Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Señora Emoción

A la altura de 25 años entregados a la música, una artista que destila el alma puede recoger muchos frutos

Autor:

Toni Piñera

Desde los mismos comienzos la artista trajo, desde el alma, la canción. Por eso, a la altura de 25 años entregados a la música, puede recoger muchos frutos. Esos aplausos y ovaciones, cual sinfonía de agradecimiento del pueblo, acompañan su quehacer escénico. Son estelas dejadas en el camino, notas de intensa pasión inscritas ya como sinónimo de su nombre: Ivette Cepeda, Señora Emoción. Porque cuando cada melodía transita por el tamiz de su personalidad, la pieza adquiere un tono singular. Hay una fuerza telúrica en la voz, en los adentros que aflora, sin magia. Ella canta con el corazón.

Mirando atrás, en un lugar muy especial de su memoria guarda: hotel Neptuno, año 1993. Allí comenzó una historia que no cesa de tejerle recuerdos y alegrías, ese sería el primer impulso de los miles de latidos compartidos por la escena. Después conquistó en el Copacabana, el Cohíba y La Divina Pastora.

Cantaba en portugués, inglés e italiano y así llegó, en 1997 al Crystal Palace Casino, de Nassau, Bahamas, donde permaneció por dos largos años. Más tarde se unió a la compañía Habana mía (2002 al 2006), que la llevó por España, Alemania, Ucrania, Honduras. El 2007 lo grabó en el crucero Blue Moon por el Báltico y el Mediterráneo, invitada por el grupo Traje Nuevo. Un año después apareció en el Gato Tuerto, y en el onceno mes de ese 2008, con su concierto Estaciones, inició su carrera de solista.

Las dos inolvidables jornadas vividas en este noviembre de 2018 en el Karl Marx —abarrotado hasta el último rincón sus dos días— hablaban de esta década de conciertos. Aquellas experiencias, todas, fueron la base que le permitió volver a alzar la voz ya con un sentido estético propio.

Tenía apretada en sus manos, con fuerza, su primera elección: ¿qué cantar? La segunda: ¿con quién?, aparecería con el grupo Reflexión, «para mi suerte me aceptó como cantante y yo a ellos como familia… hasta hoy». Pero hay más. Los excelentes arreglos de las obras que con la misma pasión/originalidad interpreta el grupo liderado por José Luis Beltrán, terminaron de armar el todo. Cada uno es un instrumentista profesional, y eso se siente cuando están en acción persiguiendo al ángel de Ivette Cepeda.

Cada concierto suyo es una ofrenda sonora en el cual se pone de manifiesto la inteligencia de la artista al seleccionar un repertorio en el que realiza, desde los mismos comienzos, una suerte de «arqueología» de la canción cubana, y a veces internacional, desentrañando, entre letras y tiempo, lo mejor del acervo patrimonial musical, que duerme en las notas de compositores, cantautores…, desandando por los más diversos estilos, para traernos al presente —con unos arreglos musicales, como ya hemos asegurado, dignos de todo elogio—, aquello que fluye dentro de esas joyas. En su voz, despiertan y renacen. Más que cantar, Ivette Cepeda cuenta historias del tiempo, hilvanando recuerdos que enciende en lo más íntimo/profundo.

Para nuestra suerte, llegó en un momento en que había una laguna, un vacío en nuestra canción, que dejaron otras grandes intérpretes por disímiles causas. Ella, con su fuerza arrolladora, llenó, con su decir, eternizando, y, tal vez, hasta despertando de un sueño, obras que son patrimonio cubano.

Después de aquel primer concierto en 2008 vinieron muchos otros, en diversos espacios: el Tocororo, el Telégrafo, el Brecht, El Sauce, El Tablao, el Mella, en todas las provincias..., «casi todos de por lo menos dos horas que me dejan siempre aliviada y deseosa de volver».

Son diez años «entregando amores por el mundo, cantando a la esperanza y al amor»: Panamá, Francia, Alemania, Estados Unidos, Dinamarca, Suiza, Puerto Rico, Colombia… Siempre Cuba… «Sigo amando la enseñanza, y este canto es un ministerio para poner luz en los corazones y unir voces al bien».

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