En la foto, el texto dice: Demokratie geht nur ohne faschisten (La democracia solo funciona sin el fascismo). Autor: Tomada de The London Evening Post Publicado: 25/09/2026 | 01:05 pm
Europa, ese continente desbordante de cultura y edificios que recuerdan las victorias de otros siglos, guarda en su memoria las heridas de una guerra. Más de 80 años han pasado desde la derrota del fascismo, pero su fantasma sigue vagando por las calles de occidente, demostrándonos que basta una crisis para que se quiebren la igualdad y los derechos.
Las ideas autocráticas no murieron a mitad del siglo XX. Siguen manipulando a las masas, aunque su discurso se adapte al lenguaje de institucionalidad y tolerancia tan común en la geopolítica moderna. Otras prefieren desterrar las sutilezas, sobre todo, cuando se trata de obtener el respaldo ciudadano en los comicios.
El pasado 6 de septiembre, un hecho sin precedentes sorprendió las elecciones regionales de Alemania. Por primera vez, en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, un partido abiertamente antislámico y de corte xenofóbico, obtuvo un 43,8 por ciento de los votos al Parlamento en el estado de Sajonia-Anhalt.
La Alternativa para Alemania (AfD), organización calificada por la inteligencia alemana como un movimiento de extrema derecha confirmado, estuvo a tres boletas de reinar en los escaños. Pareciera inaudito que en pleno siglo XXI, los votantes concordaran con las ideas de un partido que invalida corrientes religiosas y proscribe al inmigrante.
Sin embargo, su avanzada en el sistema eleccionario ha reavivado un debate dormido en la región: ¿Hasta dónde puede el descontento político eliminar la empatía y la conciencia de los pueblos?
UN RETROCESO HACIA EL PASADO
Cuentan los libros de historia que en los años 30, las palabras de un joven caudillo seducían a una nación oprimida tras el fracaso de la primera guerra que sacudió a toda Europa. Su partido, convenientemente nombrado como nacional socialista, prometía restaurar la dignidad de los ciudadanos alemanes, eliminando en el proceso a millones de personas.
Aunque Adolfo Hitler nunca ocultó su rechazo hacia los judíos, socialistas o cualquier facción que se opusiera a su ideal de raza aria, muchos alemanes aplaudieron sus políticas. Así funciona el totalitarismo en cualquier época: se erige en momentos de crisis, impone sus visiones sobre el mundo y luego todos cuestionan cuando se perdió hasta la libertad de pensamiento.
Estos hechos, aunque distantes en el tiempo, representan un panorama similar al que se dibuja actualmente en el viejo continente, debido en parte al conflicto ruso-ucraniano. Mientras la Unión Europea insiste en mantener sus sanciones al gigante eurasiático, sus países miembros resienten el alza de los precios del combustible que garantizaba el mercado ruso, problema acrecentado por la guerra de Estados Unidos contra Irán y el cierre del estrecho de Ormuz, vía de una parte sustancial del comercio de los hidrocarburos.
No es de extrañar que un partido revisionista con las decisiones actuales de los Gobiernos europeos, gane popularidad entre una población que ve el precio de los servicios energéticos ascendiendo, al compás de los desenfrenos diplomáticos del actual canciller federal, Friedrich Merz.
En tanto, el Jefe de Gobierno cumple ciegamente las voluntades de la Unión Europea e ignora las necesidades de su pueblo, la Alternativa para Alemania traza una hoja de ruta atractiva que intenta, entre otros acuerdos, retomar el diálogo con Rusia.
Sus decisiones no nacen de una intención de alinearse a la izquierda global o a las dinámicas prorrusas. De hecho, el portavoz de política exterior del partido, Markus Fronhnmaier, ha manifestado el respaldo a Estados Unidos por su política migratoria y asegura que ambas naciones trabajan por un «renacimiento conservador».
La estrategia de la organización liderada por Alice Weidel y Tino Chrupalla es ganar influencias en el escenario geopolítico, donde los partidos tradicionales han sido incapaces de gestionar acuerdos duraderos.
Los ultraderechistas conocen perfectamente las dinámicas del poder: a veces es beneficioso navegar entre dos aguas. Sobre todo, cuando el clima eleccionario en el país no se avizora favorable debido a las cláusulas gubernamentales contra el despunte del fascismo. Sin embargo, la AfD sigue apostando demagógicamente por un decisor fundamental: el pueblo.
GOBERNAR MEDIANTE EL MIEDO
En una sociedad marcada por el auge de pensamientos progresistas, pareciera imposible que prolifere el neofascismo, pero la ultraderecha ha descubierto una salida: es posible manipular mediante el miedo. La situación de Alemania resulta alarmante. En tan solo siete años, pasó de ser un «milagro del mercado laboral», a una nación calificada por los medios occidentales como «el hombre enfermo de Europa».
Por solo citar algunas cifras, al cierre del primer semestre de 2026 el sector automotriz contaba solamente con 691 000 trabajadores, el registro más bajo de empleo desde hace 20 años, según informó la Oficina Federal del país.
El temor paraliza a los hogares. Miles de ciudadanos observan la decadencia del sector que antes garantizaba su sustento. Esto ocurre en un país donde la fabricación de automóviles fue la mayor en el área, hasta que los vehículos eléctricos chinos destronaran su supremacía.
En este contexto, el miedo y la frustración se redirigen fácilmente, y la Alternativa para Alemania ha decidido culpar a los inmigrantes. Las tasas de desempleo, falta de fondos públicos y delincuencia pasan de ser un problema del Estado, a una consecuencia de la migración de ciudadanos de diversas etnias.
Por supuesto, los procesos migratorios traen consigo una mayor demanda de empleos, pero a la vez revitalizan las economías, pues lo inversores foráneos también crean fuentes de ingreso.
No obstante, las soluciones parecen muy sencillas cuando el discurso se polariza y el debate termina siendo una discusión entre las necesidades de «ellos» y «nosotros».
En Sajonia-Anhalt, por ejemplo, el principal candidato, Ulrich Siegmund, prometió garantizar trabajo a los ciudadanos nativos. Tales promesas superan con creces el respaldo que durante más de 30 años han ofrecido los Gobiernos tradicionales a la pequeña región, antes perteneciente a la Alemania socialista.
Paralelamente, la AfD recurre al chovinismo para retomar la dignidad que Alemania perdió ante la influencia de la Unión Europea. En palabras del propio Björn Hocke en el Monumento a los Judíos Asesinados de Europa, «Alemania es el único país que ha plantado un monumento a la vergüenza en el corazón de su capital».
Estas declaraciones provienen de un neofascista confeso y líder del «Ala», facción más radical de la AfD. Dentro del mismo partido, convergen diversas posturas, algunas muy similares a la derecha tradicional, aunque el control de los migrantes es un eje común en todas las facciones.
Cualquier buen observador podría encontrar las similitudes al discurso promovido por el «Tercer Reich», pero para algunos ciudadanos de una nación afectada por negativas alianzas con terceros, olvidar los crímenes del nacional socialismo comienza a transformarse en una propuesta tentadora.
Otros no apoyan en esencia todas las directivas del partido e, incluso, se manifiestan en contra de cualquier ley que afecte a los migrantes. Contradictoriamente, en las urnas votan por la AfD, en protesta a los políticos que siguiendo la tradición de Angela Merkel, intentan encontrar la solución a la crisis en la Unión Europea.
Hasta el momento, más allá del revuelo que ha ocasionado la Alternativa para Alemania, se encuentra en tela de juicio su capacidad de vencer por mayoría en las elecciones, pues la Oficina Federal para la Protección de la Constitución continúa velando por cualquier movimiento que disfrazado de ultraderecha, pueda violar la carta magna abogando por el retorno del fascismo.
Sin embargo, toda la nación se encuentra expectante ante las similitudes con una historia que amenaza con volver a repetirse. El futuro de Europa está en juego y aunque la AfD nunca alcance la mayoría absoluta en los comicios, es evidente que el poder alemán se tambalea, al margen de un escenario geopolítico donde no ha sabido mantener su hegemonía.
¿Cuánto retrocederá la sociedad alemana en nombre del miedo? Todavía resulta difícil esbozar una respuesta. Sin embargo, una realidad es innegable: el fantasma de una guerra sigue vagando por las calles de Occidente, demostrando que la libertad y la justicia pueden desaparecer ante las mieles de un discurso que promete democracia.
