Kylian Mbappé igualó con su gol de este martes a Raúl Gonzalez Blanco como el quinto jugador con más goles en la historia de la UEFA Champions League. Autor: Tomada de As Publicado: 09/09/2026 | 09:06 am
El Bernabéu, escenario de milagros y fantasmas, fue testigo de un partido que desafió toda lógica futbolística. El Real Madrid ganó, sí, pero lo hizo como quien recoge un regalo caído del cielo tras dos errores monumentales de un Inter que fue superior durante casi todo el encuentro. Los goles de Mbappé y Valverde, nacidos de sendos suicidios defensivos visitantes, pintaron un marcador que ocultó la fragilidad de un equipo blanco que, sin su mejor versión, acabó aferrado a la heroicidad de Courtois para no naufragar ante la embestida italiana.
La primera media hora fue un monólogo interista. El conjunto de Mourinho, huérfano de sus mejores artilleros en el centro del campo, parecía un barco a la deriva ante el dominio posicional de Barella y la movilidad de Lautaro y Thuram. Courtois, apenas a los tres minutos, ya había salvado una volea a quemarropa que presagiaba lo que estaba por llegar. Pero el fútbol, deporte caprichoso, decidió que el Inter pagara caro su pecado de soberbia. Jones se durmió en la salida, Bisseck no llegó a tiempo y Mbappé, como un rayo que no perdona, robó, combinó con Brahim y batió a Martínez con la precisión de un cirujano. El gol, inesperado como un relámpago en cielo despejado, cambió el signo del partido sin modificar su esencia.
El segundo acto del drama visitante fue aún más grotesco. Josep Martínez, el portero valenciano del Inter, se sintió Beckenbauer por un instante y trató de regatear a Valverde en el área pequeña con una pisada de salón. El uruguayo, de colmillo afilado, no perdonó la imprudencia y el balón acabó en el fondo de la red para firmar el 2-0. Fue el segundo disparo en la sien de un Inter que, pese a todo, siguió su plan de ruta con una fe inquebrantable. El Madrid, a toda vela pero con las manos en los bolsillos, disfrutó de un carrusel de ocasiones que el propio Josep Martínez, ahora en modo penitente, se encargó de desbaratar con paradas providenciales ante Mbappé y Bellingham.
La segunda mitad fue una montaña rusa de emociones y descontrol. El Inter, herido en su orgullo, se lanzó al ataque con una valentía desbordada y acorraló al Madrid en su propia área. Courtois, gigante bajo los palos, se transformó en un muro infranqueable para evitar el gol en dos mano a mano consecutivos que olían a sentencia. Pero hasta el muro más sólido tiene fisuras. A los 76 minutos, Lautaro puso un centro medido y Carlos Augusto, como un cuchillo entre la maleza, cabeceó a la red para encender la alarma en un Bernabéu que pasó de la euforia al pánico en un suspiro. El estadio, desconcertado, no sabía si aferrarse al marcador o temblar ante la imagen de un equipo dominado y vulnerable.
Los cambios tardíos de Mourinho y el arreón final del Inter convirtieron los últimos minutos en un partido de ajedrez con el reloj en contra. El Madrid, sin capacidad de gestionar la ventaja, se agarró al resultado como un náufrago a una tabla. La victoria, tan necesaria para calmar las aguas tras la derrota en La Cartuja, dejó un poso amargo: el equipo blanco había ganado sin jugar bien, a costa de los errores rivales y de la inspiración divina de su portero. En la feria defensiva del Inter, el Real Madrid encontró un premio que, más que celebrar, invita a la reflexión más profunda sobre su verdadero estado de salud.
