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Los dictados de Virgilio

Cuando casi roza la respetable edad de 80 años, el poeta, ensayista y escritor Virgilio López Lemus recibió una llamada que lo dejó sorprendido: recibiría el Premio Nacional de Literatura de Cuba. Pocos días después nos recibe en su apartamento y nos habla de su disciplina para escribir cada mañana, si bien reconoce que se deja guiar por los “dictados la vida", revelaciones a las que debe buena parte de su obra literaria

Autor:

Ayose S. García Naranjo

 

 

Yo soy el jorobado,

me retuerzo en la sábana nocturna

soñándome atleta.

Y soy el paralítico

en una silla dura y giradora,

la muchacha fea (…)

El Poeta, de Virgilio López Lemus

El autor, imperturbable, continúa la lectura de sus versos: (…) soy el corredor caído que gime/ y se levanta y sobre todo/ se siente triunfador del mundo (…).

Así, como todo un vencedor, se sintió Virgilio cuando el pasado 9 de enero le confirmaron, vía telefónica, el otorgamiento del Premio Nacional de Literatura.

¿Se habrán equivocado?, dice que se preguntó, sorprendido, como mismo lo hizo el año anterior, al conocer que le dedicarían la Feria Internacional del Libro.

La interrogante contiene la ironía de quien corrige, con la persuasión de su obra, el menosprecio del pasado, etapas sensibles a las que alude, en cambio, con la afable y ecuánime indiferencia con que ahora me comenta el placer que le produjo no solo la llamada del jurado, sino que le confirmaran la rapidez de la deliberación.  

«Empezaron a las 2 de la tarde y a las 2:20 ya estaba al habla con el presidente del Instituto Cubano del Libro. Parece que no discutieron mucho… menos mal», se enorgullece, y como si recordara algo imprescindible, descuelga el auricular del teléfono. No ha dejado de sonar desde que se publicara la noticia. Muchos amigos, colegas, conocidos quieren dejarle su felicitación. Todos llaman, uno tras otro. Entonces para bañarse, dormir, o sencillamente charlar, no le queda más remedio que desconectarlo.

Aprovecha la pausa también para cerrar el ventanal por el que se cuela, insistente, el viento de esta tarde invernal en que nos encontramos en su apartamento. Hace 25 años se mudó para acá, 14 pisos por encima de la calle Infanta -Centro Habana- que le conceden una privilegiada vista al resto de la ciudad.

En verano abre ligeramente la ventana y deja filtrar los sonidos ambientes, disfruta auscultarla; pero ahora, desde su hermetismo de vitrina, prefiere la contemplación de esa maqueta diminuta que por instantes le atribuye una especie de dominio sobre hombres y edificios.

A tan efímera ilusión se entrega, sosegado, con la vista fija tras los espejuelos oscuros, permanentes como las ojeras que delatan su ascendencia canaria.

Entre los acontecimientos más relevantes de su vida conserva, justamente, la visita a la tierra de sus abuelos, en La Gomera, una isla diminuta, pero de montañas tan altas que ordeñan las nubes: las atrapan, las desgarran, les sacan el agua a tirones. Y de ese forcejeo nacen un par de arroyuelos que abastecen a los habitantes del lugar.

«Una circunstancia poética, ¿no crees? Quién quita que mi afición por los versos se deba a semejantes orígenes —se ríe y agrega—: por cierto, aquellas montañas son muy parecidas a estas». Me señala la portada de Leve golpe de aldaba, donde se encuentra el poema del inicio. El ejemplar muestra el Pico El Husillo, de Fomento, su pueblo natal. El paisaje debió agradarles mucho a mis abuelos, hacerlos sentir en casa a pesar de la distancia.

Vuelve a abrir el libro para finalizar la lectura del poema. Tose, se limpia la voz. (…) Yo soy la anciana con temor del tiempo/ y el muchacho con miedo de la vida. /A todos, /yo los prohíjo y los abrazo:/ hermanos, /la tanta luz confunde mis tinieblas.

Este poema es su favorito, una suerte de “bandera en el barco”. Contiene su filosofía de vida, su modo de ser útil y ante todo, «constituye el poema que más me representa».

***

De su infancia en Fomento, Sancti Spíritus, le quedan un par de parientes y una cicatriz en el medio de la frente que le provocó la explosión, en pleno rostro, de una botella de refresco. Como no sobrepasaba los 10 años, los médicos descartaron la posibilidad de operar con anestesia y suturaron a sangre fría. Todavía incluye, entre sus recuerdos más vívidos, el dolor de la herida y la inmediata agonía por los puntos que le dieron.

Su niñez fue, lo que se dice, la de un niño bitongo sometido a la típica crianza de hijo único, sobrequerido por sus padres, tías y unos abuelos que cada domingo lo conducían al culto de la iglesia metodista.

En las fiestas del pueblo le gustaba tocar el tambor, jugaba pelota y al chucho escondido, aunque todo ello, valga aclarar, sucedía en los márgenes de su tiempo, durante los escasos intervalos en que lograba despegarse del libro de turno. Desde que aprendiera a leer a los cinco años, asegura, no ha dejado de hacerlo jamás. Lo que empezó como una obligación escolar se transformó, rápidamente, en su hobbie predilecto.

Las revistas de comics, junto con los cuentos de Perrault y los hermanos Grimm llegaron a ser experiencias incomparables en esa etapa. Fíjate que para tomarme una pastilla o vacunarme en el policlínico, les exigía a mis padres que me leyeran primero algo de esos ejemplares.

Sin tradición definida en su familia, y en un pueblo que tenía más gallinas que libros, el pequeño Virgilio sintió «un impulso» hacia la lectura. Durante su vida se volvería recurrente esta propensión hacia algo de manera espontánea, súbita, inexplicable a sus escasos años, pero que después definiría como «dictado de la vida», incapaz de percatarse durante su infancia, aunque incapaz de incumplirlo desde ese entonces.

«Leía bastante. Incluso textos de extensión científica, de matemáticas y física especulativa. También perseguía la revista Selecciones para memorizar los nombres de las ciudades más grandes del mundo, las capitales de los países, los accidentes geográficos más notables. Tenía un afán tremendo por saber».

A los 12 años le sorprende el triunfo de la Revolución, acontecimiento histórico que marcó un giro en la historia del país, pero también en la de su adolescencia y sus lecturas: pasó de las novelas de hadas al realismo socialista, de un Tarzán o La bella durmiente en el bosque, a Así se templó el acero. La literatura dejaba de ser un juego y se convertía en manual de instrucciones para la vida, en un mundo que, se decía, empezaba de cero.

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FOTOS: Favio Vergara 

En su libro El pan de Aser, Virgilio drenó todo el extrañamiento que le produjo un cambio tan hondo en su vida, la ruptura de la ensoñación hogareña tras el choque con un nuevo contexto que exigía vivir puertas afuera.

Durante ese periodo de efervescencia uno debía formar parte de la Asociación de Jóvenes Rebeldes -futura Unión de Jóvenes Comunistas- y había que marchar en las calles, hacer guardias, becarse, todo un desafío para alguien con mi crianza.

Impactado y un tanto dramático, se adhirió a la poesía de Julián del Casal y Gustavo Adolfo Bécquer a modo de consuelo, remanso íntimo en medio del fervor colectivo, hasta que a los 14 años decidiera marcharse a alfabetizar a Las Tunas.

Cumplía así con su tiempo, y a la vez, con el anhelo inaplazable de alejarse de su madre. «Ella respiraba el mismo aire que yo, por decirlo de algún modo. Y todo en exceso es malo, incluso el amor».

De regreso hizo una breve escala en Fomento antes de continuar hacia Cienfuegos, donde estudió Dibujo Técnico. Ya a los 18 años se trasladó a la capital para retomar su superación, pero apenas llegó lo movilizaron como parte del segundo llamado especial al servicio militar. Fue una etapa muy dura, también muy interesante, resume Virgilio y agrega que durante esos tres años escribió numerosos cuentos, todos impublicables, además de poemas que no pasaban de ser meras imitaciones de Walt Whitman y Rabindranath Tagore.

Y para que veas, con ninguno de los dos me quedé nunca. No tenían nada que ver con mi temperamento, pero a esa edad los consideraba semidioses.

Más que el manejo creativo de los elementos formales, utilizaba la poesía para aplacar su incertidumbre; reconocía en la libertad del verso su refugio más íntimo, una contención vital.

Por eso considero que la poesía es salvífica, porque me protegió y demostró que por los caminos del verso podía adaptarme a cualquier circunstancia.

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A inicios de la década del 70, ya con un par de manuscritos «decentes» en sus carpetas, decidió tomarse en serio su vocación y matriculó Lengua y Literatura Hispánica, en la actual Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana.

Desde entonces, dice, ha intentado trabajar todos los días de su vida, pues aún no ha identificado mejor método que la práctica para aprender el oficio, «si bien un escritor debe leer mucho más de lo que escribe. Antes de borronear una cuartilla uno debe leer 60, por decir una cifra».

En consecuencia sugiere la lectura del diccionario como la gran novela de la lengua, a la que se acude cada día para fijar términos y conceptos, aprehenderlos. No halla defecto más imperdonable en los escritores noveles que su estrechez de vocabulario. La ausencia de palabras los maniata, los condena. 

A su edad, dice, todavía lo lee a modo de ejercicio. «Para mí la creación le debe un 10% a la inspiración y un 90% a la disciplina. El verdadero escritor no puede esperar todo el tiempo a que le baje la musa».

Él prefiere descolgarla del pedestal cada mañana, de nueve a 12. Esas tres horas, dice, le rinden por 24. En la tarde, por lo común, lee, tacha, corrige, duda, le da forma a su inspiración matutina. Y luego, en la noche, se consagra a la lectura, cuanto más a anotar alguna idea súbita.

¿Has escuchado el tango que dice ´fumar es un placer genial sensual´? Pues para mí escribir es una necesidad, el único placer genial sensual.

En el acto de consumarlo precisa mantener bajo su campo visual de ocho a diez bolígrafos. Ni siete ni once: de ocho a diez. Con menos no se concentra. La mente se dispersa, acechada por la posibilidad de que le surja una idea brillante —un destello, una conexión— y carezca del medio físico, inmediato, para capturarla.

Necesita ciertas garantías, se excusa, como si pidiera perdón por sus exigencias íntimas. Generalmente escribe en agendas antes de teclear a la computadora. Pero incluso cuando lo hace directamente en la PC echa mano a sus bolígrafos. Allí, sobre el escritorio, inútiles y esenciales. Es un ritual —dice, y hace una pausa, buscando la palabra exacta— más bien un estímulo… mi estímulo de trabajo.

Él asegura que un escritor los requiere para sostener su constancia. Ha escuchado los más disimiles rituales y fetiches, como el de Marcel Proust, que colocaba manzanas cerca de su mesa de trabajo y no las retiraba hasta que se consumieran, fermentadas.

Era un fanático al olor de la fruta, y claro, en casi toda la obra de Marcel Proust el sentido olfativo resulta extraordinariamente fuerte. En mi caso, creo que hago más énfasis en la vista y el oído. Necesito el silencio, y necesito observar un objeto que me ofrezca la tranquilidad de saber que, si lo necesito, puedo utilizarlo sin contratiempos.

Con bolígrafos o sin ellos, nunca ha logrado escribir sobre temas impuestos. Mucho menos poesía, cuyos versos se le presentan a manera de revelaciones, o incluso, sutiles alternancias de la realidad. Puede que en medio de una avenida note, de pronto, que la luz ambiente se ha vuelto más nítida. No tiene que ver con la intensidad del sol, sino con la textura de las cosas y un repentino aumento de su relieve que le sugiere buscar de inmediato una sombra, sacar su agenda y aprovechar esa grieta sensorial, efímera por naturaleza, que le impulsa a escribir.

A menudo le sucede también que un filme o el fragmento de una canción le dicta un verso, y confirma que, si se toma el tiempo de extraerlo de la mente, plasmarlo en un papel y darle curso durante un rato, surgió sin duda alguna un poema.

El propio Rilke lo decía en las Elegías de Duino, que una voz lo asaltaba y le dictaba los tres primeros versos. Después el poema aparecía solo en el transcurso de la escritura.

A veces, claro está, el texto es desechable. Un escritor descarta mucho más de lo que publica; pero hay ocasiones en que Virgilio se sorprende con el resultado.

Lo define como el «dictado de la vida», algo sobre lo que tiene más una intuición que un concepto. Se trata de las voces que pueblan su conciencia, latidos que se desatan mientras escribe y provocan que las frases le lleguen como dentro de un balanceo.

A qué se debe, si no a esos mandatos, que escribiera un estudio sobre Rainer María Rilke, un poeta praguense de lengua alemana y francesa que vivió solamente en Europa ¿Cómo le surgió la idea, la motivación? ¿Cómo se convirtió en uno de sus libros más entrañables? Lo desconoce, pero ya no se preocupa, convencido, como Lezama Lima, que cualquier otro intento por describir lo que siente escapará aun cuando haya logrado su definición mejor.

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FOTOS: Favio Vergara

Durante sus años de estudio en la Facultad de Artes y Letras Virgilio visitó la calle Trocadero #162 para conocer al maestro. Un tiempo atrás había leído Paradiso y le pareció terrible, pero en el momento del encuentro dicha obra se encontraba en pleno apogeo internacional, a diferencia de su autor, que vivía una especie de ostracismo debido a la política cultural de la década del 70.

Era un hombre sencillo, para nada hipostasiado ni sentado sobre su fama. Conmigo fueron un par de compañeros de aula y enseguida nos leyó poemas, nos obligó a que le mostráramos los nuestros. Durante el diálogo le confesé que no había entendido Paradiso, y él me contestó, calmado, que de seguro se debía a algo congénito en mi personalidad. Bueno, evidentemente me dijo bruto, pero a mí aquello no me molestó, sino que más bien removió en aquel muchacho un poco vanidoso el deseo de comprender y aprehender.

Y solo después de muchos años aprendí que Lezama es un poeta de poetas, virtud de unos pocos que producen un efecto bienhechor cuando otro poeta lo lee. Es el caso de Rilke, Fernando Pessoa, Antonio Machado, de Martí sin duda alguna. La inmensa parafernalia de palabras, ideas e imágenes de Lezama crean un reto, un deseo de dominar todo ese universo lingüístico, que en la práctica es indomeñable porque él no es un escritor para comprender, sino para asimilar por medio de sus imágenes.

Nada heredó de Lezama en su estilo, aunque la influencia del autor le llevó a escribir «Narciso, las aguas y el espejo», uno de los libros que han definido su obra literaria y por el que mereció el Premio Internacional de ensayo sobre Investigación de Humanidades Millares Carlo, otorgado por el Gobierno de Canarias y por la Universidad Nacional a Distancia de España.

Según la cercanía al autor cubano definió su periodo universitario, Virgilio explica que puede recapitular su vida por la asociación de los escritores y los libros que en cada momento lo han poseído. Así, Dostoievski abarcó, íntegros, sus 18 años, le llenó de preguntas sobre el sufrimiento, la redención, la ambigüedad de la naturaleza humana,  hasta que a los veinte le golpeara Rainer María Rilke con su hermetismo metafísico.

De los 25 a 28 años se deslumbró con Antonio Machado, tanto, que el título de su primer poemario lo copió de uno de sus versos: «Hacia la luz y hacia la vida». 

Luego, a los treinta, no duda en mencionar La montaña mágica, de Thomas Mann. Alegoría del tiempo y la enfermedad que continuó con Muerte en Venecia, Luis Cernuda, Hermann Hesse y una interminable lista de nombres que le mostraron, cada uno a su tiempo, una manera de ver la realidad, de sentirla, de sobrevivirla. Cada libro, una edad.

«Todos estos escritores me ofrecieron, ¿cómo decir? Hay una palabra muy antigua, prácticamente en desuso, que se llama estro. O sea, me han ofrecido un grado inspirativo fuerte e inagotable que se renueva cada vez que vuelvo a ellos».

***

Virgilio se reconoce, ante todo, poeta, si bien le resulta cada vez más difícil escribir poesía. “De los 20 a 40 años llega incluso a hacerse vomitiva. O sea, uno devuelve el mundo por medio del texto poético; pero después te percatas que aquello no siempre es arte, sino solo revulsión”.

La edad le ha puesto mucho más estricto con lo que escribe, y en varios años puede que no logre más de 3 o 4 poemas dignos de impresión. Sin embargo, hasta hoy tiene 48 libros publicados y de ellos, 16 recogen sus sonetos, décimas y muchas otras estructuras de la métrica tradicional hispánica.

—Son libros pequeños —se defiende— a mí me gustan entre 100 y 200 páginas. El próximo que saldrá por la editorial Letras Cubanas, quizá para 2027, no supera las 90 páginas. 

Con ello busca aumentar sus probabilidades de lectura en una modernidad hiperestimulada. Ni siquiera en sus inicios escribió por vanidad, sino para serle útil a las personas, así si sea con uno de sus versos.

Su obra lírica, en cambio, ha vivido la subestimación de muchos que todavía hoy le consideran más ensayista que poeta. “Ellos no se percatan que lo primero en mí es el mandato poético. En cualquiera de mis libros encontrarás poesía tanto en el tema como en el género que haya abordado. Esa subestimación la he recibido con mucha fuerza, durante décadas. Quizá el Premio Nacional de Literatura se deba más a mi trabajo como crítico y ensayista que como poeta. Y claro que a uno le da un poco de dolor y se siente mal en ese sentido. No obstante, en los últimos 15 años no me puedo quejar. Yo creo que he sido más explorado de lo que incluso merezco”.

En efecto, ha obtenido una voluminosa cantidad de premios no solo en Cuba, sino en España, Colombia, Brasil, Ecuador, México, Italia y Francia, donde encontró un público que le sigue y le invita a conferenciar.

El escritor Joel Franz Rosell, al conocer el otorgamiento del Premio Nacional de Literatura, rememoró en su perfil de Facebook que diez años antes Virgilio visitó la Universidad de Rouen. «Profundo conocedor de la poesía, investigador acucioso y poeta inspirado y minucioso, él merece ampliamente este reconocimiento a la calidad de su obra y trayectoria. ¡FELICIDADES, POETA!».

***

Varios de los reconocimientos cuelgan de las paredes de su casa, no todos, pues el apartamento es pequeño, la sala estrecha y Virgilio prefiere poblarla de cuadros y de libros. Aun así asoman, imponentes, el premio Rafael Alberti de Poesía, el Premio Iberoamericano Indio Naborí de décima y verso improvisado, la distinción del Ministerio de Cultura “por su valiosa contribución a la cultura nacional” y sobre una silla —ya no cabía de ninguna manera—, el reconocimiento de la Academia de Ciencias de Cuba como Académico de Mérito.

A su lado se encuentra la egoteca, un estante de 4 pisos rebosado de ejemplares que, por una razón u otra, llevan su firma. Al azar saca su estudio sobre la representación de la violencia y el subdesarrollo en la obra de García Marquez. Se publicó en el año 81, nueve meses antes de que le confirieran el Nobel al escritor colombiano.

«Me anticipé a la academia —se ríe, y luego se queja de la calidad del ejemplar, ya estropeado, de hojas carcomidas, casi impalpables— los libros empiezan a envejecer antes que uno».

Encima, de un extremo a otro de la pared, se prolonga una repisa con textos más antiguos, de lomos macerados y de contenido filosófico y lírico. «Aunque ya los utilizo menos, los tengo como compañeros aquí en la sala», menciona y con el dedo apunta a las antologías de Milanés y José Zacarías Tallet.

La mayoría de su patrimonio se concentra en los dos cuartos, donde múltiples estantes permanecen rebosados a pesar de la reciente donación que realizara a la Biblioteca Provincial de Matanzas. 

Este viaje mandé 21 cajas con toda mi biblioteca de poesía, pero previamente también doné a las bibliotecas de Casa de las Américas, Santa Clara, Fomento. Yo necesito más saber que agenciarme de las cosas, prefiero conocerlas que tenerlas.

Hay ejemplares, como es lógico, que no negociaría bajo ningún concepto, como las obras completas de Antonio Machado, los ensayos de Gaston Bachelard y todas las obras que contengan elementos ocultistas o esotéricos. Estas últimas las resguarda bajo el sello de ´tesoros´.

No obstante, escoge Las mil y una noches por encima de cuantos autores y ediciones valiosas retiene. Es el libro que más vuelos le ha ofrecido a mi imaginación tras su lectura. De inicio a fin, la poesía atraviesa sus páginas.

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FOTOS: Favio Vergara

A sus 79 años, Virgilio se considera un agudo conocedor del horóscopo, «mundo» al que llegó por el estudio de Cien años de soledad. «García Márquez organizó sus personajes sobre la base de signos astrológicos: concibió piscis a Aureliano Buendía, escorpión a Úrsula, y de esa información se derivan interpretaciones que no debe ignorar una crítica acertada».

Se apasionó tanto con el tema que hoy presume de tirar el tarot. «Cuando la soga me apriete, al menos sé que no me voy a quedar sin comer», se ríe, aludiendo a que minutos antes se había referido a los 4mil pesos que recibe por su jubilación. En los tiempos actuales vive, sobre todo, de sus ingresos por derechos de autor.

«Me reconozco afortunado en ese sentido. Gracias a la vida y gracias a mi tesón, porque soy un escritor de más tesón que talento».

A veces, jaranero, se define como «un comemierda que hasta un chicuelo engaña» —verso de José Zacarías Tallet—. Otras, más solemne, dice que le gustaría ser recordado como una buena persona que escribió poesía, quizás también buena.

«Más allá de las altas y las bajas —dice, ahora memorioso— creo que lo más perdurable ha sido mi afán de saber, de trabajar cada día, ese sentimiento que me lanzó a la lectura en mi infancia, por el que he abandonado fiestas, paseos y reuniones de amigos, y que no me ha abandonado hasta hoy. Yo creo que el último día de mi vida tendré el afán de saber cómo se muere uno», concluye Virgilio, hombre que no piensa demasiado en la muerte, aunque sí en reencarnación para contar su experiencia y de paso, adelantar todo el trabajo que le queda pendiente.

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