A medio siglo de las misiones con tripulación humana a nuestro satélite natural, la misión Artemis II marca el reinicio de una carrera por hacer de la luna el nuevo destino para la ciencia aeroespacial moderna
Una bola de fuego lo cubrió todo. A las 6:35 p.m. en el Centro Espacial Kennedy, de Florida, Estados Unidos, el cohete Space Launch System (SLS, por sus siglas en inglés), el más potente jamás construido por la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA*), despegó desde la histórica plataforma 39B, cargando la nave espacial Orión, apodada Integrity, con cuatro astronautas a bordo.
Ese vuelo, conocido como Artemis II, marcó, el 1ro. de abril último, el regreso de la humanidad al espacio profundo, y, esta vez, el destino fue el mismo que nos ha obsesionado durante décadas: la luna.
La misión estuvo comandada por Reid Wiseman, acompañado por el piloto Víctor Glover y los especialistas de misión Christina Koch, de la NASA, y Jeremy Hansen, de la Agencia Espacial Canadiense. Glover es el primer hombre de raza negra en una misión lunar; Koch, la primera mujer, y Hansen, el primer ciudadano no estadounidense en viajar más allá de la órbita terrestre baja.
Según destacó la doctora Lori Glaze, administradora asociada interina de la NASA, en un comunicado oficial de la agencia, estos astronautas trazaron «nuevas fronteras para toda la humanidad» y su dedicación alimenta la esperanza de un futuro donde el establecimiento de una base lunar sea una realidad.
El éxito del lanzamiento demostró la «fuerza bruta» de los 8.8 millones de libras de empuje generados por el SLS. El portal especializado Autoevolution describió el despegue, capturado en cámara lenta a 2 000 cuadros por segundo por National Geographic, como una exhibición de detalles tan profundos que permiten «sentir el calor y escuchar el ruido» de los motores RS-25 y los propulsores de combustible sólido.
El núcleo del SLS, fabricado por Boeing, utiliza motores que son, en su mayoría, veteranos de la era del transbordador espacial. Complementa esta tecnología estadounidense el Módulo de Servicio Europeo (ESM*), proporcionado por la Agencia Espacial Europea (ESA*). Construido por Airbus, el ESM es el «corazón» de la nave Orión. Según dijo Daniel Neuenschwander, director de Exploración Humana y Robótica de la ESA, este módulo proporcionó aire, agua, electricidad y la propulsión necesaria para las maniobras críticas en el espacio profundo.
A diferencia de las misiones Apolo, impulsadas hace unas décadas por la NASA, Artemis II no aterrizó en la Luna. Su objetivo es un sobrevuelo lunar de aproximadamente diez días. Tras el lanzamiento, la tripulación pasó sus primeras 24 horas en una órbita terrestre alta, realizando comprobaciones de sistemas vitales. Durante esta fase, ejecutaron la Demostración de Operaciones de Proximidad, y para ello utilizaron la etapa superior del cohete como objetivo en aras de probar el pilotaje manual de la Orión, una habilidad esencial para futuros acoplamientos en el espacio.
El 2 de abril, el motor principal del ESM realizó el encendido de inyección translunar (TLI*), e impulsó la nave hacia la luna en una trayectoria de «retorno libre». Este itinerario garantiza que, incluso, si los motores fallaran cerca de la Luna, la gravedad terrestre atraería a la cápsula de vuelta de forma segura. A las claras, la NASA quiere evitarse otro incidente como el del Apolo 13.
El cenit de la misión ocurrió el pasado lunes 6 de abril. Ese día, según reportó la NASA, la tripulación alcanzó una distancia máxima de 252 760 millas de la Tierra (406 777 kilómetros), superando oficialmente el récord establecido por el Apolo 13 en 1970. Al pasar por la cara oculta del satélite, a una altitud de 6 545 kilómetros de la superficie, los astronautas se convirtieron en los primeros humanos en ver esta región por sí mismos en más de 50 años.

Esta es una nueva imagen en alta resolución de la Tierra, tomada desde la nave Orión. Se pueden observar muchos fenómenos interesantes, como la capa que cubre nuestra atmósfera y auroras en ambos hemisferios. Fotos: NASA
Artemis II es, ante todo, un laboratorio volante. La misión transporta experimentos biológicos como Avatar, que utiliza chips de tejido para estudiar cómo la radiación y la microgravedad afectan los órganos humanos a nivel molecular. Además, se desplegaron cuatro pequeños satélites llamados CubeSats, desde el adaptador de etapa de la Orión, incluyendo el satélite argentino Atenea, diseñado para investigar el blindaje contra la radiación y las comunicaciones de larga distancia.
La ciencia también reside en la observación directa. Según explicó Kelsey Young, jefa de ciencia lunar de Artemis II, citada por el portal Space.com, los ojos humanos son herramientas extremadamente sensibles para detectar variaciones sutiles de color y textura que los robots podrían pasar por alto. La tripulación documentó la superficie lunar con cámaras de alta resolución para ayudar a planificar el sitio de aterrizaje de la futura misión, Artemis III.
No todo el viaje ha sido exento de contratiempos. Poco después de alcanzar la órbita, la tripulación enfrentó problemas con el sistema de inodoro de la cápsula. La astronauta Christina Koch logró restaurar el funcionamiento, tras una hora de reparaciones, y ello mostró la importancia de tener técnicos expertos a bordo.
Sin embargo, el desafío más crítico ha sido el escudo térmico. Tras la misión no tripulada Artemis I en 2022, se descubrió una erosión inesperada (spalling) en el material protector Avcoat, que se desprendió en fragmentos en lugar de desgastarse de manera uniforme. Un reporte citado por Idle Words, señaló que este daño podría haber expuesto la estructura de la cápsula a gases extremadamente calientes durante la reentrada a la atmósfera.
A pesar de las advertencias de expertos externos como Charles Camarda —exastronauta y experto en escudos térmicos—, la NASA decidió proceder con Artemis II, modificando la trayectoria de rentrada para reducir el tiempo de exposición al calor extremo. La agencia confía en que estas medidas, sumadas a pruebas en tierra, garantizan la seguridad de la tripulación.

La nave Orión, que transportó a los astronautas.
La misión ocurre en un momento de restructuración profunda para la NASA. Con un nuevo administrador, Jared Isaacman, la agencia anunció la pausa indefinida del Lunar Gateway —la estación espacial que orbitaría la Luna— para priorizar la construcción de una base lunar permanente en el polo sur, un plan denominado Proyecto Athena.
Este cambio, influenciado por la urgencia geopolítica de adelantarse a los planes de exploración de China, ha acelerado el cronograma para que Artemis IV sea el primer aterrizaje tripulado de larga duración en 2028.
El regreso a casa Artemis II se realizó este viernes con un amerizaje en el Océano Pacífico, frente a las costas de San Diego, en Estados Unidos. La cápsula reingresó a la atmósfera a casi 40 000 kilómetros por hora y enfrentó temperaturas de 2760 grados Celsius antes de desplegar un sistema de 11 paracaídas.
Con Artemis II, la luna ha dejado de ser un destino inalcanzable para convertirse de nuevo en el próximo laboratorio de la humanidad.
*Siglas en inglés