Para Zaily el premio no es obra de una sola persona, es de un equipo; «juntos perseguimos un mismo objetivo: la salud y el bienestar del paciente». Autor: Cortesía de la entrevistada Publicado: 16/07/2026 | 11:18 pm
Cuando la Academia de Ciencias de Cuba anuncia sus premios nacionales, la comunidad científica celebra. Los galardones de 2025, dados a conocer en junio último, suman 104, en cinco ramas del saber. La cifra impresiona, pero un vistazo al dictamen revela mucho más: la ciencia cubana se abre paso entre adversidades.
Validar resultados, «colar» publicaciones en revistas de alto impacto, sortear bloqueos tecnológicos (porque el bloqueo yanqui también golpea a la ciencia), y aun así situar a Cuba y a sus investigadores en la vanguardia, es una proeza que merece todo el reconocimiento, aunque a menudo pueda pasar inadvertida porque «son cosas de científicos».
Sin embargo, los lauros de 2025 empezaron a construirse mucho antes, con incertidumbres acalladas por el deseo de ser útiles. Así ocurrió con el trabajo Implementación de los concentrados plaquetarios en el tratamiento del dolor crónico osteomioarticular y la cicatrización, que agrupa resultados concretos de un equipo multidisciplinario liderado por la Dr. C. Zaily Fuentes Díaz, del hospital provincial docente de Oncología María Curie, de Camagüey, entidad ejecutora principal del proyecto.
Para quienes han padecido quemaduras y el doloroso proceso de recuperación que conllevan, esta investigación representa una apuesta por la medicina regenerativa. El equipo exploró distintas alternativas al plasma rico en plaquetas (PRP), como el lisado plaquetario, que se obtiene al romper deliberadamente las membranas de las plaquetas, mediante ciclos de congelación y descongelación, y la fibrina rica en plaquetas y leucocitos, una especie de «andamio» vivo tridimensional que se fabrica con la propia sangre del paciente y sin aditivos químicos. Semejante desafío exigió identificar indicaciones precisas y crear un laboratorio que garantizara la obtención óptima de estos preparados.
Con ese fin, los doctores Orlando Rodríguez Salazar, del hospital universitario Manuel Ascunce Domenech; Elizabeth Nicolau Pestana y Lidyce Quesada Leyva, del Centro de Inmunología y Productos Biológicos de la Universidad de Ciencias Médicas de Camagüey, e investigadores del hospital general universitario Vladimir Ilich Lenin, trabajaron intensamente en la validación de procedimientos, la introducción de protocolos de atención para pacientes quemados y otras afecciones con retardo de cicatrización, así como en el tratamiento del dolor osteomioarticular y otras entidades donde el dolor crónico está presente, incluyendo a pacientes con síndrome pos-COVID-19.
Si bien el plasma rico en plaquetas ya era conocido cuando se creó la Cátedra de Medicina Regenerativa en 2024, el grupo decidió ir más allá, como cuenta Zaily, desde la misión internacionalista que cumple en el hospital de Barika, Argelia.
—¿Qué necesidad real impulsó esa búsqueda?
—Nos motivó lo que veíamos en la consulta. El PRP es útil, pero tiene limitaciones: es variable, la cantidad de extracción y su efectividad son desiguales. Queríamos explorar otros concentrados, como el gel de fibrina rica en plaquetas o los lisados plaquetarios, más estables y con mayor capacidad de liberación sostenida de factores de crecimiento.
«En Camagüey, durante 2024, el panorama era alentador, pero desigual: muchos pacientes con secuelas de quemaduras y heridas crónicas, pero pocas opciones estandarizadas. La Cátedra de Medicina Regenerativa fue nuestra apuesta para centralizar criterios, investigar con rigor y ofrecer alternativas accesibles a la práctica médica».
—¿Cómo se decide, en un paciente quemado, si usar un concentrado u otro? ¿Existe una receta fija?
—No existe una receta única. Recuerdo a un paciente con quemadura de espesor parcial profundo en el dorso de la mano. Iniciamos con fibrina autóloga, pero la evolución fue lenta, debido a una infección local. Entonces cambiamos a un concentrado con mayor contenido de leucocitos, el L-PRP, que, además de factores de crecimiento, aporta péptidos antimicrobianos.
«A los 15 días, el injerto epitelial era evidente. Evaluamos el estado del lecho de la herida, la carga bacteriana, la vascularización… y decidimos. Pero, esto no es obra de una sola persona. Este premio es del equipo: enfermería, laboratorio clínico, anatomía patológica, microbiología, rehabilitación física, cirugía plástica y caumatología, anestesiología y reanimación. Cada uno
aportó su mirada experta y juntos perseguimos un mismo objetivo: la salud y el bienestar del paciente».
—Precisamente la investigación aborda el síndrome pos-COVID-19. ¿Cómo surgió una línea de trabajo que parece tan distinta?
—Surgió asistiendo a los convalecientes. Muchos llegaban con dolor crónico muscular y articular, fatiga extrema y trastornos del olfato que no cedían con tratamientos convencionales. Nos preguntamos: si estos concentrados regulan la inflamación y promueven la reparación tisular, ¿por qué no usarlos para modular esa tormenta inflamatoria residual? Empezamos un estudio exploratorio con pacientes de más de seis meses pos-COVID-19. Aplicamos infiltraciones locales con lisados plaquetarios en puntos gatillo y observamos una mejora significativa en la calidad de vida. Fue una línea que nació de la escucha activa, no de los libros.
—Cuando supo que eran los ganadores del Premio Nacional, ¿qué imagen le vino a la mente?
—La primera imagen fue el rostro del Dr. C. Orlando Bismark Rodríguez Salazar, trabajando desde la asistencia al paciente quemado y al que sufre dolor crónico. Es justo señalar que él obtiene el título de Doctor en Ciencias Médicas con este tema, lo que demuestra perseverancia en la investigación científica.
«Tampoco puedo dejar de agradecer al doctor Leonardo Hernández Herrera, director del hospital María Curie, que nos dio el espacio físico, y al equipo de enfermería de la sala de quemados, porque sin su dedicación estos resultados no serían posibles. La investigación en Cuba es mérito de todos».
—Detrás de cada protocolo hay una historia humana. Si tuviera que compartir una sola que justifique tanto esfuerzo, ¿cuál sería?
—El caso de N.M.H., un joven de 34 años con quemaduras en el 40 por ciento de la superficie corporal por un accidente doméstico. Pasó por tres cirugías de injerto, pero el dolor neuropático en los brazos era tan intenso que ni siquiera toleraba la ropa. No dormía. Aplicamos el protocolo con concentrado de fibrina autóloga en las zonas de injerto y en los puntos de dolor. A la tercera semana, no solo el injerto había prendido; él recuperó seis horas de sueño seguidas, sin despertar por el dolor. Eso es la verdadera recompensa. No es el premio, es devolverle el sueño, la independencia y la calidad de vida a alguien que ya había perdido la esperanza.
