Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Una película de fe, abrazos y fusiles

Autor:

Osviel Castro Medel

Con el paso del tiempo me convenzo más de que hay pasajes de nuestra memoria nacional que necesitan ser despojados de la cáscara gris de la repetición. Son hechos que piden a gritos un relato que despierte la piel y se conecten con los sentimientos.

¿Cuántas veces hemos leído, en textos escolares, por ejemplo, la quema de Bayamo o el rescate de Sanguily con una frialdad que casi los convierten en estadísticas? Igual puede ocurrir con episodios más recientes, como la Batalla de Guisa o aquel instante fundacional en Cinco Palmas, el 18 de diciembre de 1958.

De este último siempre se repite lo mismo: «el abrazo de dos hermanos», «los siete fusiles y ocho hombres». Y se queda ahí, como un verso aprendido de memoria.

Sin embargo, detrás de esa frase hecha hay una odisea de carne y hueso. Merece, al menos, una buena producción cinematográfica, que explique y sacuda. Una que nos ponga en los zapatos de aquellos ocho expedicionarios durante 13 días de angustia pura.

¿Qué pasaba por sus cabezas, sabiendo que varios de sus compañeros ya habían caído masacrados tras el desastre de Alegría de Pío? ¿Qué temores sentirían en los momentos de agotamiento, sed y persecución enemiga? ¿Cuántos habrán imaginado que aquel trance era el final de sus vidas?

En esa película necesaria, una escena sería crucial: Fidel, Universo Sánchez y Faustino Pérez, inmóviles bajo un manto de paja de caña, conteniendo el aliento mientras el zumbido de los aviones envenenaba el cielo sobre ellos. Y habría que mostrar, sin romanticismos, al líder exhausto, vencido por el sueño durante tres horas enteras en ese escondite precario, a pesar de la cacería.

Raúl lo dijo con una imagen imborrable, 40 años después, en ese mismo paraje de Cinco Palmas: tras el revés de Alegría de Pío, se encontraron no con un muro, sino con «la Muralla China… desde una punta hasta la otra». Su grupo —con Ciro, René, Efigenio y Armando— caminó hacia el este, paralelo a la ruta de Fidel, pero cargando con la duda tremenda de si su jefe vivía. Imaginen el estallido en el pecho cuando les confirmaron que no solo estaba vivo, sino intacto, y con dos hombres a su lado.

Si un largometraje parece una empresa muy ambiciosa, entonces usemos las herramientas de hoy. Hagamos un documental interactivo o un producto digital con mapas animados que tracen esa ruta agónica de cien kilómetros —desde el desembarco del Granma el 2 de diciembre hasta la finca El Salvador—, para que las nuevas generaciones sientan el monte, la incertidumbre, la proeza.

Sin embargo, su escena más sobrecogedora tendría que ser aquel abrazo en medio del monte entre dos hermanos. Y para reflejarlo podrían servir las palabras del propio Raúl: «Me abrazó y al instante preguntó: “¿Cuántos fusiles traes?”. “Cinco”, le dije. “Cinco, más dos que tengo yo, siete. ¡Ahora sí ganamos la guerra!”. (...) Pensamos que había enloquecido. Yo, como un Sancho Panza fiel, pensé: detrás de mi Quijote, hasta el final».

Dos años y 14 días después, la frase aparentemente loca se hizo realidad, para pasmo del mundo. Aquella certeza en la victoria cuando solo se tenían siete fusiles es el recordatorio más elocuente de que los imposibles solo lo son hasta que alguien se niega a creerlo.

Por eso, más que conmemorar, nuestro deber es descifrar el código de aquella fe. Necesitamos, con urgencia, aprender a reconocer y seguir a los nuevos Quijotes, los auténticos, aquellos que ven horizontes donde otros solo ven muros.

 

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.