Mario Mandzukic fue uno de los grandes protagonistas de la gesta de Croacia en la Copa Mundial de Fútbol Rusia 2018. Autor: Tomada de ESPN Publicado: 25/05/2026 | 08:22 pm
Croacia aterrizó en el verano ruso de 2018 con el perfil bajo de quien está acostumbrado a que los focos iluminen otros nombres. Era, en todas las quinielas, la hermana pequeña de las grandes potencias, una selección con talento pero sin pedigrí, un puñado de futbolistas de un país de apenas cuatro millones de habitantes que no entraba en los planes de nadie para la gran final.
Sin embargo, en ese vestuario modesto latía una generación irrepetible, la generación dorada tejida con el hilo invisible que unía las botas de Luka Modric e Ivan Rakitic, dos arquitectos del centro del campo que convertirían cada partido en una partida de ajedrez. La primera fase fue un aviso: victoria solvente ante Nigeria, un recital ante la Argentina de Messi que empezó a borrar del mapa cualquier complejo y un triunfo con suplentes ante Islandia que certificó el pase con pleno de puntos.
Pero la verdadera leyenda no se escribe en la comodidad de la fase de grupos, sino en el alambre. Lo que vino después fue una travesía por el desierto de la resistencia humana que ningún equipo había osado completar jamás. Octavos de final: Dinamarca. Igualada a uno en el tiempo reglamentario y prórroga extenuante que desembocó en la tanda de penaltis, donde emergió la figura de un gigante con guantes llamado Danijel Subasic, que atajó tres lanzamientos y metió a Croacia en cuartos.
Y así el destino, caprichoso, quiso poner a prueba su resistencia: el anfitrión, Rusia, esperaba en Sochi. De nuevo empate, esta vez a dos goles. De nuevo prórroga, con el equipo arrastrando las piernas como pesos muertos sobre el césped. Y de nuevo la ruleta rusa desde los once metros, con un Subasic lesionado en el muslo que, a pesar de su molestia, decidió continuar en el partido y volvió a erigirse en héroe para silenciar a todo un país. Croacia, la primera selección en la historia que sobrevive a tres prórrogas en un mismo Mundial, empezaba a caminar sobre el alambre de la inmortalidad.
El penúltimo acto fue una remontada que condensó toda la épica de un pueblo acostumbrado a levantarse. En la semifinal contra Inglaterra en el Luzhniki, un golpe tempranero de Trippier —el tanto más rápido en una semifinal en sesenta años— amenazó con despertar a los croatas de su sueño.
Pero este equipo no entendía de rendiciones: Ivan Perisic, con un zapatazo al borde del área que aún resuena en las gradas del fútbol mundial, igualó el partido a los 68 minutos. Y cuando el partido se encaminaba a otra tanda de penaltis, Mario Mandzukic, el depredador del área, cazó un balón suelto en el minuto 109 para desatar el delirio de un país entero. Croacia avanzaba a su primera final de una Copa del Mundo, y lo hizo convirtiéndose «en el país con menos población en jugar el partido decisivo de un Mundial desde que lo hiciera Uruguay en 1950».
En la final, el poderoso huracán francés, liderado por Mbappé y Griezmann, fue un muro demasiado alto incluso para unos corazones que ya habían desafiado todas las leyes de la física. A pesar de que Croacia dominó el inicio con una posesión asfixiante, un autogol de Mandzukic y la intervención del VAR inclinaron la balanza del lado galo.
El 4-2 final fue un resultado cruel que no hizo justicia a la entrega de un equipo que, según las estadísticas, fue superior en muchos tramos del partido. Pero aquella derrota, lejos de empañar su gesta, terminó de cincelar una leyenda que el mundo del fútbol recibió con una reverencia unánime. En la entrega de premios, Luka Modric, el timonel silencioso, recibió el Balón de Oro del torneo como reconocimiento a su inmensa calidad y al increíble desempeño de su selección.
La madrugada de la final, cuando los fuegos artificiales ya se habían apagado sobre el estadio Luzhniki, los aficionados croatas no se marcharon. Se quedaron allí, envueltos en sus banderas, con los ojos húmedos y una sonrisa que no necesitaba explicación. No habían ganado la copa, pero habían conquistado algo mucho más difícil: el alma del fútbol.
En ese instante, sin necesidad de pronunciar palabra, todos entendieron que aquella historia de resistencia, de prórrogas eternas y de penaltis agónicos, ya no les pertenecía solo a ellos. Se había convertido en un espejo donde cualquiera, en cualquier rincón del planeta, podía mirarse y encontrar la fuerza para seguir caminando cuando todo parecía perdido. Porque hay viajes que valen por el destino, pero hay otros, los que de verdad importan, que valen por cada paso que diste para intentarlo.
