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Corazón, no llores…

Casi todos los hombres que sufrieron infartos vivieron al menos un episodio de disfunción eréctil en los dos o tres años anteriores, pero la mayoría se lo calló y no lo consideró un síntoma importante de que algo fallaba en su sistema cardiovascular. Incluye información sobre cómo manejar este desafío

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Todo lo que nace al compás del corazón, crece al amparo de la fe y la esperanza.

Esther Chejmanek

Alfredo anda cabizbajo y gruñón. Tras casi cuatro décadas de matrimonio, su esposa le niega la diversión nocturna a la que tan aficionado ha sido siempre. No lo hace como castigo a faltas pasadas, sino por miedo a lo que pueda ocurrir porque hace apenas tres semanas hubo que ingresarlo con una angina de pecho.

Poco faltó para el infarto, dice ella, y sigue plantada en sus trece. De nada valen intentos seductores o argumentos lógicos. El doctor recomendó reposo y no va a ser ella quien desobedezca. ¡Si se cansa hasta de caminar, cómo va a intentar lo «otro»!

Lo peor, se queja Alfredo, es que no sabe cuándo acabará tan drástica medida. Como ocurre con muchas parejas en estas circunstancias, la falta de información los paraliza. En casos así es normal que las angustias sean compartidas y deriven en problemas de erección, falta de deseo o anorgasmia.

La edad también influye: como promedio, los accidentes cardiovasculares abundan cerca o después de la sexta década de vida, cuando ya han hecho estragos la obesidad, el sedentarismo, una alimentación insana y prejuicios culturales de alto riesgo.

Estudios internacionales confirman que casi todos los hombres que sufrieron infartos vivieron al menos un episodio de disfunción eréctil en los dos o tres años anteriores, pero la mayoría se lo calló por pudor y no lo consideró un síntoma importante de que algo fallaba en su sistema cardiovascular.

Seguridad vs. placer

Quien ha sufrido una angina, un infarto o una operación quirúrgica del corazón, debe esperar varias semanas antes de retomar su rutina vital sin que el esfuerzo resulte peligroso. Esta es una situación muy seria, pero no obliga a encerrarse en una burbuja, mucho menos cuando se ha tenido una vida sexual activa y placentera, como el caso descrito al inicio.

Si hay dudas sobre cuándo arrancar, con qué prácticas y a qué ritmo, lo mejor es hablarlo en la consulta de seguimiento, preferentemente con participación de la pareja para que ambos sepan qué pueden ir haciendo paulatinamente y cuáles son las señales de alarma y las medidas de precaución.

Hay signos que indican cuándo el corazón se está excediendo y es mejor detener cualquier actividad al instante, pero tratándose de sexo hasta al ser más obediente le es difícil soltar las riendas o confesar que necesita descanso.

Es obvio que el retorno erótico no puede tomarse con desafuero. Lo recomendable sería practicar un estilo más sensual, reposado, que estimule intensamente todos los sentidos sin agitar mucho al cuerpo, como lo que propone el milenario sistema del Tantra. Sería bueno hacer el amor al despertar en la mañana o tras una siesta vespertina, cuidar el entorno y evitar las comidas copiosas, los cambios bruscos en la temperatura ambiente, el alcohol y las posturas que alteren el ritmo cardiaco.

Aún así hay riesgos, sobre todo cuando no se dominan las técnicas respiratorias para canalizar estímulos durante la fase de excitación y de orgasmo. Si durante el día se ha sentido presión o dolor en el pecho, mareos, vértigos, náuseas, pulso irregular y rápido o dificultad para respirar, lo mejor es posponer el plan erótico y aprovechar la cama para descansar.

A lo mejor el malestar responde a efectos secundarios del medicamento. Si es así, el médico puede cambiar o ajustar la dosis para evitar nuevos episodios desagradables. También pueden aparecer problemas con la erección o el deseo, lo cual exige atención interdisciplinaria para explorar las diversas opciones terapéuticas, desde masajes relajantes y psicoterapia de pareja hasta el Sildenafilo, píldora que ayuda a la irrigación sanguínea, pero no hace milagros, y como además interfiere con algunos fármacos es imprescindible escuchar un criterio especializado y no emplearlo por cuenta propia.

Otra medida rehabilitadora es aprender a «bañarte con quimbombó», como se dice en buen cubano: identificar lo que antes te alteraba o disparaba tu presión arterial, analizar críticamente hasta qué punto está en tus manos cambiar la realidad y tomar las cosas con otra filosofía para adaptarte a las circunstancias y sobrevivir sin perder el humor.

Falsa alarma

La otra cara de esta moneda es cuando ya la persona tiene luz verde para intimar a plenitud y aún no se atreve por miedo a que su cuerpo no responda igual o que el episodio agudo se repita.

El mal rato sufrido, la dependencia de la atención ajena y hasta el impacto de saber que los años no pasan por gusto y las malas elecciones siempre se pagan, pueden generar una depresión emocional que no es consecuencia directa de la patología cardiaca, pero la complejiza.

Manejar este desafío requiere herramientas que se adquieren en diversos espacios, desde una consulta clínica llevada con total franqueza hasta talleres comunitarios de promoción de salud. Así se aprende que lo ideal hubiera sido prevenir el daño, pero nunca es demasiado tarde para sanear la rutina y aprovechar las oportunidades de vivir pensando desde y para el corazón.

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