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Plata de oro

Los cubanos Jesús Rodríguez y Bernaldo Arias, dos debutantes en Juegos Centroamericanos, lograron una plata en la plataforma sincronizada del clavados frente a una dupla mexicana integrada por el campeón mundial Randall Willars Valdés

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

 

SANTO DOMINGO, República Dominicana.— Jesús Rodríguez y Bernaldo Arias se estrenaban por partida doble. Es la primera vez que compiten juntos. También es la primera vez que participan en unos Juegos Centroamericanos y del Caribe.

Y a pesar de la presión lo lograron. Ahí tienen una plata en la plataforma sincronizada, después de un duelo cerrado con la dupla mexicana, integrada por Emilio Treviño Laureano, una promesa en ascenso del deporte azteca, y Randall Willars Valdez, campeón mundial en Guadalajara 2025 y medallista de oro en los Juegos Olímpicos de la Juventud Buenos Aires 2018.

Detrás estaba la pareja de los colombianos de Alejandro Solarte (bronce Panamericano en Santiago de Chile 2023) y Sebastián Villa Castañeda (bronce en los panamericanos de Guadalajara 2011 y Santiago de Chile). Por demás, que compiten juntos desde el ciclo olímpico de París 2024.

O sea, dos jovencitos cubanos, bisoños, se enfrentaron a cuatro atletas curtidos y ubicados en la élite continental y del mundo. Para asustar a cualquiera y más cuando se tiene que vivir la soledad de un trampolín de diez metros de altura, en cuya área se hace un silencio de sepulcros a la hora del lanzamiento.

Pero el ímpetu, los deseos de crecerse hacen lo suyo. Es el extra que permite desnivelar los enfrentamientos en favor de quien más se aferra. Y Jesús y Bernaldo lo hicieron.

Sabían que con México las posibilidades eran pocas; pero los tuvieron en cuenta.  La cuestión era que los cubanos podían esforzarse a su límite, incluso intentar rebasarlo, que al final los aztecas estaban en eslabón alto. Debía ocurrir lo improbable. Que Willars y Treviño se disociaran y cometieran algún fallo que bajara de puntuación. Un sueño a lo Calderón de la Barca.

Con los colombianos tampoco la tenían fácil, aunque con ellos las oportunidades eran mayores. «La presión era grande, pero como decimos los cubanos: no hay nada imposible», dijeron sonrientes Jesús y Bernaldo, una vez terminada la competencia, convencidos de la pelea que acababan de superar.

Quienes lo vieron, pueden afirmarlo. Incluso, por momentos el marcador los puso por delante de los aztecas. Era un increíble, que pronto sería superado. Pero ahí estaba. El asunto es que los mexicanos no bajaban la guardia. Cada salto era la búsqueda de una perfección.

Sin embargo, hubo una inversión para poner el sello. Fue de las últimas. Los cubanos llegaron en sin de fiestas. Chocaban las palmas, se reían. Tal parecía que iban a entrar a un baile. Se secaron, lanzaron las toallas desde lo alto con despreocupación. Luego se irguieron con los brazos extendidos. Parecían par de estatuas. En el Centro Acuático no se escuchaba nada. Solo la tos de alguien, que la reprimía para que el silencio reinara. De pronto, los cubanos saltaron. Dieron tres volteretas en el vacío, con el tronco del cuerpo pegados a los pies para romper el agua, erguidos, parejos, convertidos en dos flechas que marcaron un hecho: ahí estaban los nuevos príncipes del Caribe.

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