Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Una perra en calor, pan suave y otros ruidos tremendos

Autor:

Osviel Castro Medel

«Yo soy una perra en calor. “Toy buscando un perro pa’ quedarno’ pegao”. Ey, eres una perra en calor…». Así me abofetea en plena madrugada el bafle de un sujeto que pasa en su motorina con numerosas luces de colores.

«Así que una perra en calor», pienso, mientras lo veo alejarse a través de la ventana y trato de escribir estas líneas aprovechando la llegada del fluido eléctrico.

Me voy tarde a la cama, creyendo ilusamente que podré dormir tal vez hasta las 7:00 a.m, pero qué va. Antes de que el gallo cante, una voz se cuela y me suena como campana en la almohada: «El buen pan, pan suaaaave». Luego viene otro: “El pan, paaannn”, y suelta un silbatazo.

Doy dos vueltas en la cama, me olvido del pan con sus antimasas, pero cuando me voy quedando dormido un «pon, pon, pon» de los pisos superiores me sacude. Finalmente tengo que levantarme resignado, aunque veo que mi hijo menor, por fortuna, todavía duerme.

Pero no será por mucho tiempo. Alguien ha llegado gritando: «¡Vecino, voy a coger aquí un gajo de menta en su jardín!».

Y uno, que a esa hora todavía no sabe ni en qué día vive, responde un: «cógelo, cógelo», que sale más por educación que por ganas. Porque aunque la menta fuese un tesoro, a uno le cuesta entender ese grito a las seis de la mañana y termina cuestionándose si el vecino no podía esperar, al menos, a que el sol saliera.

Mi niño de cuatro años, por supuesto, ya no duerme. Lo han hecho despertar, al igual que otros de su edad o más pequeños. Y mientras me duelo por eso, voy recordando el  ingreso de mi esposa cuando estaba embarazada, una etapa en la cada día, a las cinco de la mañana, en plena sala del hospital escuchábamos un estentóreo pregón: «¡Café, café caliente, café!».

Me pregunto, entonces, si el ruido será una marca que nos acompañará siempre, a adultos y a pequeños; y si ya nos van pareciendo «cosas normales» los gritos, los bafles a todo volumen, las «perras» bullas, como la enunciada al principio de estas líneas.

Así voy remarcando que hay conductas que provocan incomodidad, después indiferencia y finalmente costumbre. Esta última puede ser letal porque elimina el ojo crítico ante la vida y sus torceduras.

Claro que no pido ciudades mudas ni convertir las calles en bibliotecas. Al final se trata de recuperar una palabra que parece haberse quedado sin volumen: respeto. Respeto por quien descansa, por quien estudia, por el anciano que necesita tranquilidad, por el niño que duerme, por quien trabaja y por cualquiera que, sencillamente, no tiene por qué escuchar la música revientaoídos, el martillazo a deshora o la conversación «decibélica».

Afuera sigue el mundo con su concierto de siempre. Y yo escribiendo estos párrafos, no para que el ruido pare, sino para dejar constancia de que hubo un tiempo en que parecía no molestarnos. Escribo para concluir que el ruido no es el enemigo principal, sino la costumbre.

Escribo no para callar a uno o a muchos, sino para, modestamente, lanzar un aviso sobre este nocivo rumbo. Y esa advertencia debo hacerla sin gritar para intentar que algún día se me escuche.

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