Conferencia Magistral de Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República, en la inauguración del I Coloquio Internacional Fidel: legado y futuro Autor: Estudios Revolución Publicado: 10/08/2026 | 09:23 pm
(Versiones Taquigráficas - Presidencia de la República)
Queridas hermanas y hermanos;
Distinguidos académicas y académicos, intelectuales, artistas, líderes sociales y políticos, jóvenes estudiantes, compañeras y compañeros que han venido desde los cinco continentes a compartir esta semana de reflexión profunda sobre el hombre que marcó el siglo XX y cuyo pensamiento ilumina el siglo XXI:
En nombre del pueblo cubano y de su Partido Comunista, reciban el abrazo más sincero que puede ofrecer una isla que no olvida a sus amigos.
Agradecemos que hayan hecho suyo el esfuerzo de estar aquí, desafiando distancias, campañas de desinformación y, en muchos casos, presiones de sus propios gobiernos.
Su presencia en Cuba es un acto de valentía y de coherencia, porque venir a Cuba hoy, en medio del recrudecimiento del bloqueo y de la hostilidad imperial, es un gesto de solidaridad militante que honra el legado de Fidel.
¡Felicidades, compañeras y compañeros, fidelistas de Cuba y el mundo que nos juntamos para celebrar cien años de una vida consagrada a la defensa de todas las causas justas!
Mis palabras no pretenden ser una conferencia magistral. No me propongo disertar, ni podría, sobre la vida y la obra de un líder de la estatura moral y ética del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz, el hombre que se negó a ser honrado con monumentos y estatuas, pero no pudo evitar que millones de compatriotas cubanos, de compatriotas de Nuestra América y de compatriotas del mundo honren cada día su memoria y su legado asumiendo y multiplicando sus ideas.
¡No hay mejor ni más sólido monumento que el que ustedes han levantado con su valiente presencia aquí, en la Cuba de Fidel, en su Centenario!
Lo que pretendo compartir con ustedes son solo ideas que brotan sin más orden que el que le ponen los sentimientos, la emoción y el compromiso revolucionario al privilegio de hablar de Fidel.
Estudiar y asumir con convicción la obra inmensa del Comandante en Jefe, tanto en pensamiento como en acción, es una necesidad imperiosa para todos los que estamos empeñados en promover transformaciones económicas y sociales que detengan el proceso de asfixia al que está siendo sometida la Revolución Cubana, como parte de una criminal guerra que dura ya más de seis décadas.
Salvar la Revolución Cubana de una de las amenazas más graves que haya enfrentado en 67 años, bajo agresiones de todo tipo, es el mayor desafío de nuestra generación y nos honra asumirlo convencidos de que venceremos. No se trata de una certeza sin fundamento. Contamos con una historia preñada de heroísmo, un pueblo entrenado en la resistencia y el legado de un líder que, siempre al frente de ese pueblo, convirtió los reveses en victorias.
Preservar las conquistas que dieron a este heroico pueblo la Revolución y el socialismo, romper todos los cercos que pretenden aniquilar a la nación como castigo colectivo por su dignidad, su resistencia y su decisión de no rendirse al más poderoso imperio de la historia, es el primer homenaje que le debemos a Fidel, nacido hace 100 años en un país marcado por la injusticia, la desigualdad y la dependencia, dolorosa realidad que él se prometió cambiar desde sus años de universitario rebelde y locuaz.
Del Aula Magna descendió convertido en revolucionario para encender las antorchas del Centenario del Apóstol, aquel que más tarde y muy joven aún devendría jefe del Movimiento 26 de Julio de 1953, que se lanzó contra los cuarteles de una dictadura sanguinaria y proimperialista para iniciar otra Guerra Necesaria.
El brillante abogado que convirtió su autodefensa en Programa político de su Movimiento, el tenaz prisionero que venció a sus carceleros transformando el Presidio Modelo en escuela de combatientes, el fundador de un ejército del pueblo que derrotó en dos años a un ejército profesional que poseía varias veces el número de sus fuerzas, el Comandante en Jefe que puso a Cuba en el mapa del mundo y llenó de esperanzas a los pueblos del continente, tenía ya un lugar en la historia cuando con solo 34 años estremeció a la Asamblea General de las Naciones Unidas con el discurso más largo y trascendente que se había pronunciado allí hasta entonces.
En aquella apasionada explicación de nuestra historia Fidel argumentó al mundo el panorama que encontró la Revolución triunfante en Cuba, que la propaganda de laboratorio de la guerra mediática actual pretende describirles a las nuevas generaciones como la Cuba próspera y deslumbrante de antes de 1959:
Seiscientos mil cubanos con aptitudes para el trabajo no tenían empleo.
Tres millones de personas, de una población total de algo más de 6 millones, no disfrutaban de luz eléctrica ni de ninguno de los beneficios y comodidades de la electricidad.
Tres millones quinientas mil personas vivían en cabañas, barracones y tugurios sin las menores condiciones de habitabilidad.
En las ciudades los alquileres absorbían hasta una tercera parte de los ingresos familiares.
Treinta y siete y medio por ciento de la población era analfabeta.
El 70 % de los niños de las zonas rurales no tenía maestros, y el 95 % padecía de parasitismo.
El 2 % de la población padecía de tuberculosis.
La mortalidad infantil, por tanto, era muy alta, y el promedio de vida de la población era muy bajo.
El 85 % de los pequeños agricultores pagaban rentas por la posesión de sus tierras, que ascendían hasta un 30 % de sus ingresos en bruto, mientras que el 1,5 % del total de propietarios controlaba el 46 % del área total de la nación.
Los servicios públicos, compañías eléctricas, compañías telefónicas, una gran parte de la banca, una gran parte del comercio de importación, las refinerías de petróleo, la mayor parte de la producción azucarera, las mejores tierras de Cuba y las industrias más importantes en todos los órdenes eran propiedades de compañías y monopolios norteamericanos.
Ni de la Revolución Cubana ni de Fidel podrá hablarse nunca desconociendo esa realidad, ese punto de partida, ese estado de cosas que demandó la transformación más radical del siglo XX en este lado del mundo.
Basta repasar las estadísticas actuales del país, incluso bajo las terribles restricciones que imponen más de seis décadas de bloqueo económico, financiero y comercial y siete meses de cerco energético, incluso en medio de los duros apagones, la falta de agua, los altos precios y otros problemas que dañan las esencias: los índices de salud, educación, ciencia, cultura, deporte, siguen siendo mejores que en otros países de similar desarrollo.
Por mencionar solo tres: somos el país de mayor tasa de médicos por habitantes, más de 9 por cada mil habitantes; uno de los diez con mayor esperanza de vida en el continente americano, con 77,7 años, y el que más ha aportado a la salud y a la educación de su población y de otras naciones, según criterios de la Organización Mundial de la Salud y la Unesco.
La gran obra social y humanística de la Revolución liderada por Fidel Castro, siempre bajo bloqueo y asedio, cambió tan radicalmente aquel panorama descrito por él en la Organización de las Naciones Unidas, en septiembre de 1960, que para siempre hará imposible el retorno de Cuba al pasado colonial y neocolonial.
Fue allí donde Fidel dejó dicha una de las más exactas ideas sobre los problemas del mundo que, en lugar de resolverse, se agravarían con la desaparición del campo socialista y la imposición de la unipolaridad. Cito su histórico discurso en la ONU en 1960:
“Las guerras, desde el principio de la humanidad, han surgido, fundamentalmente, por una razón: el deseo de unos de despojar a otros de sus riquezas. ¡Desaparezca la filosofía del despojo, y habrá desaparecido la filosofía de la guerra! ¡Desaparezcan las colonias, desaparezca la explotación de los países por los monopolios, y entonces la humanidad habrá alcanzado una verdadera etapa de progreso!”
El legado de Fidel nos interpela hoy con más fuerza que nunca. Comparto con ustedes algunas ideas que considero fundamentales.
¿Qué nos legó el Comandante en Jefe? Nos legó la certeza de que los sueños se conquistan defendiendo las ideas; nos dejó la lección de que el internacionalismo es una actitud que nos debe distinguir; nos enseñó la convicción de que el socialismo es el único camino para salvar a la humanidad del abismo.
Fidel fue el primero en denunciar la globalización neoliberal como el imperio de la muerte, y también el primero en alzar la voz por un mundo mejor para todos.
Nos enseñó que la lucha por la preservación del medio ambiente y de la especie humana es también una batalla socialista, que la ciencia debe estar al servicio del pueblo, que la unidad de los revolucionarios es más importante que cualquier diferencia táctica.
En Fidel encontramos no solo a un líder historico, sino una escuela perenne de trabajo revolucionario: estudiar, analizar, prever, escuchar al pueblo y actuar con audacia y honestidad.
Fidel dirigió los destinos de Cuba con una coherencia que no tiene paralelo en la historia contemporánea. Pero no fue solo un dirigente y un líder; Fidel fue un trabajador incansable, un estudiante permanente, un orador que movía multitudes, un estratega que anticipaba el futuro.
Fidel nos legó una manera de pensar y actuar. No dejó recetas; dejó un método. Y ese método nació de la praxis, no solo de las bibliotecas.
Cuando Fidel formuló en su alegato del 16 de octubre de 1953 las cinco leyes revolucionarias: reforma agraria, derechos laborales, reforma urbana, confiscación de bienes malhabidos y participación industrial, no estaba elaborando un programa doctrinario importado de manual alguno; estaba diagnosticando las enfermedades estructurales de una economía subdesarrollada y dependiente.
Ese método: diagnóstico riguroso, propuesta programática y acción decidida, se repitió en cada encrucijada. En la Sierra Maestra el principio de no esperar a que termine la guerra para empezar a producir articuló la lucha armada con la construcción económica. En 1960 con la nacionalización del subsuelo convirtió la soberanía en propiedad colectiva. En 1961, en Playa Girón, demostró que un pueblo armado y consciente puede derrotar al imperialismo.
Fidel comprendió algo que muchos teóricos no lograron ver: que la economía no es una esfera autónoma separada de la política, sino su expresión material, sintetizada en su formulación: “no hay economía sin política, ni política sin economía”.
Esta idea constituye un legado metodológico: pensar la economía como expresión de un proyecto político y la política como instrumento de transformación económica. No separarlas, no contraponerlas, al contrario, articularlas.
Desearía ampliar también en otros legados.
El legado de la coherencia y de la ética: Fidel predicó con el ejemplo. No acumuló riquezas, no traicionó sus principios; vivió como pensó y murió como vivió. Eso en un mundo donde la política se ha vuelto un espectáculo de hipocresía es un desafío permanente a la conciencia.
El legado de la audacia intelectual: Fidel fue un lector incansable, un hombre que dialogaba con científicos, economistas, artistas, deportistas y campesinos. Nos enseñó que el socialismo no es un dogma, sino una ciencia en construcción, que debe adaptarse a las realidades concretas sin renunciar a los principios. Hoy, cuando el capitalismo digital nos impone nuevas formas de enajenación, su llamado a ¡estudiar!, ¡estudiar!, ¡estudiar!, resuena como una advertencia: ¡no hay revolución sin conocimientos!
El legado del internacionalismo: Fidel no entendía la Revolución Cubana como un hecho aislado. Para él, patria era humanidad. Por eso apoyó las causas por la liberación de los pueblos africanos, de Palestina, denunció el apartheid y el genocidio; alzó su voz contra la guerra de Irak y contra el bloqueo y la apropiación colonial de cualquier pueblo del mundo.
El legado del optimismo revolucionario: Fidel nunca fue un pesimista. En los días más oscuros, cuando el campo socialista se derrumbaba y el bloqueo se recrudecía, él mantenía su fe en el ser humano y en la historia. Nos enseñó que el optimismo revolucionario no es ingenuidad, sino convicción inquebrantable en la victoria.
El pensamiento y la práctica de la estrategia militar en Fidel ocupan un importante lugar en su legado.
En breve síntesis podemos señalar que fue un maestro de la lucha guerrillera que nos condujo al triunfo del Primero de Enero de 1959. Un profundo estudioso del arte militar contemporáneo que realizó verdaderos aportes en la concepción de las más importantes contiendas militares desarrolladas en nuestras misiones internacionalistas. La batalla de Cuito Cuanavale, dirigida personalmente por el Comandante en Jefe, mostró sus cualidades de estratega militar. Concibió la doctrina de la Guerra de Todo el Pueblo.
Fidel veía la soberanía no como un estado alcanzado, sino como un proceso que se conquista y se defiende en múltiples frentes simultáneamente: la defensa y la seguridad del país, el frente económico, el frente ideológico-cultural, el frente internacionalista y de solidaridad, el frente científico y el frente de la política exterior y las relaciones internacionales.
Su sistema de trabajo se basaba, en nuestra opinión, en cuatro principios:
La prioridad de lo político. Toda decisión económica es una decisión política.
La secuencia táctico-estratégica. Las tácticas cambian, los principios no: soberanía, justicia social, antimperialismo, internacionalismo, solidaridad.
La movilización popular como recurso estratégico. La disciplina y la participación impuesta desde arriba es frágil; la disciplina y la participación popular asumida colectivamente es indestructible.
La innovación bajo restricción. La escasez no es solo una carencia, es un estímulo para la creatividad.
Fidel lideró una generación, la llamada Generación del Centenario de José Martí, una decidida tropa de mujeres y hombres que no pueden separarse de la historia, que desde el asalto al Moncada, el desembarco del Granma y la Sierra Maestra compartió con él la dirección de los procesos transformadores de la Revolución. Y esa generación que integraron jóvenes de nombres ya históricos: Fidel, Raúl, Che, Almeida, Ramiro, Guillermo, Vilma, Celia, Haydée, Melba y tantos otros, conectó con las necesidades y demandas de un pueblo entero dispuesto a dar la vida por la dignidad conquistada.
Fidel comprendió, como pocos, la necesidad de articular la firmeza ideológica con la flexibilidad táctica. Él nos enseñó que “el marxismo-leninismo no es una doctrina muerta; no es un catecismo, sino un método, una guía, un instrumento para resolver concretamente los problemas de la vida”.
En cuanto a sus cualidades como estratega que anticipaba el futuro no hay ninguna duda, pero tampoco misticismo en la afirmación. Estudioso profundo de la realidad nacional e internacional, que seguía al detalle a través de todos los medios posibles, él era también un observador agudo del comportamiento humano, gracias no solo a su notable inteligencia, sino a su insaciable búsqueda del conocimiento, de los progresos de la ciencia y la técnica. Poseía también una cultura vasta, alimentada durante su vida por lecturas fundamentales de todos los géneros.
Resulta revelador el fragmento de una carta de Fidel a su hermana Lidia, desde la prisión en la Isla de Pinos: “Mi mayor lucha ha sido desde que estoy aquí insistir y no cansarme nunca de insistir que no necesito absolutamente nada: libros solo he necesitado y los libros los tengo considerados como bienes espirituales”.
Ese afán por el conocimiento, junto a la pasión por la historia y el destino de la especie humana, lo acompañaron hasta el final de su vida física. De ello dejó constancia en sus Reflexiones: 484 textos de los más diversos temas, publicados entre el 28 de marzo de 2007 y el 9 de octubre de 2016.
Diez años después de su partida física conmueve releer lo que se proponía con ellas y dejó escrito en una de las primeras, fechada el 22 de junio de 2007: "No inicié este trabajo como parte de un plan elaborado previamente, sino por un fuerte deseo de comunicarme con el protagonista principal de nuestra resistencia a medida que observo las acciones estúpidas del imperio".
Aquí hay tres componentes: su necesidad de comunicar en la manera magistral en que lo hacía, su respeto al pueblo como protagonista fundamental y su crítica al imperio.
Bajo la dirección de Fidel, Cuba logró la erradicación del analfabetismo en 1961, con una campaña que movilizó a más de 250 000 voluntarios.
Apenas dos años después de triunfar, derrotó en Playa Girón una invasión financiada, entrenada y escoltada por el imperio vecino, asestándole la primera gran derrota en América Latina.
Cuba construyó el sistema de salud universal más avanzado del Tercer Mundo.
Cuba envió a más de 600 000 profesionales de la salud a 165 países a través del Programa Internacional de Cooperación Médica.
Cuba desarrolló un sistema educativo gratuito desde el círculo infantil hasta la universidad.
Fidel diseñó los principios de la política exterior cubana y construyó un sólido sistema cultural y deportivo erigiéndolos en un referente para el mundo.
Uno de los capítulos fundamentales de su legado a nivel continental transcurre en el período más esperanzador de la historia de nuestra América cuando, junto a Hugo Chávez, lideró el renacimiento del proyecto integrador de Simón Bolívar, que fue también el gran sueño de José Martí.
Por supuesto que no hablamos solo de ideas. Los hechos que transformaron en muy poco tiempo las relaciones entre los gobiernos y los pueblos de la región más desigual del planeta, definitivamente entraron en la historia del siglo XXI como momentos determinantes en su evolución posterior.
En 1998 se creó el Programa Integral de Salud con el que Cuba hizo frente al drama de los pueblos azotados por ciclones en Centroamérica y el Caribe. En 1999 se funda la Escuela Latinoamericana de Medicina, ambas ideas de Fidel, que demostraron en la práctica el valor universal de la cooperación y la solidaridad, un camino de emancipación inexplorado entonces que coronaría después con el ALBA-Petrocaribe, las misiones médicas y educativas, la Operación Milagro con sus más de 3 millones de cirugías oftalmológicas, el Programa de Alfabetización “Yo sí puedo”, y el Contingente Henry Reeve cuya extraordinaria obra de enfrentamiento a catástrofes ha merecido su nominación para el Premio Nobel de la Paz.
Como pueden apreciar, los programas de clara orientación de justicia social mencionados tienen que ver con todo lo que la nueva ultraderecha regional, articulada y conducida por Washington, quisiera borrar de la historia de nuestra América con la misma saña con que el imperio intenta separar nuevamente a Cuba de su entorno regional.
Nos reunimos hoy aquí, a pocas horas del 13 de agosto, fecha en que nuestro Comandante en Jefe habría cumplido 100 años de vida, no para celebrar una conmemoración ritual, sino para cumplir con un deber: el deber de pensar en Fidel no como pasado, sino como estratega más allá de su tiempo. Pensar en su legado no como un depósito de citas para evocar en los aniversarios, sino como una guía para superar los desafíos que tenemos frente a nosotros hoy, en la Cuba real, en 2026.
No podemos hablar de Fidel sin mirar el mundo que él tanto estudió y que nosotros heredamos; y el mundo, como él solía decir, es un torbellino de contradicciones. La crisis sistémica del capitalismo ha llegado a su punto más agudo: guerras regionales que amenazan con expandirse, crisis climática que ya no es pronóstico sino catástrofe diaria, hambrunas provocadas por la especulación financiera, migraciones forzadas que convierten los mares en cementerios, y una fractura social donde la riqueza de unos pocos se acumula sobre la miseria de muchos.
El orden internacional está en disputa. El unilateralismo imperial pretende imponer su ley por la fuerza, pero el mundo multipolar ha llegado para quedarse. Sin embargo, el imperio redobla sus ataques, busca nuevos pretextos, fabrica enemigos y desestabiliza gobiernos que no se doblegan.
En ese tablero global Cuba sigue siendo uno de los objetivos predilectos de la furia imperial. No es casualidad que en el año del Centenario de Fidel, Washington haya intensificado su ofensiva: refuerzo del bloqueo con medidas extraterritoriales que persiguen las relaciones comerciales y financieras; inclusión arbitraria en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, una ironía histórica para un país que ha sido víctima del terrorismo de Estado durante décadas; campañas mediáticas masivas que intentan pintar a Cuba como un “régimen fracasado”, mientras callan los logros de nuestra salud, educación, cultura, ciencia y deportes, y, para rematar, han inventado la ridícula acusación de “potencia del espionaje” o foco de subversión de la llamada izquierda radical terrorista –de la que parece que formamos parte todos los que estamos aquí–; patético y fantasioso nombre, solo creíble en sus mentes retorcidas, pero que utilizan para confundir, justificar más castigos y legitimar sus agresiones.
Junto a la agresión económica y política implementa la guerra ideológica y cultural, la subversión digital, el financiamiento a mercenarios internos que, con fondos de agencias norteamericanas, pretenden fracturar nuestra unidad. No es un secreto que Estados Unidos ha destinado millones de dólares para promover el “cambio de régimen” a través de redes sociales, ONG y plataformas que se disfrazan de “defensoras de derechos humanos”, pero que en realidad sirven a los intereses geopolíticos del imperio.
No nos asombran en absoluto las revelaciones en días recientes de grandes medios estadounidenses sobre un incremento de operaciones de la CIA en Cuba para subvertir el orden interno. No son filtraciones al azar, como las presentan, sino parte del plan deliberado del régimen estadounidense de guerra psicológica contra Cuba.
En el colmo del cinismo y la perversidad el Secretario de Estado ha declarado recientemente que las sanciones estadounidenses contra el régimen cubano no harán más que endurecerse. Lo que estamos tratando de enseñarles –dijo– es que no hay válvulas de escape.
Es un reconocimiento sin reparos de que existe una difícil situación en Cuba como consecuencia de una guerra económica sin precedentes. Esta afirmación constituye la amenaza abierta del exterminio genocida a todo un pueblo si no se somete a los designios del imperio.
Sobre esto, expertos de Naciones Unidas subrayaron que las medidas coercitivas unilaterales ilegales de los Estados Unidos contra Cuba contravienen el Artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas y forman parte de una estrategia más amplia de cambio de régimen que abarca décadas de embargo a Cuba.
“El Gobierno de Estados Unidos debe poner fin a todas las amenazas y actos hostiles contra la soberanía de Cuba y revocar todas las medidas que ha impuesto al país que sean contrarias al Derecho Internacional”, dijeron los expertos.
Y agregaron, además: “El Consejo de Seguridad y la Asamblea General deben abordar urgentemente estas amenazas como una cuestión de paz y seguridad internacionales”.
No puede haber mayor acto de cinismo que el hecho de que el victimario quiera pasar por víctima, cuando sus fechorías han sido públicas y notorias a lo largo de décadas. Estados Unidos no tiene ninguna moral ni derecho alguno para señalar a Cuba, que ha sido posiblemente la nación más espiada por ellos y con los mayores fondos destinados a la subversión económica e ideológica.
El bloqueo intensificado en los últimos años no es solo una medida económica, es un acto de guerra no declarada contra un pueblo que decidió ser libre. Es un intento sistemático de rendir por hambre y desesperanza a una nación que ha demostrado, durante más de seis décadas, que la dignidad no se negocia.
No exagero al decir que este coloquio se celebra en uno de los momentos más difíciles que ha vivido la Revolución, pero no estamos aquí para administrar la nostalgia. ¡Estamos aquí porque el pensamiento de Fidel Castro sigue siendo la brújula más precisa que tenemos para navegar la tormenta que vive el pueblo cubano! (Aplausos.) Y la tormenta es real, nuestro pueblo la vive cada día: en los apagones que interrumpen la vida familiar, la jornada laboral, el aprendizaje de nuestros niños y jóvenes; en la inflación que erosiona el poder adquisitivo del salario; en la escasez de combustible que paraliza la economía y el transporte; en las dificultades para completar la canasta básica; en la emigración que nos arranca a los jóvenes. No estamos aquí para negar esa realidad, sino para comprenderla en su justa dimensión y para encontrar en el pensamiento de Fidel las claves para transformarla.
Les voy a dar algunos datos de los impactos del bloqueo en la sociedad cubana.
Particularmente en el sector de la energía: nosotros habíamos recuperado en estos años, con un enorme esfuerzo, más de 1 400 megawatts de potencia para la generación eléctrica en un grupo de islas de generación distribuida. Esas plantas están sin generar energía por falta de combustible, funcionan con diésel y con fueloil. Si tuviéramos disponibles cada día esos 1 400 megawatts, los molestos apagones en Cuba solo tendrían una duración de tres horas y no de veinte o más horas como hoy sufre nuestro pueblo.
En la salud, un tema tan sensible y del que ustedes conocen todas las potencialidades de nuestro sistema universal y gratuito, con oportunidades para todos, con cosas que sabemos hacer: existen 98 500 pacientes en lista de espera quirúrgica y, entre ellos, hay 12 000 niños, operaciones que nosotros podemos hacer en Cuba, pero nos faltan los recursos, nos falta la energía para alimentar los salones de operaciones.
Hay 34 000 embarazadas a las cuales no les podemos realizar las ecografías prenatales suficientes durante esa etapa de embarazo.
Hay 67 000 menores de un año que han nacido en estos meses sin esquema de inmunización actualizado, cuando la vacunación en Cuba y nuestro sistema de inmunización siempre estaban al día.
Hay 117 000 adultos y 1 200 niños que son pacientes con cáncer que no tienen los tratamientos primarios adecuados y tenemos que acudir a fórmulas secundarias o terciarias.
Hay 16 000 pacientes que tienen dificultad con los servicios que necesitan de radioterapia, 12 400 en quimioterapia y 3 000 en hemodiálisis.
Solo el 30 % del cuadro básico de medicamentos está disponible, cuando nosotros somos capaces de producir los medicamentos necesarios.
El coeficiente de disponibilidad técnica de las ambulancias solo alcanza el 22 % por falta de piezas de repuesto.
Existe la imposibilidad de comprar fuentes de cobalto 60 para los tratamientos oncológicos, y existe demora en licencias para liberar las mercancías médicas en puertos, también ante la negativa de las navieras internacionales que han sido presionadas por el imperialismo norteamericano para que no traigan a Cuba las mercancías que necesitamos.
Y como si esto fuera poco, nosotros siempre habíamos mantenido índices de mortalidad infantil entre 4 y 5, que son tasas de mortalidad infantil de países desarrollados, sin embargo, en estos años la tasa se nos ha duplicado y en estos momentos es de más de 9,8 y significa muertes de niños que podían salvarse.
De este genocidio milimétricamente calculado, dondequiera que se vislumbre o se procure un alivio, allí estarán los cancerberos de esta ignominiosa política, para dar una vuelta más a la soga de la asfixia.
¿Qué ha hecho Cuba frente a esta tormenta? Hemos respondido con lo que Fidel nos enseñó: la resistencia no es pasiva, es creativa. En medio del acoso hemos desarrollado vacunas propias que nos permitieron enfrentar la pandemia con soberanía; hemos potenciado la agricultura, la agricultura urbana y suburbana con agroecología para garantizar alimentos pese a la escasez de combustibles y fertilizantes; hemos fortalecido nuestros sistemas de defensa con una milicia popular que no necesita tanques ni aviones para defender su tierra, porque la defiende con el corazón y con la cohesión de sus fuerzas.
Hemos sabido convertir la adversidad en oportunidad, la crisis nos impone ser más eficientes, más innovadores, más participativos. Nuestros científicos, nuestros maestros, nuestros médicos, nuestros campesinos y obreros han demostrado que la inteligencia colectiva puede más que el dinero del imperio. Y, sobre todo, no hemos renunciado al internacionalismo, seguimos enviando brigadas médicas a los lugares más pobres del mundo, compartiendo nuestros métodos educativos y científicos; seguimos siendo la isla que tiende puentes de hermandad.
Sí, tenemos muchas carencias. Nos agobian los apagones, la falta de agua, la inflación y las colas; pero ninguna carencia material ha apagado la llama de la solidaridad en la que nos educó Fidel (Aplausos).
Un hecho que lo confirma es que en los días finales del pasado curso escolar, tensos y difíciles como ningún otro, de las universidades cubanas egresaron 30 185 jóvenes profesionales, de ellos 735 de 62 países que se han formado en Cuba (Aplausos). Y un dato que nos honra mostrar: más de una veintena de nuevos médicos palestinos y cinco médicos norteamericanos (Aplausos).
La respuesta del pueblo, bajo la conducción del Partido Comunista de Cuba, ha sido la resistencia firme y creativa, la unidad, la defensa de sus conquistas y la actualización del modelo económico y social, sin renunciar jamás a los principios del socialismo y sin ceder a presiones ni chantajes. Para lograrlo estamos implementando un conjunto de transformaciones económicas y sociales. Esa capacidad de resistir y transformar tiene sus raíces más firmes que nunca en el pensamiento y en la acción del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
Se trata de continuar la construcción socialista en una pequeña isla amenazada por el imperialismo más grande de la historia de la humanidad y totalmente bloqueada, a cuyo Estado se le cortan todas las fuentes de recursos, financiamiento y comercio.
Ante esta disyuntiva se necesita producir y generar riquezas para redistribuir con toda la justicia social posible y preservar conquistas históricas y esenciales de la Revolución en áreas estratégicas como la salud, la educación, la cultura, la ciencia, la energía y las comunicaciones.
Hacerlo será tarea de todos, de la empresa estatal y la no estatal, junto a otras formas de gestión de la economía que en su conjunto conforman el entramado empresarial cubano, enfocados en un fin único: construir el socialismo próspero y sostenible que merece el heroico pueblo de Cuba.
Quiero enfatizar en que este es un proceso para dinamizar la economía, no para instaurar el capitalismo; no habrá privatización a ultranza, los medios fundamentales de producción continúan en manos del pueblo, y se preserva, ante todo, la soberanía y la independencia nacional.
Para un proceso tan complejo el Partido Comunista de Cuba, como fuerza dirigente superior del Estado y la sociedad, se erige como principal responsable de su conducción, coordinación y control y como celoso guardián de los intereses del pueblo, de la clase obrera, de las conquistas sociales y de la justicia social que ha movido a la Revolución desde sus inicios.
Compañeras y compañeros:
Fidel no es patrimonio exclusivo de los cubanos. Fidel pertenece a todos los que luchan por un mundo mejor. Y a ustedes, participantes de este Coloquio, intelectuales y activistas que han hecho suyo su pensamiento, les toca un papel decisivo.
Les convocamos a difundir la verdad de Cuba y de todos los pueblos en resistencia. En un mundo donde los grandes medios fabrican mentiras y narrativas convenientes, ustedes tienen la responsabilidad de ser voceros de la realidad que los cubanos vivimos: una realidad de carencias, sí; pero también de conquistas, de solidaridad y de esperanza.
Cada libro que escriban, cada artículo que publiquen, cada conferencia que dicten en sus países es una trinchera contra la desinformación. La batalla de ideas hoy se libra en el terreno digital contra el analfabetismo tecnológico y las nuevas formas de colonización cultural.
Ustedes deben articular redes de solidaridad efectivas, no basta con pronunciar discursos de apoyo. Hay que traducir la solidaridad en acciones concretas: campañas por el levantamiento del bloqueo, propuestas de cooperación científica y cultural, proyectos de comercio justo, denuncias ante organismos internacionales.
Deben profundizar el pensamiento crítico sobre el socialismo del siglo XXI. Fidel nos dejó preguntas abiertas, no respuestas acabadas. ¿Cómo construir poder popular en la era digital? ¿Cómo compatibilizar planificación centralizada con autonomía territorial? ¿Cómo enfrentar el cambio climático desde una perspectiva socialista? Ustedes, desde sus disciplinas, tienen la misión de dar respuestas creativas y realistas, y deben fortalecer la unidad de los movimientos progresistas.
Fidel fue un maestro en el arte de sumar voluntades, de tender puentes entre sectores diversos, de buscar coincidencias sin renunciar a las diferencias.
Convoco a todos los seguidores y estudiosos de su legado a trabajar por la unidad, a superar las divisiones secundarias para concentrarnos en lo esencial: la lucha contra el capitalismo y el imperialismo.
A los jóvenes ha consagrado la Revolución el máximo de su esfuerzo y en ellos ha puesto sus mayores esperanzas. Fidel siempre confió en el papel de los jóvenes en el proceso revolucionario.
Creer en los jóvenes es ver en ellos, además de entusiasmo, capacidad; además de energía, responsabilidad; además de juventud, pureza, heroísmo, carácter, voluntad, amor a la patria, fe en la patria. Es tener la convicción profunda de que la juventud puede, de que la juventud es capaz, de que sobre los hombros de la juventud se pueden depositar grandes tareas (Aplausos).
Fue la juventud la que rodeó a Fidel para concebir sueños realizables cuando la patria lo necesitó. De sus largas reuniones con jóvenes se formaron grandes realizaciones sociales: el impulso al desarrollo de los instructores de arte, los maestros integrales, los trabajadores sociales. Fue la juventud la que empuñó las armas en la Sierra, la que alfabetizó en las montañas, la protagonista en las gloriosas misiones internacionalistas, la que construyó los contingentes, la que impulsó la ciencia y la tecnología.
Hoy, en el año de su Centenario, la juventud cubana está llamada a forjarse con la misma altura histórica. Los desafíos que tenemos por delante son inmensos: la economía golpeada por el bloqueo, las transformaciones estructurales que debemos implementar, la necesidad de producir más alimentos, de lograr la transición energética, de sustituir importaciones, de construir una sociedad con mayor bienestar para todos. No hay desafío que la juventud no pueda enfrentar si se lo propone.
Compañeras y compañeros:
Permítanme cerrar con una certeza que Fidel nos legó: el futuro no está escrito, nosotros tenemos el poder de escribirlo.
Sí, el imperio es poderoso, pero la historia está del lado de los pueblos. Cada niño que hoy aprende a leer en una escuela cubana cuando no hay electricidad, cada campesino que cultiva con agroecología, cada científico que investiga sin patentes, cada joven que milita en un movimiento social, cada madre que defiende a sus hijos de la violencia, es una victoria anticipada.
El Centenario de Fidel es un punto de partida. Es el momento de asumir que su legado no está en el pasado, sino en el presente y en el futuro que estamos construyendo. ¡No basta con recordarlo, hay que estudiarlo! ¡No basta con admirarlo, hay que emularlo! (Aplausos.)
Quisiera agradecerles de nuevo, desde lo más profundo, su presencia. Ustedes son los embajadores de la verdad, los testigos de que Cuba no se rinde, los compañeros de ruta de una revolución que trasciende fronteras.
En mis palabras he evitado referirme a mis experiencias personales con él; sin embargo, sí quiero significarles que de la escuela de Fidel me han marcado profundamente su lealtad y la decisión de enfrentar al imperialismo como el destino de su vida, su visión sobre la unidad, el ejemplo de estar siempre presente en los escenarios más adversos sin dejarse vencer por el pesimismo, la sensibilidad hacia los más necesitados, su concepto de justicia social y el valor que entraña su acabado concepto de Revolución.
Quiero dejar constancia en el inicio de la celebración de estos 100 años que compartimos del enorme compromiso de la dirección del Partido y el Gobierno con la obra inconmensurable de Fidel que tenemos la responsabilidad de salvar de los vientos amenazantes que por todas partes soplan, alimentados por la sed de conquista y castigo que nos reserva el imperio.
Me permito terminar como Fidel dijo más de una vez: “Nosotros estamos dispuestos a resistir digna y abnegadamente los años que sean necesarios el bloqueo imperialista. Si otros transigen, si otros se dejan sobornar, si otros traicionan, Cuba sabrá mantenerse como ejemplo de una revolución que no claudica” (Aplausos y exclamaciones de: “¡Yo soy Fidel!”).
Repito: “¡Cuba sabrá mantenerse como ejemplo de una revolución que no claudica, que no se vende, que no se rinde, que no se pone de rodillas!” (Aplausos y exclamaciones de: “¡Viva!”)
¡Fidel es un país, Fidel es Cuba! (Aplausos.)
¡Por Cuba, con Fidel, hasta la victoria siempre!
¡Viva por siempre Fidel! (Exclamaciones de: “¡Viva!”)
¡Socialismo o Muerte!
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos! (Exclamaciones de: “¡Venceremos!”)
(Ovación.)
