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La samba de Martinelli derriba la katana del samurái

La efectividad de Martinelli silenció el filo de la katana japonesa en el NRG Stadium, donde la Canarinha bailó al borde del abismo

Autor:

Ruben Darío García Caballero

El aire del NRG Stadium olía a drama y a suspenso. 68.777 gargantas se tensaban al compás del tambor, mientras los primeros compases del partido escribían un guion que nadie en la verdeamarelha quería leer. Los Samuráis Azules, con su disciplina milimétrica y su paciencia de orfebres, no habían venido a Houston a hacer turismo. Vinieron a escribir la página más dorada de su historia. Y durante 45 minutos, estuvieron a punto de firmarla.

La primera estocada llegó con la firma de Kaishu Sano. Un pase mal medido de Danilo, un robo en el círculo central y una carrera vertical que partió en dos la defensa brasileña. El centrocampista del Mainz, con la sangre fría de un guerrero entrenado para no dudar, fusiló a Alisson desde la frontal. Era el minuto 29, y la katana del samurái ya había dibujado el primer tajo en el orgullo pentacampeón. Japón se adelantaba. Brasil, aturdido, se agarraba al ritmo de sus tambores como un náufrago a su tabla.

La primera mitad fue un monólogo amarillo de impotencia. Vinicius, que había bailado en la fase de grupos, se enredaba en la maraña defensiva nipona. Matheus Cunha apenas podía encontrar espacios donde respirar. Y Ancelotti, con su pálpito de veterano y su rostro de piedra, miraba el reloj como si quisiera devorarlo. En el banquillo, Neymar esperaba. Las pantallas gigantes mostraban su imagen y el estadio rugía. Pero el italiano, fiel a su instinto, guardaba su as bajo la manga para la prórroga. Al descanso, Japón soñaba. Brasil sudaba.

La segunda parte, sin embargo, fue un cambio de ritmo, una samba que empezó a sonar con más fuerza. El joven Endrick saltó al césped en lugar del lesionado Lucas Paquetá, y con él llegó la chispa que había faltado. Brasil empezó a cercar el área nipona como un depredador que huele la sangre. Y en el minuto 56, la tormenta amarilla encontró su rayo: Gabriel Magalhães colgó un centro al segundo palo, y Casemiro, cual veterano ancla del mediocampo, remachó con la testa para firmar el empate. El grito de gol fue un desahogo atávico, un río de alivio que recorrió las gradas de Houston.

Pero Japón no era un adversario cualquiera. Los Samuráis se replegaron con orden, se convirtieron en un muro de carne y hueso, y defendieron su sueño con la dignidad de quien ha aprendido a sufrir. Zion Suzuki, portero héroe en la fase de grupos, se multiplicaba bajo palos. Y Vinicius, que había tenido en sus botas el gol del torneo, vio cómo la punta de los dedos del guardameta desviaba su disparo contra el poste. El balón se negaba a entrar. El tiempo se escurría como arena entre los dedos.

Y entonces, cuando el partido agonizaba en el filo del descuento y los fantasmas de la prórroga asomaban la cabeza, apareció la samba de Martinelli. El delantero del Arsenal, que había entrado en el minuto 66 como un susurro, se convirtió en un grito en el 90+5. Bruno Guimarães le filtró un pase al espacio, y el brasileño, con la cadencia de quien ha nacido para estos escenarios, recortó, se acomodó el balón y batió a Suzuki con un disparo seco y certero. El NRG Stadium explotó. La samba se impuso a la katana. La espada samurái, tan afilada durante 94 minutos, se partió contra el muro de la inercia brasileña.

Brasil ganó 2-1. Japón, una vez más, se quedó a las puertas de su primera victoria en una eliminatoria mundialista. Los Samuráis Azules, que habían soñado con despertar al gigante dormido, se despidieron con la cabeza alta, sin haber perdido la compostura ni siquiera en la derrota. Brasil, en cambio, sigue vivo. Se medirá al ganador del Costa de Marfil-Noruega en Nueva Jersey. Y lo hará con la lección aprendida: que la samba, para ser bella, también debe ser efectiva. Que la katana, por muy afilada que esté, siempre puede encontrar un bailarín que la esquive en el último segundo.

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