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Dicen que bailaba sola y triste

Whitney Houston: I Wanna Dance with Somebody no solo cumple con los clichés del cine biográfico sobre cantantes famosos,  sino que se ajusta también a las convenciones del musical

Autor:

Joel del Río

Al igual que ocurre en decenas, centenares, quizá miles de filmes biográficos, de corte santificador e histórico, la protagonista de Whitney Houston: I Wanna Dance with Somebody mira al cielo, o a los techos más altos, con los brazos abiertos. El gesto pareciera simbolizar el ansia de altura, gloria y apoteosis que signa la existencia de la mayoría de los artistas biografiados por el cine. Ok, era un gesto típico en las actuaciones de Whitney Houston, la cantante femenina más premiada y popular de los años 80-90, pero en medio de este filme, el ademán significa que a ella, como a cualquier protagonista de este tipo de biografías, jamás le faltaron ambiciones ni prominencia ni ansias de consagración, y así lo corrobora el filme mencionado, de estreno esta semana en varios cines de la capital.

Fallecida en 2012 a causa de ahogamiento accidental, provocado por la ingestión de drogas, tal y como informa el texto epilogal, que nunca falta en este tipo de filmes, la celebérrima cantante cuenta, por lo menos, con tres notables biografías anteriores: la ficción Whitney, de 2015, dirigida por Angela Bassett, y enfocada mayormente en sus problemas matrimoniales con Bobby Brown, y los documentales Whitney: Can I Be Me (2017), de Nick Broomfield y Rudi Dolezal, y Whitney (2018), de Kevin Macdonald. De modo que el filme de estreno en Cuba viene a ser el cuarto intento por retratar, sobre todo a través de relámpagos consagratorios en su vida pública, un periplo vital cuyo desenlace permanece a la sombra de lo inexplicable. De los cuatro filmes el que aporta más sólidos elementos para comprender al ser humano es Whitney: Can I Be Me, de modo que al cuarto intento solo le queda la posibilidad de reciclar, hasta donde puede, las virtudes de los empeños anteriores.

Para los admiradores de aquella mujer que convertía algunas de sus canciones en un malabarismo de virtuosa vocalización, epifanía de garganta privilegiada, quizá la película de estreno constituya una cita obligada, pero cuatro largometrajes en menos de diez años convirtieron la historia de la cantante en estribillo machacón y dato consabido, habida cuenta de que viene a sumarse, en plenitud de derechos, a lo que algunos críticos norteamericanos han clasificado como wiki-biopic, en abierta alusión a los filmes sobre cantantes (Rapsodia bohemia, Rocket Man, Aline, y muchas, muchas otras) que apenas trascienden la mera dramatización de los resúmenes biográficos  que suele publicar Wikipedia.

Por supuesto que están los momentos icónicos de una carrera estelar, y listas de datos y más datos, triunfos y más triunfos. Cito de memoria: está por supuesto, la grabación del video musical I Wanna Dance with Somebody, la presentación en el Superbowl, el rodaje de El guardaespaldas, el concierto de homenaje a Nelson Mandela, el show televisivo de Oprah Winfrey…, y además, se alude, en demasiadas ocasiones,  la cadena de éxitos número uno, a la lista casi infinita de premios y los momentos de adoración de los fans, mientras que en paralelo tiene lugar la relación lésbica, los problemas con las drogas, el matrimonio totalmente disfuncional, y hasta el declive de una voz que parecía eterna.

Tampoco faltan virtudes. Por ejemplo, las interpretaciones de Naomi Ackie en el complicado papel protagónico, Ashton Sanders como Bobby Brown, Nafessa Williams en el papel de su amiga y amante Robyn Crawford, y sobre todo Stanley Tucci (a quien recordamos en notables presentaciones en La Terminal o El diablo viste de Prada) que asume con serenidad y parsimonia el personaje de Clive Davis, el productor de discos y más que todo amigo fiel de la cantante.  Gracias al talento de los intérpretes la relación de Whitney con Davis deviene uno de los elementos más sugestivos de un filme que prefiere, según la visión de la directora Kasi Lemmons, y del guionista Anthony McCarten, victimizar a su protagonista, y presentarla cual melodramática y llorosa marioneta. Algo así ocurría con Blonde y Marilyn Monroe, pero la historia de la Houston clasifica, para su suerte, varios puntos más abajo en cuanto a histerismo y exaltación de la malaventura.

Cartel de la película.

Destaca la fotografía del británico Barry Ackroyd, regularmente asociado a hermosos filmes realistas de Kenneth Loach (El viento que mece la cebada, Lloviendo piedras, Riff-Raff), pero aquí su estilo visual se disfraza, a tono con el proyecto, de glamur pop, y por ese camino consigue el prodigio de colocar al espectador sobre el escenario, al lado de una cantante regularmente solitaria (el título es una suerte de invocación a la necesidad que siempre la acompañó de lograr una compañía cálida y comprensiva). Y así, los mejores momentos del filme tienen que ver con sus momentos musicales, en tanto recreaciones de la soledad que acompaña a los talentos descomunales, en el encierro de su imparable fama.

Porque el filme consigue no solo cumplir (demasiado) cabalmente con los clichés del cine biográfico sobre cantantes famosos en sus momentos de duro ascenso, fama arrasadora y múltiples problemas que ella acarrea con la familia, con las adicciones, etc. sino que se ajusta también a las convenciones del musical, en tanto se «encajan» los números musicales de modo que ilustran, o comentan, un momento determinado en la vida de la infortunada cantante, una mujer talentosa, rica, bella, amada, más que satisfecha en todos los sentidos que alguien puede aspirar, pero de todas formas infortunada, triste, sola. Y fallan las pocas explicaciones coherentes que aporta  Whitney Houston: I Wanna Dance with Somebody para que el espectador comprenda, tan siquiera a medias, tal paradoja.

En fin, que el filme posee un encanto irreductible solo con hacernos llegar, otra vez, la voz rotunda que llenaba todos los espacios con vibratos y melismas en aquella prodigiosa versión de I Will Always Love You. Para algunos es más que suficiente, para otros es solo parte de la banda sonora de una glosa biográfica formulista y superficial, carente no solo de alguna novedad sino también de toda complejidad, porque solo aspira a revendernos el mismo cuento y los mismos números musicales, ambos de sobra conocidos.

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