Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Pactos de no agresión en Texas y California

Mientras el mundo esperaba fuego y espectáculo, Dallas y San Francisco ofrecieron dos lecciones de pragmatismo

Autor:

Ruben Darío García Caballero

 

 

 

En Texas y California, el fútbol dejó de ser ese deporte de emociones desbordadas para convertirse en un ejercicio de aritmética. Japón y Suecia empataron 1-1 en el Dallas Stadium; Australia y Paraguay firmaron un 0-0 sin goles en el Levi's Stadium de Santa Clara. Cuatro selecciones, dos empates, un solo objetivo: sobrevivir. Y en esa supervivencia, el espectáculo quedó en segundo plano.

Porque el problema no fueron los empates, el problema fue hacer tan espesa la noche de jueves en el Caribe. En Dallas, la primera parte fue un ejercicio de paciencia que rozó la monotonía. Japón y Suecia, dos equipos con pedigrí ofensivo, se miraron durante 45 minutos como boxeadores que estudian al rival sin lanzar un solo golpe. Ninguno encontró los espacios para lastimar; los porteros estuvieron casi como espectadores. La única nota de color fue la lesión de Isak Hien, que abandonó el campo en el minuto 37 y obligó a Graham Potter a rehacer sus planes antes del descanso.

El fútbol esperaba, paciente, hasta que el complemento trajo otra historia. Japón salió decidido a romper el cerrojo y en el minuto 55 lo logró: Daizen Maeda fusiló a Widell Zetterström dentro del área. Pero Suecia no tardó en responder. Anthony Elanga tomó el balón por la banda derecha, recortó hacia el centro y soltó un remate pegado al palo que el portero japonés no pudo detener. Dos golpes en menos de diez minutos que le devolvieron al partido toda la tensión que le había faltado durante la primera hora. En el tramo final, ambos buscaron el gol de la victoria sin encontrarlo. El empate terminó siendo justo para los dos, y con él, Japón cerró la fase de grupos sin derrotas por primera vez en su historia.

Mientras tanto, en California, el guion fue aún más parco. Paraguay y Australia protagonizaron un partido chato y carente de jugadas de riesgo. Australia dominó la posesión con un 55,9 por ciento y disparó 12 veces al arco, pero solo 5 fueron a puerta. Paraguay, más conservador con su esquema 5-3-2, apenas inquietó con 7 tiros y 2 remates directos. El rigor defensivo fue una constante, y las amonestaciones a Jackson Irvine y Diego Gómez condicionaron el trámite.

Y es que ambos equipos sabían que un empate les bastaba. Australia, con cuatro puntos, aseguró el segundo lugar del Grupo D y su pase a los dieciseisavos. Paraguay, también con cuatro unidades, se metió entre los mejores terceros a la espera de otros resultados. No hubo heroicidades, no hubo épica. Hubo una calculadora en cada banquillo y un pacto tácito de no agresión.

Por unas horas el fútbol, ese deporte que debería ser pasión, se convierte en veces en un ejercicio de frío cálculo. Pero esta vez, el dolor fue compartido. Porque Japón y Suecia saben que el empate les permite soñar con cruces exigentes —Brasil para los nipones, Francia para los suecos—; porque Australia y Paraguay celebran la clasificación como un triunfo. Dos empates, cuatro sonrisas. Y una pregunta flotando en el aire de Texas y California: ¿fue fútbol o fue diplomacia?

En la noche del jueves, en Dallas y San Francisco, el fútbol fue libre de ser aburrido. Fue libre de ser práctico. Fue libre de firmar pactos de no agresión que, en el fondo, son la expresión más honesta de un Mundial donde sobrevivir es el primer mandamiento. El problema no fueron los empates. El problema, quizá, fue esperar otra cosa.

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