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Sexting: ¿la privacidad al desnudo?

La adolescencia es una etapa de exploración de la sexualidad y de abrirse paso en el mundo virtual. Combinar ambos intereses
puede ser peligroso si no se cuenta con madurez para distinguir quién está del otro lado de la pantalla y qué riesgos atrae cada intercambio

Autor:

Lía Hernández Pagés

 

En horas avanzadas de la noche, cuando los padres duermen y la casa se sumerge en penumbras, varias parejas disfrutan de seducirse mutuamente en un juego virtual que, quizá, nunca rebase los límites de una pantalla. Saben hasta cierto punto los riesgos que entraña hacerlo, pero en el momento en que las miradas se conectan y el corazón late al compás de los suspiros, el miedo se quiebra para alimentar la fantasía.

Con suerte, la siguiente noche, los labios volverán a unirse en un beso imaginario. Sin embargo, en las manos incorrectas, cualquier mensaje erótico puede traer consecuencias nefastas. Cada año, cientos de adolescentes y jóvenes sufren la difusión de sus imágenes eróticas, y sus vidas cambian con un solo clic. 

¿Cómo proteger a los muchachos en las redes?, preguntan las familias ante la expansión de la práctica que, coloquialmente, se conoce como sexting. Algunas quisieran evitar el tema; otras consideran necesario dialogar sobre sus riesgos, pero resulta muy difícil proteger a los más nuevos de una práctica peligrosa, disfrazada de entretenimiento saludable.

Del problema a las causas

Hace varios años, cuando las redes sociales apenas existían en Cuba, el amor adolescente no tenía espacio fijo. El encuentro podía realizarse en el lugar más apartado de una beca o en el cine: lo importante era intercambiar un beso, una palabra, una caricia.

Ahora, quienes se aventuren a recorrer el malecón capitalino observarán a parejas tomadas de la mano, aunque el romance que comienza con miradas pareciera haberse mudado hacia los libros. Para algunos detractores de la era digital, el amor ha muerto en la frialdad de las pantallas. La licenciada en Sicología Carla Padrón Suárez, especialista del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), piensa diferente. Sus estudios le han hecho ver al sexting como una forma de sexualidad más, solo que realizada en un escenario distinto. 

Es una práctica que, según reconoce la también máster en Atención y Prevención del Abuso Sexual Infantil, «no debería ser un problema, pero conlleva un gran peligro, porque nunca se tendrá la garantía de que la otra persona no difundirá las imágenes sin consentimiento».

El envío de imágenes eróticas pareciera ser consecuencia directa de un mundo globalizado por las tecnologías. Sin embargo, cuando se le pregunta a un adolescente por qué se inició en esta práctica, sus motivos suelen ser similares a las razones esgrimidas por los jóvenes de antaño para verse en secreto.

«Sentimos mucha curiosidad, queremos experimentar o lo hacemos por la presión de demostrar que somos más maduros», comentó César García López, estudiante de preuniversitario. A sus 17 años, afirma haber tenido buenas experiencias, pues le han permitido conocerse a sí mismo, a la par que conectar con otros.

Al decir de la máster en Salud, Sexualidad y Derecho Sexual Leydis Luisa Hernández Mitjans, la sexualidad en el espacio físico no se encuentra necesariamente desligada de la práctica del sexting. Según ha podido comprobar en sus investigaciones, el intercambio de imágenes es también una forma de abrirse a nuevas experiencias, sin enfrentar los riesgos que implica el primer acto íntimo en pareja.

Asegura que para algunos jóvenes el sexting resulta un camino de preparación para el comienzo de unas relaciones, cuerpo a cuerpo, que pueden o no llegar.

Visto desde esta perspectiva, las conversaciones virtuales subidas de tono parecieran ser una vía idónea para descubrir el placer de acercarse más al otro, sin riesgos como las infecciones de transmisión sexual (ITS) o el embarazo adolescente.

No obstante, detrás de los aparentes beneficios se esconden también las historias de menores que acceden a mostrar su intimidad porque piensan que por amor deben aceptar imposiciones y no miden las intenciones del otro lado.

Prevenir a tiempo

Lo que comienza como una diversión puede convertirse en algo serio, razona Lázaro Osmany Zambrana, mientras recuerda un suceso que cambió su vida para siempre. A los 17 años, al fin podía soñar con enamorarse, o al menos eso pensaba. Desde su infancia había crecido en un entorno en que era preferible guardar las apariencias, pero en las redes sociales era simplemente Lacho, el chico que deseaba a otros chicos.

Por eso, cuando conoció a un muchacho de su edad en una plataforma de citas, no dudó en intercambiar fotos eróticas. Gracias a él, sus madrugadas se tornaron divertidas, pero pronto comenzaron las señales de alarma. «A veces su lenguaje no se parecía al de un joven y se negaba a realizar videollamadas o incluso a enviar audios», razonó al cabo de los años. 

Todavía recuerda cómo, al confrontarla, esa persona en la que había confiado se transformó en un agresor que amenazaba con exponer su sexualidad. Nunca supo si las supuestas fotos de aquel hombre eran fruto de la extorsión a otro adolescente, pero una verdad parecía innegable: lo habían engañado con un perfil falso y no sabía qué hacer para lidiar con ese adulto.

En la adolescencia no se tiene madurez suficiente para el sexting, y mucho menos para afrontar sus consecuencias, reflexiona Laura Sofía Ferreiro Valdés, profesora de la Facultad de Sicología de la Universidad de La Habana: «Hay situaciones que, hasta para alguien mayor, pueden ser complicadas, pues nunca se sabe a ciencia cierta quién está del otro lado de la pantalla».

De acuerdo con esta especialista, enviar imágenes a la persona incorrecta puede terminar en difusión de contenido íntimo sin consentimiento o situaciones de chantaje para obtener dinero. Tales circunstancias dañan la confianza de la víctima en otras personas, afectan su forma de relacionarse y, en casos extremos, terminan en suicidio cuando no se logra un buen manejo de la situación.

Padrón Suárez coincide en que no es recomendable incentivar esa práctica en estas edades. «Muchas veces el intercambio de videos es voluntario, pero en otras acceden porque no quieren perder el vínculo con esa persona. Esto suele ocurrir más con las muchachas, pues los varones son los que más solicitan o demandan fotos explícitas», agregó.

Aunque en el caso de Lázaro el intercambio de imágenes fue consensuado en los inicios,  él sufrió el miedo de que su secreto se revelara de la peor manera. Todavía recuerda cómo logró que su agresor bajara la guardia en una conversación telefónica
y admitiera que realmente era un compañero de la madre del muchacho. «Tuvimos una discusión bastante fea, pero por suerte no llegó a más. Creo que al final sintió miedo de ser delatado porque había acosado a un menor de edad e, incluso, creó una cuenta falsa», relató.

¿Educar o prohibir?

En opinión de Padrón Suárez, uno de los problemas del sexting entre adolescentes es el desconocimiento. «Falta mucha educación integral de la sexualidad en las escuelas, la comunidad y el hogar, por lo tanto, no creo que los muchachos sin tales enseñanzas estén listos para ese tipo de intercambio».

A su juicio, la falta de conocimiento de los derechos sexuales deriva muchas veces en «porno venganza», entendida como la difusión de imágenes privadas, sin consentimiento para agredir a una expareja.

En cuanto a la familia, lo ideal sería brindar al adolescente mayor comprensión y abrirse al diálogo sobre estos temas. «Ante un problema de este tipo, los padres necesitan reaccionar con premura, pero sin culpar al adolescente o hacerlo sentir mal. Las víctimas nunca deberían ser condenadas por haber tenido una conducta sexual libre con alguien en quien confiaban. Es preciso educar a fondo y sin tabúes», agregó la especialista.

Por su parte, Hernández Mit­jans advierte, desde su experiencia en la educomunicación popular, que las prohibiciones suelen ser poco efectivas en esas edades: «Existen límites que no se deben romper. Mi principal apuesta es siempre una formación integral y profesional adecuada».

 Considera que, además de la preparación sicológica en materia de sexo, es preciso enseñar desde la casa y las escuelas cómo comportarse de manera segura en el mundo virtual, con qué aplicaciones compartir sus contraseñas, y cuáles son las plataformas más seguras para enviar fotos eróticas, aunque todas entrañen algún tipo de riesgo.

Sea de manera presencial o digital, el erotismo siempre formará parte del desarrollo adolescente, pero mientras la pasión se encienda en los espacios digitales, es necesario ser cuidadosos para que la alegría no se escape en un solo clic.

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