica a los jóvenes en nuestro país como Julio Antonio Mella, nacido el 25 de marzo de 1903.

De incalculable coraje, puesto a prueba, incluso en los perversos contextos dictatoriales de la neocolonia; nadie en tan breve tiempo hizo más que él por la reconstrucción de un carácter revolucionario venido, a menos, luego del despotismo yanqui a inicios del pasado siglo.

En este patriota joven deslumbraba con profundidad el compromiso diáfano, que compartía entre lo inmenso de su bondad y su manera de amar cada espacio y causa.

Fue un ser inmenso, lleno de luz, pródigo en inteligencia y vitalidad a pesar de su corta existencia. Vivió cuando en nuestra Isla había tranvías y coches de caballos, cuando las ideas se amplificaban impresas sobre el papel o a viva voz.

Con apenas 20 años, ya Mella lideraba las luchas por la reforma universitaria y fundó, entonces, la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) como base de las justas causas del estudiantado cubano. Poco tiempo después abraza también las ideas marxistas-leninistas y se coloca como figura cofundadora, en 1925, del primer Partido Comunista de Cuba.

Julio, hijo de un país cuya verdadera emancipación estaba pendiente, hubiera estado feliz hoy con tanto bien conquistado. Y sería igual de antimperialista, como lo aprendió de José Martí.

Del Mella periodista, del que plasmó para siempre la revista Alma Mater en el sentir universitario, quedan aquellos folletos y artículos que hablaban de un pueblo que nunca había sido libre, del imperialismo como enemigo de nuestra independencia y, por supuesto, de Cuba y su hora de lucha revolucionaria.

El peso de hacer la Revolución por la libertad absoluta, la verdadera, ha costado a este país mucha sangre y valor. Nunca ha sido fácil desde Céspedes, Maceo, Martí, hasta nuestros días. Y a Mella había que silenciarlo con su sangre, porque las oligarquías cuando sienten cerca la irreverencia, deliran y acuden a los balazos como síndrome cobarde e impotente de la inmoralidad.

A Mella hay que volver siempre; estudiarlo con entereza. Hay que seguirlo en esa línea de horizontes que aún nos ofrece para defender las grandes causas con pasión y verdad.

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