Zinedine Zidane bate a Buffon y marca uno de los mejores penales de la historia Autor: El País (Cali) Publicado: 31/05/2026 | 07:24 pm
El 9 de julio de 2006, en el Estadio Olímpico de Berlín, Zinedine Zidane escribió con su botín derecho el verso más bello jamás recitado sobre un césped. Fue un instante suspendido en el tiempo, una miniatura de perfección que solo los elegidos pueden tallar. Pero aquella misma noche, el poeta se convirtió en mártir, y la belleza más sublime quedó manchada por la tragedia. Porque Zidane no solo cobró un penal: rozó el cielo con la punta de los dedos y después, voluntariamente, se arrojó al abismo.
Corría el minuto siete de la final cuando el árbitro Horacio Elizondo señaló el punto fatídico. Florent Malouda acababa de ser derribado por Marco Materazzi y el balón quedó posado sobre la cal como una promesa incierta. Zidane lo tomó entre sus manos, lo besó con la devoción de un creyente y lo depositó sobre el punto de penalti con la delicadeza de quien coloca una rosa sobre un altar. Al otro lado, Gianluigi Buffon, el guardián invencible de la Juventus, el portero que apenas había encajado dos goles en todo el torneo —y ninguno de jugada—, se estiraba bajo los tres palos como un coloso de mármol.
El mundo contuvo la respiración. Zidane tomó carrera con la serenidad de un monje zen, amagó con la cadera y, en lugar de disparar con potencia, acarició el esférico con el interior de su pie derecho. El balón ascendió lentamente, describiendo una parábola imposible hacia el larguero. Golpeó la madera con un beso sonoro, ese sonido metálico del balón chocando contra el travesaño, botó unos centímetros más allá de la línea de gol y salió rebotado hacia el exterior, como si dudara antes de conceder su gracia. Buffon, petrificado, solo pudo girar el cuello para comprobar lo inevitable. Aquel penal no fue un disparo: fue una caricia, un susurro, la definición misma de la palabra elegancia.
Con el 1-0 en el marcador, Francia se sintió dueña del destino. Zidane, el capitán que a sus 34 años disputaba el último partido de su carrera, caminaba sobre el césped como un semidiós que ha descendido para dictar su testamento. Cada toque suyo era un manifiesto; cada pase, una lección de geometría sagrada. Durante más de cien minutos, la Copa del Mundo parecía destinada a ser el broche de oro de una trayectoria irrepetible. Pero los dioses, cuando se saben mortales, también pueden enloquecer. En el minuto 110, con el partido empatado a uno tras el gol de Materazzi y encaminado a los penaltis, ocurrió lo impensable. Una discusión entre ambos jugadores derivó en un instante de furia: Zidane giró el rostro, bajó la cabeza y embistió con ella el pecho del defensor italiano, derribándolo como un toro que pierde la razón. Elizondo, tras consultar a sus asistentes, extrajo del bolsillo la tarjeta roja más amarga de la historia de los Mundiales.
La imagen de Zidane abandonando el campo, cabizbajo, pasando junto a la Copa del Mundo sin siquiera mirarla, es uno de los fotogramas más desgarradores del deporte. En apenas dos horas, el héroe se había transformado en villano; el poeta que acarició el larguero con un penal de seda se marchaba por la puerta de atrás, dejando a su selección huérfana y al planeta entero sumido en un desconcierto que aún hoy no se ha disipado del todo. Italia terminó conquistando el título en la tanda de penaltis, y Buffon, el gigante que Zidane había conseguido doblegar con la sutileza de un pincel, alzó la copa al cielo de Berlín. El fútbol, ese dios caprichoso, había escrito un guion que nadie se atrevería a firmar.
Dicen que las canciones más hermosas nacen de las imperfecciones, que un verso cojo puede ser más perfecto que una sinfonía milimétrica. El penal de Zidane fue exactamente eso: una obra maestra breve, apenas un segundo de belleza pura que luego quedaría sepultada bajo la avalancha del desenlace. Pero quienes lo vieron saben que aquel instante, ese roce con la madera antes de besar la red, merece ser recordado como la metáfora más exacta de su autor: un genio que siempre caminó sobre el alambre, capaz de rozar lo sublime y lo terrible con la misma facilidad. Porque hay obras que no necesitan ser eternas para ser inolvidables, y aquel penal sigue flotando en la memoria como una melodía que, aunque breve, nos recuerda que la belleza más pura a veces solo necesita un suspiro para existir.
