Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Un botón de la locura con sabor a pizza napolitana

Hay noches en Nápoles en las que el fútbol deja de ser un deporte para convertirse en un estado alterado de conciencia

Autor:

Ruben Darío García Caballero

El Diego Armando Maradona, volcán de cemento que lleva el nombre del hombre que convirtió la locura en arte, fue testigo de una de esas veladas en las que el marcador se convierte en un chiste sin punchline y la cordura, en un ingrediente opcional. Napoli y Roma empataron 3-3 en la octava jornada de la Serie A, pero reducir semejante espectáculo a un empate es como decir que la pizza margarita es solo pan con tomate. Técnicamente correcto. Absolutamente insuficiente.
 
El primer acto fue un aperitivo engañoso. La Roma de Gasperini, invicta y tercera, llegó al Maradona con la solemnidad del que cree que el partido se gana con posesión y jerarquía. El Napoli de Allegri, en cambio, arrastraba las penas de un proyecto que no termina de cuajar: undécimo, irregular, con la grada afilando los cuchillos. Pero el fútbol, como la masa madre, necesita tiempo y un golpe de calor para despegar. Y el golpe de calor llegó en el minuto 28, cuando Frank Anguissa, recién salido de una larga lesión, se suspendió en el aire y conectó una chilena que fue un acto de fe: el balón se coló junto al palo de Gollini y el Maradona explotó en un rugido que olía a azufre y a San Gennaro.
 
La Roma, herida en el orgullo, buscó el empate con la insistencia de quien sabe que el tiempo juega a su favor. Cristante estrelló un cabezazo en el palo antes del descanso, y Gollini, el portero menos glamuroso del campeonato, se vistió de superhéroe con una salida fuera del área y una parada imposible a Olivera que mantuvo a los suyos con vida.
 
Pero el destino, ese cocinero caprichoso, tenía preparada una segunda capa de relleno. A los 48 segundos de la reanudación, McTominay cabeceó un centro de Politano y puso el 2-0. El partido, sobre el papel, estaba sentenciado. El Maradona, sin embargo, aún no había encendido el horno.
 
Y entonces, la locura. Gasperini, un hombre que en otra vida debió de ser pizzaiolo por su capacidad para manejar el caos con las manos enharinadas, metió a Balerdi, Molina y Castro en el mismo movimiento. La Roma pasó de ser un equipo ordenado a una tormenta de verticalidad y desesperación. Soulé, el argentino de alma rebelde, recortó distancias en el 70 con un latigazo desde la frontal. Cuatro minutos después, Balerdi, un central reconvertido en 9 por pura necesidad, empujó el empate en un barullo dentro del área. El 2-2. El Maradona, que había visto a su equipo dominar con autoridad, empezaba a sudar frío.
 
McTominay, héroe escocés que juega con el corazón en la mano y la puntería de un francotirador, volvió a aparecer en el 83 para devolver la ventaja al Napoli con un disparo desde la frontal. El estadio, que ya se había rendido al caos, volvió a creer. Pero la Roma, esa Roma argentina que ha hecho de la resistencia un estilo de vida, tenía una última carta. En el 89, Wesley puso un centro medido desde la derecha y Balerdi, el central que soñaba con ser delantero, se elevó por encima de todos para firmar el 3-3 definitivo. El VAR revisó la jugada, confirmó el gol y desató la apoplejía de Allegri, que se marchó expulsado entre gestos de incredulidad y palabras que la lip-reader de turno se negó a traducir.
 
Al final, 3-3. Seis goles, dos dobletes, una chilena para el recuerdo, tres remontadas parciales y un entrenador expulsado en el tiempo añadido. La Roma sigue invicta y se aferra a la lucha por el Scudetto con 18 puntos. El Napoli se queda en la décima posición con 11, sumido en una crisis de identidad que ni la locura de una noche como esta puede disimular. 
 
Pero el marcador, artefacto frío y tozudo, no alcanza a explicar lo que ocurrió en el Maradona. Fue tocar el botón de la locura, una de esas noches en las que el fútbol se sirve sin receta, con los ingredientes que haya en la nevera y el horno a temperatura máxima. Sabe a pizza. Sabe a Nápoles. Sabe a esa cosa inexplicable que solo pasa cuando el balón rueda y el corazón se desboca.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.