Sueño con un país que no duela, que dé ganas de presumirlo al mundo con todos sus matices, que luzca orgulloso y feliz, como la gente que lo habita; sin grandilocuencias, hermoso en su pequeñez caribeña.
Aspiro a vivir sin prefijos, que la lucha por lo imprescindible no nos robe las horas de vigilia y también las de descanso, y que lo básico deje de ser anhelo de muchos y privilegio de pocos. Que alimentarnos no sea proeza ni favor, y que el transporte no se vuelva más importante que el destino.
Quiero que el trabajo llene el bolsillo y el alma, que incite a los que hoy tienen sin dar y enderece la pirámide que intenta mantener el equilibrio sobre un vértice. Que comprar con el salario no imponga sucesivas jornadas de agonía para extraer efectivo ni súplicas en cada comercio para ejercer el derecho a elegir la modalidad de pago.
Espero que la vulnerabilidad sea condición minoritaria y temporal, con más puertas de salida que de entrada, y no un mal crónico con un velo de estigma. Que a lo feo le pongamos canciones y un poco de amor, sin que se acumule y enrarezca el aire en nuestros barrios.
Deseo un país capaz de renovarse cada vez que lo exijan los tiempos, alentado con la voz y el esfuerzo de todos los ciudadanos que lo quieren bien, sin importar desde dónde.
Pero nadie nos pondrá en las manos ese proyecto terminado. No pudo acabarlo la generación histórica que lidió con otras realidades, tampoco llegará en un cargamento solidario listo para trasplantarlo, ni en un misil disfrazado de ayuda humanitaria, mucho menos emergerá de la creación de los tantos voceros que se comen un mundo y medio, desde tronos anónimos digitales o de una inteligencia artificial domesticada.
Por ese país tenemos que trabajar duro, y la hoja de ruta que abrazamos ahora son las 176 transformaciones económicas y sociales, cuya implementación no puede ser menos que exitosa. Hay propuestas necesarias, profundas, incómodas, inevitables, como fueron muchas de las medidas impulsadas en los años 90 por Fidel; sin embargo, contienen criterios expertos y la sabiduría popular que ha prevalecido en cada debate público durante las últimas décadas.
No se trata de decisiones dispersas, improvisadas, puestas como curita sobre la herida abierta, sino de un sistema bien articulado que pretende ajustar de manera integral todos los engranajes estructurales de la economía y la sociedad cubana.
Tampoco estamos ante la aspiración fantasiosa de rescatar logros sociales del primer mundo sin las riquezas imprescindibles para financiarlos, porque el socialismo también necesita sostenerse sobre bases económicas sólidas; pero no por eso admitiremos que se siga ampliando la
brecha de desigualdades y reine la filosofía de «sálvese quien pueda», incompatible con la justicia social que asumimos como brújula hace 67 años.
La responsabilidad y el control —sin ralentizar los pasos— tienen que ser más grandes que los cambios, porque cualquier error comprometería toda la cadena, y vamos cortos de tiempo y llenos de expectativas.
Tenemos delante un país que abre puertas y sobre el cual construiremos nuestra herencia. ¿Quiénes queremos ser: los que exigen y critican sin aportar mejoras concretas o los que se atreven a saltar sobre cualquier cerco para conquistar y sostener el bienestar colectivo?