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Confesiones al pie de la victoria

Tres protagonistas de la victoria de Cuba sobre México en el hockey femenino de los Juegos Centroamericanos y del Caribe hablan de un partido que se mostró incierto hasta el último segundo

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

SANTO DOMINGO, República Dominicana.— Hacer entrevistas en el momento de una victoria, puede ser algo felizmente muy complicado. Lo de feliz viene porque la alegría se comparte. Lo complicado viene por la apoteosis que se arma. Los ánimos se exaltan. Todo el mundo salta, grita, llora, habla, y las declaraciones se hacen difíciles porque las palabras se entrecortan.

Ese fue el caso del partido de hockey entre Cuba y México por el oro. El torneo se dirimió por penaltis, algo que se puede tomar como una suerte de lotería, pero que es probable que el término no se acepte por algunas jugadoras.

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«Sabíamos que este iba a ser un torneo muy difícil, el más complicado de todos —dice Mileysis Argenter, la directora técnica del equipo, en medio de un estruendo de música que apenas permite escuchar su voz—. No fue suerte. Nos preparamos con mucho tiempo, con muchas dificultades; pero aquí llegamos. El cubano se caracteriza por tener muchos deseos de triunfar, y cuando de verdad quiere vencer, lo demuestra. Nosotros nos caracterizamos por sobreponernos a todo lo duro.

«Para estos juegos, uno de los problemas era la juventud del equipo. Muchas de ella no habían llegado a una competencia de este tipo. Tenían resultados muy buenos, pero no es lo mismo en Cuba que aquí. Por eso siempre dijimos: lo más importante es la unidad y la disciplina. En eso insistimos y aquí estamos».

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Yulitza Martínez es una joven que vive al final de la calle Maceo sur en Ciego de Ávila, justo por donde se acaba la ciudad. En el barrio, sus padres siguieron el torneo de alguna forma, muy probablemente en medio de los largos apagones de la zona.

Además de que es su primera competencia fuera de Cuba, lo llamativo en Yulitza es que a lo largo de los Juegos se identificó como una de las principales anotadoras del equipo.

«Las mexicanas son muy fuertes, sabíamos que nos la iban a poner muy duro -dice, sofocada y con el rostro encendido por las carreras bajo un sol inclemente—. Pero guapeamos.

«¿Qué yo lo veo al hockey? Mire, es que este deporte se mete por las venas y no se va. Yo empecé a los nueve años, embullada por un primo mío. Comencé en un área de atención y empecé a subir, y ya no me quiero ir. El hockey es mío».

Al centro, Yurismaily Garcia, la portera del equipo. A la derecha, Yulitza Martínez. Junto con ellas, otra compañera de equipo, Taimí Licea. Foto: Luis Raúl Vázquez Muñoz, enviado especial

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Lo es con dureza, y aun así lo adoran. Para esas cubanas, llegar al oro fue un camino de angustias. Para algunos especialistas, era improbable que las muchachas clasificaran. Ganarle a México parecía remoto. Por el nivel y por las condiciones en que debieron prepararse las cubanas. Apagones, alimentación en ocasiones no adecuada, bastones que se rompían y que no tenían reposición. Entonces se tuvo que recurrir a la inventiva y a la familia, que fue la gran retaguardia. Por eso, esta actuación fue de coraje.

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Y el coraje se sintetizó en una figura. En Yurismailys García, la portera. García paró una constelación de golpes que vinieron de todas direcciones. Uno de los tiros levantó exclamaciones cuando lo sacó en pleno vuelo de la portería.

Luego fue la actuación en los penaltis. Allí, sola, sin defensa, solo con su valentía y temple, Yurismailys se enfrentó a los cañonazos y a las fintas para hacer que la pelota entrara. Fueron en vano.

«¿Cómo fue que pude parar los tiros? —dice—. Por el entrenamiento. Nosotras nos preparamos para este tipo de situaciones. Ensayamos disparos como se hicieron aquí. Fue una preparación muy dura.

«A nosotras nos derrotó esta misma selección. Fue un momento muy triste. Nos sentimos muy mal, pero de ahí salieron los deseos de ganar. Aprendimos de la derrota, y llegamos a esta final. Pero, la verdad, se lo digo. Este triunfo lo soñamos. Aquí nos derrotaron y aquí ganamos el oro. El sueño no fue en vano».

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