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Preludio de sangre, fuego y victoria

Los bombardeos a aeropuertos cubanos fueron el preludio de la agresión mercenaria que no tardaría más de 72 horas en ser derrotada en las arenas de Playa Girón

Autor:

Héctor Alejandro Castañeda Navarro

El amanecer del 15 de abril de 1961 marcó el inicio formal de la agresión militar orquestada por la administración estadounidense contra Cuba, bajo el plan de la CIA conocido como Operación Pluto. La estrategia era un golpe aéreo preventivo, cuyo fin era garantizar condiciones previas para el dominio de los cielos cubanos en la futura invasión por Playa Girón.

Con este paso se materializaba la directiva del presidente Kennedy para la invasión mercenaria. Reportes desclasificados demuestran que estas fuerzas fueron organizadas y adiestradas bajo la tutela de las fuerzas armadas estadounidenses.

En ese sentido, el Canciller de la Dignidad venía alertando a la comunidad internacional desde el 7 de octubre de 1960 ante las Naciones Unidas sobre la inminente agresión militar que se fraguaba contra la Isla. En su denuncia, Raúl Roa precisó que, desde finales de agosto y principios de septiembre de ese año, se habían detectado movimientos de tropas y barcazas en la costa atlántica de Guatemala.

Roa detalló que en la zona se concentraban numerosos exiliados y mercenarios, quienes recibían entrenamiento táctico especializado bajo la supervisión directa de oficiales del ejército de Estados Unidos con el fin de ejecutar una operación.

El día 15 de abril en la mañana, ocho bombarderos Douglas B-26B Invader despegaron desde la base aérea de Puerto Cabezas, Nicaragua. Los aviones fueron pintados con las siglas de la fuerza aérea cubana para generar confusión y simular una sublevación interna.

Los ataques se ejecutaron de manera simultánea en tres puntos estratégicos: la Base Aérea de San Antonio de los Baños, principal centro de operaciones de la aviación de combate cubana; el aeródromo de Ciudad Libertad, antiguo campamento militar en La Habana, donde se concentraba una parte importante del mando, y el Aeropuerto Antonio Maceo de Santiago de Cuba, punto clave para el control del oriente del país.    

El objetivo de la CIA era la destrucción total de los escasos aviones de combate de la Isla. Aunque causó pérdidas materiales y humanas —siete muertos y 53 heridos entre combatientes y civiles—, la aviación cubana no fue aniquilada. La jefatura cubana, previendo una agresión inminente, había ordenado la dispersión de las aeronaves y la colocación de señuelos en las pistas principales. Si bien es cierto se perdieron varias aeronaves  de transporte y  en reparación, los cazas reactores T-33, los Sea Fury y los bombarderos B-26 operativos fueron preservados casi en su totalidad.

Uno de los B-26 enemigos fue derribado por las fuerzas revolucionarias; otro, tras ser alcanzado por la artillería se vio obligado a aterrizar en Cayo Hueso; y un tercero, también impactado, tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en la isla de Gran Caimán. Solo cinco de estas aeronaves lograron finalmente regresar a Nicaragua.

Los bombardeos formaban parte de una estrategia mayor que pretendía derrocar al Gobierno revolucionario mediante una combinación de ataques aéreos, desembarco armado y la creación de una cabeza de playa para justificar una intervención directa.

Una operación de guerra sicológica también se gestó. Un noveno avión B-26 aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Miami poco después de los ataques. El piloto siguiendo el guion de la CIA, se presentó ante la prensa internacional como un oficial desertor de la fuerza aérea cubana que había bombardeado las bases antes de escapar.

Esta mentira fue llevada ese mismo día a la Asamblea General de la ONU por el embajador estadounidense Adlai Stevenson. Sin embargo, el montaje colapsó rápidamente. La evidencia del engaño dejó a la diplomacia de EE. UU. en una posición comprometedora antes de que el primer mercenario pisara suelo cubano.

Al no lograr neutralizar la aviación revolucionaria, los mercenarios de la Brigada 2506 perdieron la cobertura aérea necesaria durante el desembarco del 17 de abril. Los aviones que sobrevivieron al ataque del día 15 fueron los mismos que, apenas 48 horas después, desempeñaron un papel crucial repeliendo la invasión.

​Recordar los bombardeos del 15 de abril es, ante todo, honrar a los mártires cuyas vidas fueron truncadas por la metralla mercenaria. Entre ellos Eduardo García Delgado, quien convirtió su último aliento en un testamento de lealtad cuando escribió con sangre el nombre de Fidel.

Lejos de debilitar a la Revolución, la incursión aérea fortaleció la determinación de un pueblo dispuesto a defender su soberanía a cualquier costo. El resto ya es historia, en menos de 72 horas se le había asestado al enemigo su primera gran derrota en América Latina.

Más allá de los daños, el ataque tuvo un profundo impacto político. Al día siguiente, en el sepelio de las víctimas, el Comandante en Jefe Fidel Castro proclamó el carácter socialista de la Revolución, en una multitudinaria concentración en la intersección de 23 y 12 en el Vedado capitalino. Aquella declaración definió el rumbo del proceso revolucionario y consolidó la unidad del pueblo frente a la agresión.

Palabras que hoy retumban por su extraordinaria vigencia pronunció el Comandante en Jefe ante el bravío pueblo que había transformado el dolor del sepelio en disposición combativa:

«Esta es la Revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes».

«Lo que no pueden perdonarnos los imperialistas es que estemos aquí, lo que no pueden perdonarnos los imperialistas es la dignidad, la entereza, el valor, la firmeza ideológica, el espíritu de sacrificio y el espíritu revolucionario del pueblo de Cuba».

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