Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Ella y la bandera

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Déjame coger el paso y no hacerle caso a mi abuelo, que hoy es el primer día de clases. Antes de que se acabaran las vacaciones, con el corre-corre del uniforme, él me había enseñado cómo tenía que tirar los taquitos y de qué manera debía tomar la puntería para no fallar.

También me había dicho, bajito, que me fijará bien si la maestra estaba bonita; pero no pudo seguir con las clases porque mi abuela nos sorprendió, sobre todo en la parte de las instrucciones con los taquitos, y mi abuelo tuvo que salir pintando. «Tú no le enseñas nada que sirva, chico, ¿hasta cuándo es lo tuyo?», peleaba mi abuela.

Bueno, después se acotejaron y por ahí están los dos con mi mamá, en el lado de afuera de plazoleta y yo aquí, parado en la fila, con miedo, porque no conozco a nadie. Tremenda pena. Si al menos estuviera alguien del barrio, pero no. No hay nadie, solo El Richi, y yo no quiero mirar para ningún lado.

De entrada, mi abuelo está embarcado; porque lo que tengo es profesor, no profesora. Así que los versos que él me iba a enseñar, los tiene que dejar para otro momento. Me dijo que son de un hombre que se llamó Pablo Neruda y que yo lo iba a conocer en las clases de literatura. Después voy a buscar en el libro.

Esto del inicio de curso, tiene sus cosas. Alfonsito, por ejemplo, no tuvo problemas. Sus padres se lo mandaron todo de afuera, y por ahí se iba muy orondo con su mochila y su lonchera.

Pero los padres de Tonito si tienen que remar. Lo digo porque su mamá habla mucho con la mía. Sin embargo, el más embarcado, es el Richi. Los dos padres estaban separados y cada uno se fue del país por su lado. Richi se quedó con su abuela, y ese sí vino con su mochila vieja.  

Voy a ver a la hora de la merienda. Si no trajo nada o vino con el pan, yo parto lo mío a la mitad, que eso sí me lo han dicho en la casa. Mi abuelo me enseña una foto del Che que hay en la sala y dice: «Ese se quitaba la comida para dársela a sus compañeros que estaban embarcados. Y eso que era el jefe».

Bueno, mandaron a ponerse en atención porque van a izar la bandera. Yo voy a colarme después en el cuarto, para ver un libro que mi abuelo tiene sobre la bandera y su historia. Él me dice que es lo mejor que se ha escrito, y me habla del triángulo, de la estrella, de los colores y me dice que todo eso está bien explicado en ese libro y por qué fue que la hicieron así.

Mi abuelo también me cuenta que en La Habana hay un museo grande, donde hay una sala llena de banderas cubanas. Son las que usaron los mambises y que están llenas de huecos por los disparos que recibieron. Ojalá que algún día el transporte mejore, para ir a verlas y también para comprobar si al Morro le queda algo de palo.

En la casa, mi abuelo saca otro libro y dice que la bandera de nosotros es una bandera guapa, que los mambises no la dejaban botá ni por nada, y que por eso uno tiene que pararse con respeto delante de ella, porque tiene mucha historia. Y que en el campo, las mujeres mambisas sacaban hilo y aguja de donde no había para coser una.

La directora pide silencio y hace una señal. Delante de mi está El Richi. Anda apenado, como yo. Vienen unas muchachitas, y hay una de pelo negro y ojos azules. ¡Oye, qué linda está! ¿Tendrá novio? Y desenvuelven algo. Es la bandera y quien la va va izar es la de los ojos azules. Desde aquí veo las franjas, la azul, la blanca. Me muevo un poco. ¡Qué lindo tiene el pelo la muchachita! ¿Cómo se llamará? No veo mucho por la gente en el medio. Me muevo un poquito y la veo. La estrella que sube, y qué linda es. Qué lindas son. Las dos. Ella y la bandera. 

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