Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Cantinflas

Después de ver unos cuantos combates, luego de observar forcejeos de todo tipo con la lucha, el judo o el taekwondo en estos Centroamericanos, a uno le asalta una pregunta: ¿cómo sería una pelea con Cantinflas?

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Después de ver unos cuantos combates, luego de observar forcejeos de todo tipo con la lucha, el judo o el taekwondo en estos Centroamericanos, a uno le asalta una pregunta: ¿cómo sería una pelea con Cantinflas?

La interrogante surgió en las jornadas iniciales del judo y se reforzó con los torneos de taekwondo para terminar en las posibles variantes de una competencia de tiro con arco, que tanto orden y ecuanimidad exigen.

Entonces, por obra y gracia de la mente, lo que se empieza a ver no es la pelea real, sino a Cantinflas. Queda claro que, en el boxeo, el comediante se echaría a correr por todo el ring con el short a mitad de cadera, pondría al árbitro delante mientras le grita cosas al adversario y aprovecharía para darle galletazos y cogotazos, mientras reclama al oponente —siempre con el juez en el medio— por su cobardía al no pelear como los hombres.

En esgrima, al menos, se tiene una idea más precisa. Las razones se encuentran por la película Los tres mosqueteros, donde interpretó a D'Artagnan. Solo que, en un torneo Centroamericano, manejaría la espada, agachado en el piso, lanzando mandobles como si el arma fuera el palo de una escoba.

En el tiro con arco, armaría un reguero de flechas a medio guardar en la funda o dispararía en la dirección equivocada. Posiblemente, horrorizaría al público al apuntar contra las gradas a la hora de acomodar la flecha en el arco y hasta le reclamaría al árbitro la frescura del viento, «que se ha metido en el medio, así no más y me ha amañado el tiro, y usted no ha dicho nada, ¿a qué estamos?».

Pero, ¿en los otros? En el taekwondo, lo más probable es que se aparecería con la careta y el peto hechos un desastre. Cuando dieran la orden de combate y le enviaran la primera patada, de seguro que saldría a toda carrera o le diría al contrincante que «¿cuál es esa falta de respeto, usted con esos modales aquí, en público?». Para después quitarse la careta y caerle a caretazos.

El judo sería un poema. En un deporte identificado por su marcialidad, Cantinflas se aparecería con un kimono bien estrujado, como acabado de sacar de una botella, la cinta amarrada a como diera lugar y el pantalón, por su parte, por debajo de la cadera en su parte trasera.

A la hora del combate, como norma, se echaría a correr por todo el colchón o trataría de treparse en la espalda de su contrincante. Cuando lo agarraran por el cuello del kimono, protestaría. «Oiga —gritaría—, suelte, que me estruja el traje, con el trabajo que me dio plancharlo».

A la hora de voltearlo, Cantinflas daría saltos. Tal vez se le prendería de la cintura; pero sin dudas que intentaría unas zancadillas y hasta alguna patada por detrás. Cuando lo levantaran en peso pediría auxilio y cuando lo tuvieran inmovilizado, gritaría a los jueces para que le quitaran al oponente de encima y hasta ensayaría sus cosquillas o introducir el dedo en ciertas anatomías de las partes bajas de la espalda por aquello de que la defensa siempre está permitida.

Y, tal vez, porque la vida es así, con tantas vueltas por dar, Cantinflas hasta ganaría la medalla de oro. Pero por sí o no, y mientras se averigua, a uno no le queda más remedio que resignarse mientras los espectadores que están a su lado miran preocupados por ese loco, con credencial de prensa, que se ríe cuando debiera gritar como un niño feliz al ver la pelea más grande de su vida.

 

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.