Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Ojalá todos seamos ellos

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

La veo de pie, con gruesas gotas de sudor deslizándose por los surcos de su rostro. Lleva bolsas colgadas en el hombro derecho y con su mano izquierda intenta aferrarse, para no caerse, mientras el paraguas se le corre del codo hasta la muñeca, y vuelve a colocarlo.

A pocos pasos, recién llegado, está aquel de espejuelos atados en el medio con una cinta negra y una camisa blanca y bien planchada. Lleva dos libros bajo el brazo diestro y en la mano contraria aprieta con fuerzas la boca de un saco en el que, al parecer, lleva más libros. Se  tambalea, no logra  hallar el equilibrio y a ratos lo encuentra entre los cuerpos de los demás.

Y juntos están los otros dos, con las manos entrelazadas, mirando hacia afuera. Corrieron mejor suerte, están sentados. Ella lleva un marpacífico rojo detrás de su oreja izquierda y él protege su bastón, colocado entre sus dos piernas. Cuando decidieron levantarse, demoraron en llegar a la puerta, porque sus dos maletines le impedían avanzar sin contratiempo, y pocas personas les abrieron el camino.

Los cuatro sumarían poco más de 300 años, quizá, y su sabiduría, seguramente, más de un milenio. Son de los que aman el danzón, el bolero y un cha cha chá de la Orquesta Aragón, a juzgar por sus ceños fruncidos cada vez que aumenta el volumen del reguetón que el chofer obliga a todos a escuchar. No sé si viven solos o acompañados, pero ahí están, en la guagua de la vida, manteniéndose en pie sin recibir, durante kilómetros, una muestra de respeto o de caballerosidad.

Muchas personas van en el mismo viaje. ¿Acaso habrán pensado que ellos pueden ser, en el futuro, cualquiera de esos ancianos o ancianas? ¿Imaginaron, tal vez, que uno de ellos podía ser su abuelo o abuela? ¿Por qué no reverenciamos los años que cargan? Cederles el asiento, ayudarles a cruzar una calle, compartir el peso de sus bultos, permitirles comprar sin tantas horas de espera en una cola, repetirles una información si no escuchan bien… es lo menos que pudiéramos hacer.

Muchos tienen vidas felices, rodeados de hijos y nietos, haciendo Tai Chi en el parque más cercano, bailando en peñas comunitarias y cuidándose la salud como gallos finos. Pero otros acarician portarretratos mientras tragan lágrimas y, en el mejor de los casos, se sientan bajo un árbol frondoso a recordar aquellos tiempos de abrazos cotidianos en los que no hacía falta tener un teléfono celular para demostrar afectos.

Algunos son fuertes, se sobreponen a las soledades y cada día salen a caminar, «porque si me achanto, después no me salva ni el médico chino». Se anotan en talleres y excursiones, y disfrutan de las oportunidades —aún insuficientes— que se les ofrecen. Otros salen con bolsas, paraguas, sacos y libros… suben a una guagua y en cada vuelta que las ruedas dan, hacen cuenta regresiva de sus emociones.

Démosles a ellos, a los adultos mayores, a los que viven su tercera edad, lo mejor que podemos darles. Ellos lo hicieron con nosotros, no dudarían en hacerlo nuevamente, y todos algún día —y ojalá así sea— seremos ellos.

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