Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Pacto con las tinieblas

Autor:

Nelson García Santos

Me cazó la pelea. Para él era fácil abalanzarse sobre una persona que hasta la brisa mueve. Solo le hacía falta que, en el momento exacto, el lugar escogido para actuar estuviera casi desierto.

Evidentemente, realizó un estudio de la escena donde iba a golpear: un tramo de la insigne calle santaclareña Independencia, entre La Cruz y San Isidro, que acostumbro a recorrer cotidianamente.

Era un trecho perfecto para sus fines: escasos comercios, tres salidas de escape hacia delante, incluidas las márgenes del río Cubanicay, y dos hacia atrás. Tenía dónde escoger si alguien lo perseguía después de consumar su felonía.

En aquel momento, pasada la una de la tarde, iba a tropezarme mansamente con un peligro de carne y huesos, y de mente aberrada, retorcida, despiadada y ventajista, capaz de todo por un puñado de pesos. Devenía la encarnación de la peor calaña de los «oportudorados».

Aquel día en que actuó aparecieron de súbito —¡qué mala suerte tuve!— las circunstancias añoradas por él. Venía yo con paso lento, ambas manos ocupadas y la calle estaba despejada.

La costumbre de caminar hacia la parte interior de la acera, pegado a las edificaciones o casas, me salvó de ir a parar posiblemente a un hospital.

Lo vi venir de frente sin fijarme mucho en su figura: mediana estatura, un amplio tapaboca, gorra y gafas puestas, como buen camuflaje para evitar que atraparan en la memoria su rostro.

Cuando el cruce era inminente me acerqué a la parte interior de la acera para abrirle cortésmente el paso, ¡qué paradoja! De inmediato me empujó contra la pared. Fui a parar al suelo, mientras sus manos hábiles en segundos atraparon el celular que estaba en mi bolsillo. Luego se lanzó en carrera tendida.

Reaccioné. Corrí tras él gritándole ladrón. Pero había tomado ventaja suficiente para doblar a la derecha en la cercana esquina y desaparecer de mi vista. Un transeúnte que acudió en mi ayuda tampoco lo pudo alcanzar. Llegamos al área donde se había esfumado, cerca de una parada muy concurrida. Pensamos que se escurrió por allí, o quizá tenía refugio previsto en otro sitio.

Luego imaginé su risa, sus frases de autoelogio cuando contara su proeza a sus compinches… Quizá hasta había alguno cerca del escenario del robo y le entregó el celular para evitar, por si acaso, que la policía se lo ocupara.

Sí, tuvo un buen día según su filosofía, esa que a pesar de las posibilidades infinitas que tenía al alcance de las manos para ser una persona de bien, lo llevó a pactar con las tinieblas.

Irremediablemente, hoy, mañana o pasado mañana irá a parar tras las rejas, porque su suerte está echada. Es una cuestión únicamente de tiempo, más o menos. ¡Que no lo dude ni un instante!

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