Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Brazos femeninos ¿cruzados por casualidad?

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

Laura tiene 19 años. No estudia ni trabaja. Vive en La Pedrera, comunidad rural al borde de la carretera que lleva a Trinidad. Su madre y abuela son amas de casa y, como vía para llevar el plato de comida a la mesa durante algunos meses, van hasta Banao, a unos cuántos kilómetros de ahí, a sembrar ajo. Laura se resiste a hacerlo, aunque no conoce de otras opciones en su localidad para ingresar economía a su bolsillo y al de la familia.

Cuando alguien se adentra en la tierra espirituana, encuentra a muchas mujeres desvinculadas de empleo. En su mayoría, cumplen con los roles asignados por el patriarcado: mantenerse al cuidado del hogar, de sus descendientes y adultos mayores.

Esta es una situación que ocupa y preocupa. Tanto así que, de acuerdo con una publicación del periódico Escambray, una pesquisa provincial reveló que al cierre de 2022, de 22 674 personas ausentes del estudio y del trabajo, más de 7 000 son mujeres que nunca han tenido vínculos laborales, en su mayoría residentes en zonas rurales y comunidades periféricas.

Dicha realidad es hija de múltiples causas, pero sobre todo responde a la fractura e insuficiencia de muchas de las políticas que durante los primeros años de la Revolución fortalecieron los contextos socioeconómicos en esas localidades y miraron con lupa a las mujeres en una nación con tantas conquistas desde 1965, desde la despenalización del aborto hasta, hace muy poco, la aprobación del Programa Nacional para el Adelanto de la Mujer.

Cifras aparte, basta con recorrer muchas zonas rurales para corroborar que existe lejanía, distanciamiento de opciones de trabajo atractivas y diversas que no sean en el campo; incluso es difícil el acceso a insumos necesarios para vivir. Por tanto, en no pocas ocasiones, se ha constatado la tendencia femenina a permanecer en el hogar con cierto conformismo, en vez de lanzarse a un mercado laboral que tiene limitaciones y marcadas brechas de género en cuanto a disponibilidad.

Hasta el propio sector estatal campesino no cuenta con presupuesto para contratar esa mano de obra, y solo el sector particular ofrece alguna opción. Además, se conoce que la reducción del número de escuelas, círculos infantiles y consultorios médicos influye en quienes asumen todavía la máxima responsabilidad en el cuidado de determinados grupos etarios, y apuestan por no estar distantes de la casa para cumplir bien esos roles.

Para analizar este fenómeno, no se le puede dar la espalda a que predomina en las zonas rurales una cultura agraria patriarcal, limitante de las oportunidades atractivas de empleo para las mujeres, donde prevalecen las actividades tradicionalmente masculinizadas del medio rural. Todo ello reforzado por la escasez de recursos e insumos, lo cual provoca que el trabajo en el campo sea mucho más rudo.

Por estereotipos y roles de género heredados y reproducidos en espacios privados y públicos, se asumen como trabajo para la mujer-esposa el dar de comer a los jornaleros que laboran en la tierra del cabeza de familia y atender a los animales del patio. Mas, ella no recibe remuneración económica por esa labor. Cuando se trata de mujeres, empleo y trabajo no son sinónimos.

Asimismo, aun existen deudas en muchas unidades de producción donde no se distinguen según sus resultados y aportes a las socias, usufructuarias y productoras. Esas particularidades están en las agendas de no pocas instituciones y organismos, y por ello llegan campo adentro, gestores de proyectos para capacitar y sensibilizar sobre la temática de género, de conjunto con el Ministerio de la Agricultura.

Como resultado de muchas de esas acciones, hoy se registran en esta provincia más de 5 000 mujeres vinculadas a las diferentes formas de producción referidas al programa de soberanía alimentaria. Mas, de conjunto con esas transformaciones, urge crear un mayor número de condiciones para que de los territorios eminentemente agrícolas, en Sancti Spíritus, habita en ellos solo el 27,3 por ciento de la población de la provincia, no sigan sus jóvenes emigrando del campo y mucho menos los brazos femeninos permanezcan cruzados.

Laura tiene 19 años. No estudia ni trabaja. Vive en La Pedrera, comunidad rural al borde de la carretera que lleva a Trinidad. Su madre y abuela son amas de casa y, como vía para llevar el plato de comida a la mesa durante algunos meses, van hasta Banao, a unos cuántos kilómetros de ahí, a sembrar ajo. Laura se resiste a hacerlo, aunque no conoce de otras opciones en su localidad para ingresar economía a su bolsillo y al de la familia.

Cuando alguien se adentra en la tierra espirituana, encuentra a muchas mujeres desvinculadas de empleo. En su mayoría, cumplen con los roles asignados por el patriarcado: mantenerse al cuidado del hogar, de sus descendientes y adultos mayores.

Esta es una situación que ocupa y preocupa. Tanto así que, de acuerdo con una publicación del periódico Escambray, una pesquisa provincial reveló que al cierre de 2022, de 22 674 personas ausentes del estudio y del trabajo, más de 7 000 son mujeres que nunca han tenido vínculos laborales, en su mayoría residentes en zonas rurales y comunidades periféricas.

Dicha realidad es hija de múltiples causas, pero sobre todo responde a la fractura e insuficiencia de muchas de las políticas que durante los primeros años de la Revolución fortalecieron los contextos socioeconómicos en esas localidades y miraron con lupa a las mujeres en una nación con tantas conquistas desde 1965, desde la despenalización del aborto hasta, hace muy poco, la aprobación del Programa Nacional para el Adelanto de la Mujer.

Cifras aparte, basta con recorrer muchas zonas rurales para corroborar que existe lejanía, distanciamiento de opciones de trabajo atractivas y diversas que no sean en el campo; incluso es difícil el acceso a insumos necesarios para vivir. Por tanto, en no pocas ocasiones, se ha constatado la tendencia femenina a permanecer en el hogar con cierto conformismo, en vez de lanzarse a un mercado laboral que tiene limitaciones y marcadas brechas de género en cuanto a disponibilidad.

Hasta el propio sector estatal campesino no cuenta con presupuesto para contratar esa mano de obra, y solo el sector particular ofrece alguna opción. Además, se conoce que la reducción del número de escuelas, círculos infantiles y consultorios médicos influye en quienes asumen todavía la máxima responsabilidad en el cuidado de determinados grupos etarios, y apuestan por no estar distantes de la casa para cumplir bien esos roles.

Para analizar este fenómeno, no se le puede dar la espalda a que predomina en las zonas rurales una cultura agraria patriarcal, limitante de las oportunidades atractivas de empleo para las mujeres, donde prevalecen las actividades tradicionalmente masculinizadas del medio rural. Todo ello reforzado por la escasez de recursos e insumos, lo cual provoca que el trabajo en el campo sea mucho más rudo.

Por estereotipos y roles de género heredados y reproducidos en espacios privados y públicos, se asumen como trabajo para la mujer-esposa el dar de comer a los jornaleros que laboran en la tierra del cabeza de familia y atender a los animales del patio. Mas, ella no recibe remuneración económica por esa labor. Cuando se trata de mujeres, empleo y trabajo no son sinónimos.

Asimismo, aun existen deudas en muchas unidades de producción donde no se distinguen según sus resultados y aportes a las socias, usufructuarias y productoras. Esas particularidades están en las agendas de no pocas instituciones y organismos, y por ello llegan campo adentro, gestores de proyectos para capacitar y sensibilizar sobre la temática de género, de conjunto con el Ministerio de la Agricultura.

Como resultado de muchas de esas acciones, hoy se registran en esta provincia más de 5 000 mujeres vinculadas a las diferentes formas de producción referidas al programa de soberanía alimentaria. Mas, de conjunto con esas transformaciones, urge crear un mayor número de condiciones para que de los territorios eminentemente agrícolas, en Sancti Spíritus, habita en ellos solo el 27,3 por ciento de la población de la provincia, no sigan sus jóvenes emigrando del campo y mucho menos los brazos femeninos permanezcan cruzados.

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