A sus casi 19 años, Diego Alexander Rodríguez lleva cuatro conviviendo con el cáncer. Mientras junto a su madre, Licet, enfrenta su última etapa de radiaciones en La Habana, libra una batalla paralela contra la escasez de combustible que amenaza con apagar los equipos que lo mantienen con vida como a otros niños que permanecen en los hospitales cubanos.